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La otra cara del diálogo

La denominada “Mesa Única de Diálogo” avanza, para satisfacción de los participantes santificados; no tanto, para el resto, los excomulgados de la misma.

Entre los participantes, unos reciben la paz para terminar su período sin asumir las responsabilidades que las circunstancias imponen. Los otros, quedarán inspirados con una plataforma política para los años venideros, con la cual antes no contaban.

Avanza, porque después de todo no es tan difícil decidir cómo se gasta, mientras la tarjeta de crédito aguante. Lo difícil es producir los recursos suficientes, como me decía mi madre cuando pequeño y aprende cualquier hogar o país responsable.

Con la entrega del Canal de Panamá a principios del siglo, nuestra sociedad parece haber decidido vivir de sus rentas, liquidando los activos que con tanto esfuerzo se fueron generando en un siglo. Hemos vendido empresas, diluido en subsidios los beneficios del Canal, ingeniado múltiples triquiñuelas para pelechar de la hacienda pública y en general, vivir en el ocio sin trabajarlo. Estamos cayendo en el mismo círculo vicioso del resto de Latinoamérica, izquierda o derecha, de ceder sus recursos naturales para que otros devenguen su ganancia real.

Agotado el objetivo de conquistar nuestra posición geográfica y el canal, carecemos de un proyecto nacional que unifique las voluntades ciudadanas aprovechando las conquistas logradas. Un nuevo proyecto que revierta el lema de “pro mundi beneficio”, por uno nacionalista, libre de prejuicios, basado en que ese beneficio que ofrecemos al mundo, redunde en nuestra independencia económica sostenible.

Por una parte, hay que superar el modelo económico actualmente insuficiente comprometiendo a las empresas que han recibido multimillonarias concesiones del Estado a reinvertir parte de sus cuantiosas ganancias en nuevas empresas que incrementen nuestra propia economía. Conjuntamente, hay que darle confianza a nuestro sector productivo nacional, fomentando nuevas industrias, agroindustrias y negocios competitivos.

Por otra parte, indudablemente que se debe consolidar la justicia social en Panamá. La desigualdad existente es injustificada e insostenible; es causa de la actual intranquilidad pública y pronostica otras mayores. Pero, es ilusorio garantizar la justicia social sin reformar al Estado, responsable de que se lleve a cabo. Cómo están las cosas, además de la absoluta ineficiencia, a más recursos mayor el despilfarro. Dos de las instituciones básicas vitales para asegurar la justicia social: la educación y la seguridad social, dan lamentables resultados y, comparativamente, el gasto por beneficiario, es mucho más caro e ineficiente que los prestados por el sector privado. La mística y la cultura del servicio público se ha perdido.

Los ausentes de la mesa del diálogo, el sector productivo, lamentan su exclusión. Tardío lamento, para quienes no comprenden que ser afortunado también conlleva responsabilidades. No han tenido el valor para utilizar los recursos e influencia a su alcance para, oportuna y valientemente, conducir los cambios que este país urgentemente requiere. Profundamente hundidos en el egoísmo que su bienestar les permite, no comprenden las nuevas fuerzas sociales que surgen y están prontas a dirigir el malestar ciudadano. Se desgastan en una competencia egoísta por ser “independientes”, “incontaminados” o “apolíticos”, como si la política y los problemas sociales fueran temas de soluciones individualistas, que no requieran del poder que sólo se logra con la unidad.

Olvidamos que las potencias extranjeras no permitirán que quede al garete la envidiable posición geográfica de un país pequeño. Panamá solo puede mantener su verdadera independencia con un acuerdo social que nos unifique y no permita a extraños aprovecharse de nuestras diferencias. Hay que cambiar de rumbo y formular un proyecto nacional que supere toda esta mediocridad. Cómo decía Eusebio Morales: “... un país políticamente independiente puede ser profundamente infeliz si carece del elemento esencial de su independencia económica”.

El autor es abogado


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