Hay una cifra de la educación panameña que debería hacernos detener un momento: el 20% de los estudiantes de 15 años que participaron en PISA 2022 había repetido al menos un grado desde que ingresó a primaria. En el promedio de los países de la OCDE, la cifra fue de 9%.
No es una diferencia menor. Pero tampoco deberíamos quedarnos solamente con ella.
Porque cuando un estudiante repite un grado, la reacción suele ser bastante sencilla: no alcanzó los objetivos; por lo tanto, debe volver a intentarlo. Y algunas veces puede ser necesario. El problema comienza cuando hacemos de la repetición la respuesta principal ante una dificultad que probablemente comenzó mucho antes.
En Panamá, los registros de Meduca muestran que 38,547 estudiantes reprobaron en 2021. La cifra bajó a 31,722 en 2022 y a 28,876 en 2023. En 2024, los datos preliminares reportaron alrededor de 26,560 estudiantes reprobados entre primaria, premedia y media.
Pero aquí hay que hacer una distinción importante: reprobar no significa necesariamente repetir. Un estudiante puede reprobar determinadas asignaturas, recuperarlas y continuar al siguiente grado. Confundir ambas cosas nos llevaría a conclusiones equivocadas.
Lo que sí muestran las cifras es que tenemos miles de estudiantes que, en algún momento de su trayectoria, no están alcanzando los aprendizajes esperados.
Y entonces aparece una pregunta que considero más importante que la de cuántos repiten: ¿qué hicimos antes de que llegaran a repetir?
La evidencia internacional tampoco presenta la repitencia como una solución sencilla. La OCDE señala que sus beneficios académicos suelen ser limitados y que, a largo plazo, puede relacionarse con un menor compromiso escolar, mayores costos educativos y un mayor riesgo de abandono. También advierte que la repetición afecta de manera desproporcionada a estudiantes de contextos socioeconómicos desfavorecidos.
Esto debería interesarnos especialmente.
Porque repetir significa que un estudiante permanece un año más en el sistema educativo, pero no necesariamente que recibe una estrategia educativa diferente. Si vuelve a encontrar las mismas dificultades, con el mismo currículo y sin un acompañamiento específico, podemos estar utilizando más tiempo sin resolver la causa del problema.
En Panamá hay otro dato que merece atención. Según análisis de Meduca y Unicef, la promoción pasa de aproximadamente 98 % en sexto grado a 87 % en séptimo. Además, una parte importante de quienes avanzan lo hace con asignaturas pendientes.
Ahí puede estar uno de los puntos que estamos mirando poco.
El paso de primaria a premedia no es solamente cambiar de salón. Aumentan las asignaturas, aparecen nuevos profesores, cambian las exigencias académicas y el estudiante atraviesa, al mismo tiempo, una etapa compleja de su desarrollo personal.
Si en ese momento aparecen dificultades en Matemática, Español, Inglés o Ciencias y no las atendemos oportunamente, el estudiante puede comenzar a acumular vacíos. Un año después tendrá nuevos contenidos construidos sobre los anteriores. Y si los anteriores no quedaron claros, cada nuevo curso puede hacerse más difícil.
La repetición termina siendo entonces el síntoma visible de una dificultad que empezó mucho antes.
Tampoco debemos olvidar el costo. En 2024, el gasto gubernamental promedio por estudiante de premedia y media fue de aproximadamente B/.2,228. Cada año adicional de escolarización tiene un costo para el Estado, pero también puede representar un retraso en la incorporación del joven al mercado laboral.
Por eso, la discusión no debería reducirse a si un estudiante merece pasar o repetir.
La pregunta debería ser otra: ¿cuánto antes pudimos detectar que estaba quedándose atrás?
Si queremos una educación distinta, necesitamos intervenir antes de que el estudiante llegue al fracaso. Necesitamos identificar las dificultades, acompañar al docente, apoyar a las familias y dar al estudiante oportunidades reales para recuperar lo que no aprendió.
Repetir puede ser una medida en determinados casos. Pero no puede convertirse en nuestra manera de descubrir, demasiado tarde, que un estudiante necesitaba ayuda.
Porque cuando un joven repite un año, quizás el problema no comenzó ese año.
Quizás simplemente fue el momento en que finalmente pudimos verlo.
La autora es maestra y escritora.



