Hay gente que piensa que un escritor trabaja solo.
Eso es porque nunca ha entrado a mi estudio.
Yo sí estoy solo… físicamente.
Porque espiritualmente tengo la casa llena.
Y no precisamente de gente que paga alquiler.
Mi estudio está rodeado de libros. Muchos libros. Demasiados, diría mi esposa. Yo prefiero llamarlos “asesores literarios”.
Hay libros encima y debajo del escritorio, en los estantes, en las esquinas y en lugares donde ya ni recuerdo haberlos puesto.
Algunos están tan viejos que uno los abre y siente que debería pedirles permiso.
Pero para mí no son libros.
Son personas.
Personas que llevan años acompañándome.
El detalle es que la mayoría están muertas.
Y ahí empieza lo interesante.
Porque uno pensaría que los muertos no molestan.
¡Mentira!
Los escritores muertos son unos metidos.
Se meten en lo que uno escribe, en lo que uno piensa y hasta en lo que uno cree que acaba de inventar.
Yo me siento frente a la computadora, pongo las manos sobre el teclado y espero que aparezca una idea.
Nada.
La pantalla en blanco.
El cursor parpadeando.
Yo mirándolo.
Él mirándome.
Los dos esperando que el otro resuelva el problema.
Entonces miro hacia los estantes.
—Bueno, muchachos… ¿qué hacemos?
Y comienza la reunión.
Cervantes me mira desde algún rincón.
Shakespeare siempre tiene una tragedia disponible.
Borges está perdido en uno de sus laberintos. Sus consejos son tres horas de filosofía.
García Márquez anda por Macondo contando una historia que no se sabe si realmente existió.
Benedetti parece estar esperando que yo me ponga sentimental.
Neruda está convirtiendo una taza de café en una declaración de amor.
Y yo, humildemente, tratando de escribir una columna para entregar a tiempo.
Porque esa es otra diferencia entre ellos y yo.
Ellos podían demorarse años escribiendo una obra.
Yo tengo que entregar la columna pronto. En Panamá uno aprende que las fechas de entrega tienen una relación muy particular con la palabra “urgente”.
Cuando estoy trancado, recurro a mis escritores.
Rogelio Sinán me dice: “La literatura es una buena forma de vivir otras vidas”; Ricardo Miró recuerda que Panamá es una patria pequeña, donde es más claro el cielo y es más brillante el sol; Demetrio Korsi nos dice que Panamá es la tierra de mis amores; Julio Cortázar asegura que nada está perdido si aceptamos que todo está perdido; Eduardo Galeano afirma que mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo; Octavio Paz dice que “la soledad es el fondo último de la condición humana”; Isabel Allende aconseja: “La escritura es una forma de terapia”; Rubén Darío me ha repetido lo mismo por muchos años: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”. Y tal vez mi favorito sea Jorge Luis Borges, quien asegura que siempre imaginó que el paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Y ahí parece que alguien me recuerda que mire a mi alrededor.
Entonces miro.
Y Panamá empieza a aparecer.
Porque para escribir no hace falta ir demasiado lejos.
Aquí tenemos historias en cada esquina.
Gabo habría necesitado varios discos duros para guardar todo lo que ocurre en una parada de bus.
Porque nosotros tenemos una habilidad extraordinaria para convertir lo cotidiano en una novela.
Una señora puede salir a comprar pan y regresar con el resumen sentimental, económico y matrimonial de tres vecinos.
Y mis escritores me ayudan a observar todo eso.
A veces siento que se sientan conmigo.
No literalmente.
Bueno… espero.
Porque si algún día uno de ellos aparece físicamente, yo cierro la computadora y me voy.
Una cosa es inspiración literaria y otra muy distinta es paranormalidad.
Pero sí converso con ellos.
Les pregunto.
Les reclamo.
Les robo una frase.
Me apoyo en sus ideas.
Y descubro que muchas veces escribir no es inventar algo nuevo.
Es aprender a mirar lo que siempre estuvo ahí.
Y uno descubre que detrás de cada frase hay una historia.
Por eso mis libros no son objetos.
Son vecinos.
Y tengo algunos bastante problemáticos.
Pero todos tienen algo en común:
me acompañan.
Porque un escritor muerto no desaparece completamente.
Mientras alguien lo lea, sigue vivo.
Mientras alguien recuerde una frase suya, sigue conversando.
Mientras alguien encuentre consuelo, risa o una idea en sus páginas, ese escritor sigue sentado a la mesa.
Eso es lo hermoso de los libros: que pueden hacer que alguien que murió hace cien años se siente contigo esta noche.
Y no importa que afuera esté lloviendo, que haya tranque, que se haya ido la luz o que alguien esté tocando el timbre cuando uno no espera visitas.
Adentro, en mi estudio, la conversación continúa.
A veces me preguntan por qué paso tanto tiempo encerrado aquí.
La respuesta es sencilla:
porque no estoy encerrado.
Estoy acompañado.
Estoy con mis amigos.
Algunos nacieron en España, Colombia, Chile, Argentina, Estados Unidos o Inglaterra.
Algunos vivieron hace quinientos años; otros, hace cincuenta.
Pero todos siguen aquí.
Y tienen una ventaja sobre los amigos de carne y hueso:
no llaman para decirte:
—¿Qué estás haciendo?
Ellos ya saben.
Estoy escribiendo.
Y cuando no sé qué escribir, me quedo mirando los estantes.
Entonces alguno parece decir:
—Vamos, hombre. Escribe.
Y yo escribo.
Porque quizás esa sea la verdadera magia de la literatura:
que los muertos pueden seguir hablando y los vivos todavía podemos contestarles.
Así que, si alguna vez entran a mi estudio y me encuentran hablando solo, no se preocupen.
No estoy loco.
Estoy en una reunión.
Y, como en toda buena reunión panameña, hay bastante gente opinando…
El autor es ingeniero retirado.


