En Cien años de soledad, Macondo se pinta letreros para combatir la peste del olvido: «La vaca hay que ordeñarla todas las mañanas», «Dios existe». En Panamá, para no sucumbir a esta epidemia, habrá que pintar consignas a lo largo de la Avenida de los Mártires y mostrar pancartas frente a los escalones de la Corte Suprema, en Ancón: «Odebrecht pagó coimas», «La obra pública se recargó con sobrecostos», «El erario fue saqueado». La desmemoria, en esta materia, no es una epidemia fortuita; es una estrategia administrada con anestesia local y localizada.

La Fiscalía Anticorrupción lo registra con precisión quirúrgica: «Odebrecht pagó sobornos a diestra y siniestra... se institucionalizó el pago de la coima antes, durante y después de las obras». Ante semejante devastación, la magistratura prefiere el repliegue. Frente a un expediente de más de 2.800 tomos y casi un millón y medio de fojas, el sistema judicial enfrenta el escándalo contando frijoles grano por grano para intentar pesar una tonelada. Un trabajo de orfebrería burocrática en el que los juzgados estudian la causa como si descifraran jeroglíficos de la antigua Mesopotamia, convirtiendo el mayor caso de corrupción de la historia en una interminable novela por entregas donde el suspenso diluye la culpa.

Más que un celoso rigor garantista, estamos ante un frío cálculo judicial. Dilatar el fallo definitivo hasta que colisione de lleno con la campaña electoral empaqueta la justicia dentro de las conveniencias de la contienda política partidista. Entre el blindaje del fuero penal electoral y las maniobras de la alta diplomacia de pasillo, se mezcla la pólvora de las condenas pendientes con la dinamita de las futuras candidaturas. La impunidad se negocia en la propia mesa donde se reparte el poder.El contraste con la justicia internacional es demoledor. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos no necesitó adornos barrocos ni digresiones líricas; actuó como un erizo: preciso, pragmático, conciso y letal. En un informe directo de pocas páginas, la justicia estadounidense desnudó la estructura criminal, cuantificó la transacción de la coima y dejó al descubierto la podredumbre que la burocracia local se empeña en adormecer bajo un silencio de sepulcros suburbanos. Mientras en el exterior el caso se resolvió con aritmética financiera e imputaciones fulminantes, en el Macondo del olvido la causa languidece en la sombra apacible de las mansiones donde la tranquilidad del privilegio permanece intacta.

La ciudadanía padece la amnesia conveniente y deliberada de Macondo, pero con un agravante: la ha normalizado y la permite con resignación. Robó, pero hizo. Asistimos al espectáculo como simples espectadores pasivos. Nos indignamos en redes sociales por la mañana y toleramos por la tarde que la nación sea calificada y reinsertada en las listas internacionales de todos los colores —negras, grises, diplomáticas y financieras—. Nos quejamos, con amargura, del estigma exterior, pero, en lo interno, aupamos el patas arriba.

Una Corte que dilata la sentencia para acomodarse al calendario electoral renuncia a su majestuosidad para comportarse como un tribunal cortesano. La justicia no es ciega por imparcial, sino por la conveniente ceguera de mirar hacia otro lado, mientras la impunidad sella el destino de nuestro país. La patria no exige expedientes eternos ni contadores de frijoles; exige un fallo firme antes de que el olvido termine por liquidar la República.

El autor es periodista y filólogo.