La euforia que recorre el mundo tras las elecciones de medio término en Estados Unidos es comprensible. Los demócratas retomaron ambas cámaras del Congreso, así como la mayoría de las gobernaciones, y lo hicieron con un elenco que retrata al país real: Deb Haaland, en Nuevo México, será la primera mujer indígena en gobernar un estado; Keisha Lance Bottoms, en Georgia, la primera gobernadora negra; Abdul El-Sayed, hijo de inmigrantes egipcios, el primer musulmán en ocupar un escaño en el Senado, pese a que el propio Trump lo llamó «Mohammed» durante la campaña. Hasta Texas eligió a un senador demócrata, algo que no ocurría desde 1988.

Es el retrato de una sociedad que todavía sabe reaccionar. Conviene, sin embargo, no confundir el entusiasmo con un cambio de rumbo.

El voto fue, ante todo, un castigo. Pesaron el costo de la vida, el alza de la gasolina, la guerra en Irán y el celo con que se ha perseguido a los inmigrantes. Los votantes no suscribieron un programa; despidieron un estilo. Y quien despide un estilo no siempre está dispuesto a cuestionar el fondo.

Creer que con esto se acaban la política exterior de Trump o su agenda interior de persecución y discriminación es un error de lectura. Trump sigue en la Casa Blanca hasta enero de 2029. El nuevo Congreso podrá cerrarle el grifo presupuestario, citar a sus funcionarios, exigirle cuentas por Irán; lo que no podrá es gobernar en su lugar. La conducción de las relaciones exteriores sigue siendo, en lo esencial, prerrogativa del Ejecutivo, y, con los números conocidos hasta hoy, los demócratas no alcanzan los dos tercios necesarios para superar un veto presidencial.

El error de fondo, empero, es otro: suponer que el problema se llama Trump. Una potencia es una potencia, gobierne quien gobierne, y a los panameños no hay que explicárnoslo. La invasión de diciembre de 1989 la ordenó un republicano, George H. W. Bush. La de Bahía de Cochinos, en 1961, la ejecutó un demócrata, John F. Kennedy, con un plan heredado de su antecesor republicano. Las deportaciones masivas tampoco nacieron con Trump: a Barack Obama sus propios aliados lo llamaron «deportador en jefe». Cambian los inquilinos; la vocación permanece.

Ni siquiera los tratados Torrijos-Carter, firmados por un demócrata, escaparon a la regla: un Senado de mayoría demócrata les adosó la reserva DeConcini, que todavía autoriza a Washington a usar la fuerza para mantener abierto el Canal. El Congreso, ese que hoy se celebra como contrapeso, también sabe empuñar el garrote cuando le conviene.

Lo que sí cambiará son los modos. Del garrote al guante, de la amenaza arancelaria a la cooperación condicionada, del insulto en redes a la nota diplomática redactada con esmero. Habrá menos estridencia y más asistencia técnica; menos ultimátums, más memorandos de entendimiento. El propósito, no obstante, seguirá intacto: nuestra sumisión.

Y lo confieso con algo de orgullo regionalista: hemos sido los latinoamericanos, dentro y fuera de Estados Unidos, quienes con mayor eficacia hemos logrado, al menos, moderar los excesos de Washington. Fuera, allí están México y Brasil, defendiendo su soberanía sin pedir permiso. Dentro, los números hablan solos: según la encuesta a boca de urna de NBC News, el 62% de los votantes latinos respaldó a los candidatos demócratas a la Cámara, frente al 51% que votó por Kamala Harris hace dos años. El mismo electorado que Trump creyó haber conquistado en 2024 le pasó la factura en 2026. Votaron por el bolsillo y contra las redadas, no por doctrina; pero votaron, y su voto pesó.

¿Qué nos toca a nosotros? Lo primero, no confundir alivio con victoria. Lo segundo, entender que la agenda de Washington hacia Panamá, ya sea en relación con el Canal, la migración por el Darién o las presiones sobre nuestro sistema financiero, no se decide en las urnas de Michigan ni de Texas, sino en una continuidad de intereses que sobrevive a cada elección. Lo tercero, aprovechar el respiro: un Ejecutivo acotado por su Congreso es un interlocutor menos impredecible, lo que abre un margen que nuestra cancillería haría mal en desperdiciar con genuflexiones anticipadas.

En buen panameño: celebremos lo que haya que celebrar, pero sin triunfalismo. Seguirán queriendo dominarnos; lo único que cambiará es el modo.

El autor es abogado.