Hace pocos días se conmemoró el Día de la No Violencia. Esa misma semana, las noticias nos trajeron nuevos casos de abuso contra mujeres. Es difícil enterarse de ellos sin preguntarse dónde empieza todo esto. Casi nunca empieza en la vida adulta. La violencia contra la mujer se va gestando mucho antes, en lo que un niño aprende sobre el poder, sobre los límites y sobre el valor que tienen los demás. Los tribunales y las campañas hacen falta, pero la prevención más profunda empieza antes, en casa, durante los primeros años.

Las investigaciones son bastante consistentes en este punto. Entre los factores de riesgo más claros están haber presenciado violencia en el hogar, haber sufrido maltrato y haber crecido con la idea de que el hombre manda y la mujer le pertenece. A eso apunta lo que llamamos prevención primaria, que consiste en dar herramientas antes de que el problema aparezca y que puede ser una de las formas más eficaces de evitar que esa historia se repita.

Uno de los aprendizajes que más protege es también de los más incómodos de enseñar: no se puede tener todo. Cuando un niño escucha un «no» firme y sereno, y hay un adulto que lo acompaña mientras se le pasa la frustración, va entendiendo que querer algo no le da derecho a tenerlo. Entiende también que un límite no lo humilla y que se puede estar mal un rato sin que el mundo se acabe.

Para eso, los límites tienen que ser claros y sin violencia. El castigo físico enseña exactamente lo que queremos evitar: que el más fuerte se impone. En cambio, el niño que aprende a tolerar el «no» en lo pequeño (el juguete, el turno, el permiso negado) llega mejor preparado para respetar, años después, el «no» de una pareja.

También hay que aprender a ver al otro, y eso empieza por uno mismo. Un niño que sabe decir «estoy triste», «tengo miedo» o «me da vergüenza» no necesita convertirlo todo en rabia. Y cuando ya puede reconocer lo que siente, le resulta más fácil aceptar que lo que siente otra persona también es válido, aunque sea distinto o le moleste.

La psicóloga Becky Kennedy insiste mucho en esto y lo une a otra idea que me parece fundamental: el silencio no es un sí. Tampoco lo es la duda, ni ceder por cansancio o por presión. El consentimiento se puede enseñar desde muy temprano con cosas sencillas, como no obligar a un niño a dar besos, pedirle permiso antes de tocar su cuerpo o parar el juego cuando alguien dice «basta». A un niño al que le han respetado el cuerpo y sus emociones le resulta natural respetar el cuerpo y las emociones de los demás.

Kennedy propone además algo que va más allá de saber que una cosa está mal, y es enseñarles a actuar según sus valores. Que digan algo cuando ven una injusticia, que defiendan al compañero al que están humillando, que reparen el daño cuando son ellos quienes lo causan. Como casi todo, ese coraje se aprende practicándolo.

Esto nos lleva a los adultos a una pregunta difícil: ¿cuánto presionamos a nuestros hijos para que encajen? El niño que necesita con urgencia la aprobación del grupo se ríe del chiste que le incomoda, se queda callado o termina participando. Sin quererlo, esa presión lo acerca a la complicidad. Pasa algo parecido con los mandatos rígidos de la masculinidad: el «los hombres no lloran» o el «no seas débil». Cuando un niño sabe que puede ser distinto sin perder su lugar, empezando por el que tiene en casa, tiene de dónde agarrarse el día que le toque decirle que no al grupo.

Nada de esto se transmite solo con palabras. Los niños aprenden mucho más de cómo se tratan los adultos que tienen cerca que de lo que esos adultos les dicen. Necesitan ver relaciones entre iguales y desacuerdos que se resuelven sin gritos ni desprecio. Necesitan ver hombres que cuidan, que piden disculpas y que no se quedan callados ante el abuso.

La crianza no lo explica todo. También pesan los amigos, el consumo de drogas, las normas de la comunidad y la impunidad, y por eso la escuela y la sociedad tienen su parte. Aun así, hay mucho que sí está en nuestras manos. Podemos criar niños con una identidad lo bastante segura para tolerar un «no», para ver al otro como alguien real y para sostener sus valores, aunque les cueste la aprobación de los demás. Por ahí empieza la prevención.

La autora es psicóloga.