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Las mentiras... patrimonio inmaterial de la humanidad

Las mentiras... patrimonio inmaterial de la humanidad
Imagen conceptual elaborada con asistencia de ChatGpt

Hay personas que dicen que nunca mienten.

Y esa, precisamente, es la primera mentira.

La mentira es tan antigua que seguramente Adán todavía estaba explicándole a Eva que “esa serpiente exageró un poquito”. Desde entonces hemos perfeccionado el arte. Hoy mentimos con tanta naturalidad que algunas falsedades ya vienen incluidas en el saludo.

—¿Cómo estás?

—Muy bien.

Y ahí comienza el festival.

Hay mentiras tan creativas que deberían recibir un premio nacional de literatura.

Por ejemplo, el señor que llega a las seis de la mañana asegurando que pasó toda la noche jugando billar con los amigos y trae tanta tiza en la ropa que parece el borrador del tablero de una escuela.

Después aparece la que dice que estuvo seis horas conversando con las compañeras del colegio porque “hacía años que no las veía”. Seis horas. Ni las reuniones de la ONU duran tanto.

Y no falta el experto en promociones.

—¿Ese taladro nuevo?

—¡Una ganga! Costaba doscientos dólares, pero hoy lo remataron en diez.

Claro... y el vendedor, emocionado por verlo entrar, decidió quebrar el negocio solo para hacerlo feliz.

Lo mismo ocurre con los zapatos, el reloj, el celular y hasta con el televisor de ochenta pulgadas.

Todo estaba “en oferta”.

Parece que las promociones más espectaculares del planeta ocurren exactamente el día en que la esposa pregunta cuánto costó.

Otra mentira clásica es la del optimista familiar.

—Mi suegra viene solo tres días.

Eso mismo dijeron cuando llegaron los españoles a América.

Pero las mejores mentiras nacen en la infancia.

Todos tuvimos un hermanito menor que resultó responsable de romper el florero, rayar la pared, desaparecer las galletas y dañar el control remoto... incluso cuando apenas tenía ocho meses de nacido.

Y, si no había hermanito, siempre estaba el perro.

—¿Quién se comió el bistec?

—¡El perro!

El pobre animal ha sido acusado de tragarse tareas escolares, zapatos, medias, controles remotos, recibos de la tarjeta de crédito y hasta las pruebas del delito.

Los gatos tampoco se salvan.

Siempre hay alguien que explica la matera rota diciendo:

—El gato se subió.

Qué curioso. El gato rompe, el perro come, el hermanito destruye... y el verdadero culpable termina abrazándolos en señal de agradecimiento.

En el colegio también aprendimos que la verdad era opcional.

Cuando el profesor preguntaba quién había empezado el desorden, todos volteaban a mirar al compañero más callado, al más tímido o al nuevo.

El pobre terminaba castigado sin haber lanzado ni un avioncito de papel.

Ya de adultos refinamos la técnica.

—Préstame un dólar, mañana te lo pago.

Ese “mañana” debe vivir en otra dimensión, porque jamás llega.

O el inolvidable:

—Pidamos la última y nos vamos.

La última nunca llega sola. Viene acompañada de cuatro primas, tres sobrinas y dos cuñadas.

También está el amigo que pone la mano sobre el corazón y promete:

—Te juro que ese secreto muere conmigo.

En cuarenta y ocho horas ya lo conoce media barriada, la otra media lo comenta por WhatsApp y alguien ya hizo un resumen con fotografías.

Después aparecen las mentiras elegantes.

Las llamadas “piadosas”.

—No has cambiado nada.

—Ese peinado te rejuvenece.

—La comida quedó deliciosa.

Hay matrimonios enteros sostenidos por ese tipo de frases.

Pero luego vienen las mentiras profesionales.

Las de algunos políticos, que descubrieron que un micrófono amplifica la voz... y también la imaginación.

Prometen puentes donde no hay ríos, hospitales sin médicos, carreteras sin huecos y rebajas de impuestos que solo existen durante la campaña.

Y como hablan fuerte, algunos concluyen que deben estar diciendo la verdad.

La publicidad tampoco se queda atrás.

Especialmente la relacionada con la salud.

Ahora los medicamentos tienen nombres tan complicados que parecen la contraseña del wifi de la NASA.

Neuroflexamin Ultra Max Plus... Cardiovastin XR... Hepatolix Forte Premium...

Mientras más imposible de pronunciar, más caro.

Y mientras más caro, más convencidos estamos de que debe curar hasta el mal de amores.

Uno pregunta qué contiene y resulta que es prácticamente el mismo compuesto de hace treinta años, solo que ahora viene en una caja brillante con un señor de cabello blanco corriendo una maratón.

Y luego están las mentiras peligrosas.

Las que se dicen para proteger a un amigo, cubrir a un hermano, defender a un hijo o salvar a una pareja.

Empiezan siendo pequeñas.

Después necesitan otra mentira para sostener la primera.

Y otra más para sostener las dos anteriores.

Hasta que la verdad llega sin pedir permiso y derrumba un edificio construido con palabras falsas.

Lo curioso es que casi todos odiamos que nos mientan...

...pero nos encanta que nos crean.

Quizás por eso la mentira sigue tan saludable.

Porque siempre encuentra a alguien dispuesto a decirla...

...y a otro, aún más dispuesto, a creerla.

Mándame la mentira más grande que hayas dicho:

desahogate-ya@hotmail.com


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