Noviembre otra vez; otra vez “mes de la patria”, otra vez dianas, clarines y batuteras a las calles, con el gasto altísimo de esos disfraces y largas jornadas robadas al estudio, para celebrar ya nadie sabe exactamente qué, intentando mantener una pálida sombra de lo que pudo ser, pero ya casi no queda: una patria desvanecida, el tricolor tornándose por la fatiga crónica en un gris terroso que no invita a la esperanza.
Cuando el optimismo se exagera, es autoengaño, que en términos más coloquiales podemos llamar superstición, es decir, creemos que, por pensar que las cosas tienen que ir mejor, o porque somos pro mundi beneficio o porque “Dios es panameño” y demás eslóganes que no cambian realidades ni generan prosperidad, el país va a cambiar su configuración ética o moral, o vamos a salir de este barranco de miseria en el que estamos cada vez más hundidos: vivimos comiendo cuento y adelgazando criterio.
Me declaro, hoy, en jornada de silencio patriótico: ni dianas, ni bandas de guerra, ni batuteras ni marchas de viejos militares. Hoy es un día para quedarse en casa, para pensar de verdad en la patria, en la diaria, en la que se cronifica cada vez más en sus sinvergüenzuras; en la patria que nos están dejando los políticos que hemos votado; en el pillaje asambleario, en la falta de recursos, en la patria devastada por la miseria que un terremoto ha tenido que poner delante de las cámaras para que le hiciéramos caso. Para pensar en la verdadera patria hace falta no celebrarla de mentirita, como cada noviembre.
Ha llegado el momento de madurar como ciudadanos: si seguimos como hasta ahora, no habrá patria que celebrar, se la habrán robado toda. Y mientras unos preguntan por el chenchén o por “qué hay pa’ mí” o extienden la mano al miserable “Panamá pa’ ti”, la patria se va desvaneciendo, hasta hacerse casi nada, una mancha triste en la retina de nuestros recuerdos.
El autor es escritor.

