“Lo que más me afecta a mí son los años. El peso del calendario”, comenta riendo con ganas el poeta nacional César Young Núñez, quien abrió sus ojos en el Hospital Santo Tomás el 24 de abril de 1934.
“Yo me puedo mover dentro de la casa que comparto con Noris (hermana) y Yayo (cuñado). Voy a la terracita a tomar aire. Leo en mi cuarto. De vez en cuando me viene a buscar un amigo o una amiga, me llevan a dar una vuelta y luego me traen”, señala el mayor de cuatro hermanos y el único de su familia dedicado al sagrado arte de contar historias, desde la poesía y la crónica periodística.
Don César no solo es un especialista sobre artes plásticas, literatura y humor, sino que además es un lector consumado, dueño de una biblioteca admirable y que despierta envidia de la buena. Desde que era un niño se divierte con esos universos que se abren ante sus ojos cuando tiene un libro en sus manos y lee con devoción.
Las primeras obras que lo maravillaron fueron aquellas que encontró de niño cuando asistía a diario a la Biblioteca Nacional, situada en la avenida B, entre las calles Séptima y Octava en San Felipe, cercana a su hogar por Salsipuedes.
Desde entonces, una de sus obsesiones fue saber cada día más sobre el autor de una novela que encontró por puro azar y que lo dejó intrigado, Plenilunio, de Rogelio Sinán, sin saber que años más tarde conocería a su autor y serían carnales.
“Yo era el bicho raro de la casa. Era el que leía. Yo en primaria estaba matriculado en la Escuela Panamá, que quedaba por donde estaba el desaparecido cine Pacífico, al lado de la iglesia San Francisco, por el Teatro Nacional”, rememora el integrante de un clan sin antecedentes literarios, pero que rápido aprendió a comprender y a alentar al prototipo de ratón de biblioteca y futuro bardo.
“En la Biblioteca Nacional me formé, porque encontré un día las obras de Sinán, Mark Twain, William Faulkner, la colección de la revista Tierra Firme...”, quiere agregar otros nombres, aunque no puede, mira a su interlocutor pidiendo disculpas y le admite: “A veces la memoria no me acompaña. Se me vuelve frágil. Bueno, todo eso me abrió mucho mundo”.
“Sentí siempre ese algo especial como para escribir. En el colegio La Salle, donde hice los dos últimos grados de primaria y toda la secundaria, me gané varios premios de poesía y de narrativa”, resalta este licenciado en Filosofía y Letras con especialización en Español.
Aunque su infancia también tuvo su costado de normalidad, pues le gustaba leer los cómics del ratón Mickey, volar cometas, divertirse con el trompo y la rayuela, le encantaba corretear descalzo jugando a la lleva y construir barquitos de papel, aprovechando las corrientes de agua que causan las lluvias bíblicas del trópico.
Tenía 10 años cuando comenzó a coleccionar libros, que con el paso de los años llegaron a ser varios miles de títulos.
“Eso de leer me agarró por la cabeza y no me soltó. Tenía una sed por leer que no ha parado”, confiesa quien en prosa ha publicado títulos como Siete (ensayos y poesías); y Lectura para lectores y Crónicas de rutina (ambos artículos periodísticos).
Tiene en su contra que hoy muchos de sus libros se encuentran lejos. “Mi biblioteca inmensa la tuve que poner en un depósito cuando dejé mi apartamento de la urbanización Obarrio, luego que murió mi mamá y uno de mis hermanos , y me vine a vivir con Noris y Yayo. Después, mi amigo Luis Eduardo Henao me trajo los libros más indispensables. Tengo otros varios encajetados por las habitaciones. Cuando quiero, los reviso”.

