Solemos cometer el error de medir la recuperación de una sociedad por el concreto que se vierte sobre nuestras calles, los comercios que vuelven a abrir o los indicadores económicos. Nos obsesiona la urgencia de lo material porque es visible, medible y da una falsa sensación de que todo está bien. Sin embargo, reparar los daños materiales de una sociedad que sigue rota por dentro es apenas una parte de la reconstrucción.

La historia muestra que las grandes crisis también ponen a prueba nuestra capacidad de entender lo ocurrido y decidir cómo responder.

El ser humano contemporáneo ha ido reduciendo su existencia a un ciclo incesante de consumo y reacciona por inercia a los estímulos del entorno sin detenerse a procesarlos. Nos hemos convertido en administradores de la urgencia diaria y hemos perdido la capacidad de reflexionar sobre el rumbo.

Cuando la forma de pensar se vuelve mecánica, también dejamos de preguntarnos si es correcto actuar como siempre lo hemos hecho. Una sociedad que solo busca «resolver» lo inmediato termina sacrificando los valores que la sostienen a largo plazo.

Recuperar lo espiritual significa, en primer término, revalorizar el acto de pensar. Ejercitar el juicio personal exige mirar la realidad, distinguir entre el bien y el mal, asumir las consecuencias de nuestros actos y cuestionar las costumbres que seguimos por inercia.

Hay una diferencia sustancial entre limitarse a sobrevivir y decidirse a construir. Sobrevivir exige atender las necesidades inmediatas. Construir requiere, además, visión, propósito y principios compartidos. Si pretendemos edificar una prosperidad material sobre una base de cinismo, atajos o apatía intelectual, el resultado será frágil y efímero.

Nuestra capacidad de renovarnos nace de la disposición de cada persona a replantearse cómo actúa, cómo se relaciona con los demás y qué está dispuesta a defender.

El autor es politólogo.