Abre el cuaderno de cualquier estudiante panameño de décimo grado y vas a encontrar ecuaciones cuadráticas, la Revolución francesa y análisis gramatical. Lo que no vas a encontrar es cómo funciona una tarjeta de crédito, qué es un fondo de inversión ni por qué el interés que paga el banco es distinto del que le cobra al mismo cliente que lo tiene.
Eso no es un accidente. Es una decisión. Y es la decisión equivocada.
Panamá administra el centro bancario más grande de América Latina. Bancos de todos los continentes operan desde aquí, moviendo capitales de todo el hemisferio. Mientras tanto, a pocas cuadras, hay adolescentes que van a firmar su primer préstamo estudiantil sin entender la diferencia entre una tasa fija y una variable. El país que sirve de bisagra financiera al continente no les enseña finanzas a sus ciudadanos. Es la contradicción más costosa que tenemos.
La educación financiera no es un tema de ricos. Es todo lo contrario. Las familias que más pierden por no entender el dinero son exactamente las que menos pueden permitirse perderlo. Un joven que aprende antes de los veinte que el interés compuesto trabaja a su favor cuando ahorra y en su contra cuando se endeuda evita décadas de decisiones que destruyen patrimonios. Ese conocimiento no requiere universidad. Requiere que alguien lo enseñe.
La gestión de negocios es la segunda gran ausencia. No me refiero a que todos deban convertirse en empresarios, aunque Panamá necesita más de ellos. Me refiero a algo más básico: la capacidad de identificar un problema, diseñar una solución, asignar recursos y ejecutar con disciplina. Esas habilidades sirven para montar una empresa, pero también para dirigir un equipo, negociar un contrato o, simplemente, no ser el empleado que siempre espera instrucciones para moverse. El mercado no tiene paciencia para eso. No la tenía antes y hoy, todavía menos.
Y luego está la inteligencia artificial.
En los últimos dos años, las herramientas de IA han redefinido lo que significa ser competente en casi cualquier campo. Un estudiante que sabe usarlas puede producir en una tarde lo que antes tomaba una semana. Uno que no las entiende no solo trabaja más lento, sino que toma decisiones basadas en resultados que no puede evaluar. La diferencia entre esos dos perfiles ya se siente en los salarios. En diez años va a ser la diferencia entre empleable e inempleable.
El sistema educativo panameño no tiene que inventar esto desde cero. Singapur incorporó el pensamiento computacional al currículo de primaria hace años. Israel construyó buena parte de su reputación como “Startup Nation” sobre escuelas que enseñan a crear soluciones, no solo a resolver los ejercicios del libro.
Finlandia lleva una década tratando la alfabetización financiera como materia obligatoria, con los mismos derechos que matemáticas o lengua. Ninguno de esos países tiene la ubicación geográfica de Panamá, ni su infraestructura de servicios, ni su acceso a mercados regionales. Y, aun así, van adelante.
El argumento de que no hay espacio en el currículo no es un argumento. Es una prioridad disfrazada de logística. Cada hora que se dedica a contenido que el estudiante nunca va a usar en su vida adulta es una hora que se le está robando a algo que sí va a necesitar. Esa elección la hace alguien. El Ministerio de Educación puede seguir haciéndola sin cuestionarla o puede revisarla.
Panamá no necesita copiar a nadie para saber que esto es urgente. Necesita mirarse al espejo. Somos el país que administra el dinero de un continente y no enseña a sus hijos a administrar el suyo. Eso no es un déficit de recursos. Es un déficit de seriedad.
Y la seriedad, a diferencia del presupuesto educativo, no cuesta nada.
El autor es analista financiero.


