525 AÑOS DEL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

Un loco navegante

El 11 de enero de 1503 se da el significativo encuentro entre Cristóbal Colón, el almirante del océano; y el valeroso Quibián, el señor de la tierra en Veraguas del istmo panameño.

El intrépido y audaz navegante tuvo un periplo de más de 67 mil millas de navegación, 7 naufragios, sobrevivió a 43 temporales y tempestades.

El Quijote del mar, en un periplo de dos años y medio en busca desesperada del estrecho de Catigara, la ruta del oro que lo llevaría el mítico Cathay de Marco Polo. Colón recorre el istmo centroamericano desde Honduras hasta el archipiélago de las Mulatas. De 1502 a 1503 entra en contacto con el litoral del istmo de Panamá. Se maravilla ante el paisaje exótico de Bocas del Toro, se asombra ante los inmensos lagartos del río Chagres, la bahía de Portobelo lo enamora e intenta establecer el primer asiento español en tierra firme en Santa María de Belén.

Colón le da nombre en Bocas del Toro a la Bahía del Almirante, en Veraguas, llama Belén al río Kiebra, al Chagres río de los lagartos, a la hermosa ensenada al oriente del istmo la bautiza como Portobelo, al archipiélago de las Mulatas le llama Sambalas.

En Veraguas, en las tierras de Quibián, Colón descubre el derrotero del oro americano. Quibián y sus hombres lo deslumbran con los bellos pectorales de oro, y allí surge la leyenda del Auristán, Panamá, la tierra del oro y nace la visión de Panamá como camino de la riqueza fácil, la tierra del saqueo, del juega vivo. La quimera del oro marca nuestro accidentado destino como nación. Oro es sangre, codicia, traición, corrupción.

El reino de España establece la pomposa gobernación de Castillo de Oro.

El istmo panameño, por su posición geográfica, desde el siglo XVI, es un área codiciada de la geografía mundial, así propicia la ruta de tránsito con las ferias de Portobelo, el ferrocarril transístmico, los canales francés y estadounidense, la Zona Libre, el Centro Financiero Internacional, el tráfico de drogas como de armas y la globalización del Canal de Panamá ampliado. Colón, con su fantástica bitácora, se vincula con el país de los fenicios, el paraíso de los banqueros, abogados y empresarios piratas.

Quibián se enfrenta a las pretensiones de Colón de establecer el primer asiento español en tierra firme y con valentía hace fracasar el emplazamiento de Santa María de Belén. Quibián deja huellas de una conducta insobornable en defensa del territorio nacional.

Jamaica, desde Colón a Bolívar está presente en la historia nacional. El almirante con fecha del 7 de julio de 1503 en carta a los reyes de España, relata la odisea oceánica padecida en el tormentoso cuarto y último viaje. La lettera raríssima, extraña e impresionista misiva, es el primer testimonio histórico y literario del istmo de Panamá. Bolívar, en 1815, desde la isla de Henry Morgan también redacta una famosa carta que hace a Panamá centro de la geopolítica americana.

El tercer milenio nos enfrenta al reto de enfocar los estudios históricos con una actitud crítica y sin concesiones acomodaticias; así nos toca considerar la fuerza anímica de la voluntad nacional, de cara a las difíciles decisiones que debemos asumir con coraje ante el destino colectivo de nuestro país. El ejemplo de Quibián al defender a su pueblo es el arquetipo a seguir, cuando hoy tenemos en Panamá más Philippe Bunau Varilla que los de 1903.

Hoy, la venta del istmo, como la denunció Belisario Porras en su momento histórico, es más vergonzosa, pues la plutocracia, deliberadamente, ignora la épica de la soberanía con el sacrificio heroico de las distintas generaciones de panameños que lucharon contra el nefasto tratado conocido como Panamá Cede. La lucha histórica tenía el firme propósito de integrar jurisdiccionalmente el territorio panameño como un legítimo estado soberano, libre e independiente.

Los naufragios de Cristóbal Colón, el loco navegante, que descubre el 12 de octubre de 1492 un nuevo continente, nos hacen pensar en los constantes naufragios de nuestra patria, y los panameños como él también somos intrépidos, valientes y perseverantes, pues en nuestro fascinante acontecer vivimos una épica de la esperanza.

El autor es escritor


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