Sirve. Recuerda que el poder no te pertenece. Lo recibes para servir a los ciudadanos, no para servirte de ellos. Gobernar es una responsabilidad, no un privilegio.
Respeta la Ley. No confundas tu voluntad con la autoridad que ejerces. La Constitución y las leyes están por encima de ti. Recuerda que el primero obligado a cumplirlas eres tú.
Gobierna para todos. No distingas entre amigos y adversarios cuando se trate de cumplir tus deberes. Quienes no votaron por ti tienen los mismos derechos que quienes te apoyaron. El Estado no pertenece a ningún partido político.
Rodéate de los mejores. Escoge colaboradores capaces, honestos y dispuestos a decirte la verdad, respetando las reglas de nombramiento. No confundas la lealtad con la adulación ni permitas que el parentesco o la amistad sustituyan al mérito.
Cuida lo que no es tuyo. Administra los bienes y el dinero público con especial responsabilidad. Cada recurso que desperdicies pertenece a los ciudadanos y pudo utilizarse para atender una necesidad colectiva.
No favorezcas a los tuyos. No utilices el poder para beneficiar indebidamente a familiares, amigos o partidarios. El afecto es legítimo en la vida privada, pero jamás debe imponerse sobre la imparcialidad que exige el servicio público.
Decide con justicia. Antes de nombrar, contratar, construir o resolver, pregúntate si tu decisión respeta la ley y responde al interés general. No confundas la discrecionalidad con la arbitrariedad ni la conveniencia personal con la necesidad pública.
Escucha y aprende. No confundas la crítica con la enemistad ni los aplausos con la aprobación de la historia. Escucha especialmente a quienes tienen el valor de señalarte tus errores. Un consejo sincero vale más que mil elogios interesados.
Rinde cuentas. Explica tus decisiones, acepta los controles y reconoce tus equivocaciones. No olvides que la autoridad no te exime de responsabilidad. La transparencia fortalece al gobernante; el ocultamiento debilita su legitimidad.
Piensa en el día después. Recuerda que tu poder es pasajero. No te preocupes tanto por poner tu nombre o el de tus familiares en las obras públicas. Preocúpate por dejar instituciones más fuertes, ciudadanos mejor atendidos y una conducta digna de ser recordada.
Reflexión final
Estos mandamientos no están dirigidos a un presidente, ministro, diputado, alcalde o funcionario en particular. Son principios aplicables a quienes han gobernado, a quienes gobiernan y a quienes gobernarán.
La historia enseña que el poder es temporal, pero sus consecuencias pueden durar generaciones.
Gobernar no consiste en mandar más, sino en servir mejor. No se trata de imponer la propia voluntad, sino de ejercer responsablemente la autoridad que la Constitución y las leyes confieren.
Los cargos pasan, los gobiernos cambian y las personas envejecen. Lo que permanece es el recuerdo de sus actuaciones y las consecuencias de sus decisiones.
Por eso, el verdadero éxito de un gobernante no debe medirse únicamente por las obras que inaugura, los discursos que pronuncia o los honores que recibe, sino también por el respeto a las instituciones, la justicia de sus decisiones y el bienestar que contribuye a generar.
Y si todos estos mandamientos tuvieran que resumirse en uno solo, sería este:
“Gobierna de tal manera que, cuando pierdas el poder, no pierdas el respeto de los ciudadanos”.
El autor es abogado y exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia.



