En la política panameña, la distancia entre el discurso moral y la necesidad partidista suele medirse en kilómetros, pero esta vez se redujo a la distancia de un vuelo a Bogotá. La confirmación de los encuentros entre Ricardo Lombana, líder del Movimiento Otro Camino (Moca), y el expresidente Ricardo Martinelli, líder de Realizando Metas, no es una simple anécdota de café o de deferencia amistosa; representa un sismo que afecta la estructura del relato independiente y de renovación política que ha pretendido vender el Movimiento Otro Camino durante su trayectoria.

Durante años, la narrativa política de Ricardo Lombana se estructuró sobre un pilar infranqueable: la frontera ética entre la partidocracia corrupta y la reserva moral ciudadana. Bajo ese discurso, Martinelli personificó el arquetipo de todo lo que Moca prometió combatir: el clientelismo, la corrupción, el uso del aparato estatal para perseguir adversarios, el ejercicio transaccional del poder, entre otros vicios. De allí que la irrupción de este acercamiento obligue a plantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos presenciando la mimetización de la alternativa con aquello que pretendía reemplazar? ¿O se está haciendo eco de aquel principio maquiavélico de que el fin justifica los medios para lograr el poder?

La matriz fundamental de cualquier movimiento que nace con vocación anticorrupción es la coherencia. Cuando un colectivo se presenta ante el electorado no como una opción ideológica más, sino como un imperativo ético, el valor de su propuesta reside en la intransigencia de sus principios, y así muchos interpretamos a Ricardo Lombana.

El argumento esbozado desde la cúpula de Moca, de que en democracia “conversar no es pactar” y que la gobernabilidad exige diálogo con todos los actores, es impecable para la estrategia de cualquier político de turno, pero resulta insostenible para quien enarboló la bandera anticorrupción y antisistema a lo largo de su carrera personal y política.

El efecto de este giro estratégico es doblemente costoso. Por un lado, debilita el activo más valioso de Moca: el crédito de confianza que le otorgó una ciudadanía agotada de las transacciones bajo la mesa y los escándalos de corrupción. Por el otro, produce una fisura evidente en sus huestes y en su propia estructura parlamentaria. Las críticas externas e internas al Movimiento Otro Camino no se han hecho esperar y reflejan no solo sorpresa, sino también indignación por la doble moral y el doble discurso.

Para comprender esta movida hay que mirar el tablero de cara a los próximos ciclos electorales. Lombana enfrenta el dilema clásico de los movimientos independientes: el techo del voto urbano de clase media. Con un porcentaje consolidado de votantes que rechazan el sistema tradicional, el crecimiento orgánico de Moca requiere penetrar en los sectores populares, donde el discurso institucionalista suele ser desplazado por la demanda de soluciones económicas inmediatas, terreno en el que el martinellismo ha ejercido un claro dominio y que Lombana necesita para poder culminar con un jaque mate en su carrera política: arribar al Palacio de las Garzas.

Sin embargo, intentar tender puentes hacia ese electorado mediante el acercamiento a Ricardo Martinelli es un cálculo de alto riesgo. Lejos de sumar voluntades de manera limpia, corre el riesgo de alienar a su base original sin garantizar la lealtad del voto ajeno. Con esta actuación, el mensaje implícito para la ciudadanía es devastador: el sistema es tan corrupto que ni siquiera quienes promueven Moca pueden evitar transitar por la vieja avenida de las alianzas de conveniencia.

Escupir al cielo tiene sus consecuencias y advierte sobre los peligros de lanzar severos juicios morales al aire cuando se participa en la arena pública. La política no perdona la amnesia selectiva: cada adjetivo, cada acusación y cada descalificación pronunciada en el pasado se convierte en un pagaré a la vista cuando las circunstancias cambian.

Martinelli y Lombana representan, en origen, visiones antagónicas del país. Uno encarna el hiperpresidencialismo desarrollista y desenfadado frente a las formas legales; el otro, la promesa de la institucionalidad, la transparencia y el mérito. Pretender que ambos extremos pueden encontrarse en un punto medio sin desnaturalizar a una de las partes es poco menos que imposible.

Si Lombana termina adoptando la lógica transaccional de Martinelli para lograr su objetivo político, terminará perdiendo no solo el elector cautivo que tiene, sino la referencia anticorrupción y antisistema que ha forjado su perfil a lo largo de su carrera política. Concluyo que Lombana no será Martinelli ni, al final, el mismo si pretende amalgamarse con el líder de Realizando Metas.

El autor es abogado.