En América Latina, en el último lustro, el 78% de los regímenes de socialdemocracia (“progresismo”) han sido derrotados en las urnas por expresiones de ultraderecha política e ideológica.

La explicación más generalizada y también simplista es el hartazgo de los pueblos con la mala administración de la economía y la seguridad pública por parte de los gobiernos reformistas.

Sin embargo, este razonamiento no agota las interrogantes.

Las preguntas de referencia para dilucidar las monstruosas falsificaciones ideológicas, tanto de los ultramontanos de derecha como de los panegiristas del “progresismo”, son las siguientes:

¿Qué contenido ideológico encierra el “progresismo”?

¿Es el “progresismo” un camino revolucionario en el sentido clásico de la revolución proletaria?

Históricamente, el “progresismo” no es otra cosa que la expresión ideológica y política de la Segunda Internacional o de la socialdemocracia, que renunció a la vía revolucionaria de la toma del poder y a la instauración de la “dictadura del proletariado”. En su lugar, se inclina por el reformismo ideológico y el electorerismo político.

Aclaración necesaria: no es lo mismo el uso de las elecciones como instrumento de lucha revolucionaria que establecerlas como único método de lucha política.

Esta aclaración es de fundamental importancia porque la confusión político-ideológica ha dado pie a que tanto la derecha como la ultraderecha identifiquen y censuren a todo movimiento o partido contrario con los motes de “comunista”, “terrorista” y hasta “narcotraficante”.

Por su parte, los partidarios del progresismo no se apuran en aclarar su verdadera posición ideológica y, en el caso de América Latina, se declaran herederos de la lucha revolucionaria de Mella, Mariátegui, el “Che” Guevara, etc.

El reformismo, la socialdemocracia o el “progresismo” han renegado del marxismo (“marxistas vergonzantes”) y han conciliado con las reglas del juego del electorerismo neoliberal y la geopolítica del imperialismo. En otras palabras, han renunciado a la lucha de clases del proletariado y al socialismo real.

De manera que, por el camino del “progresismo”, solo se alcanzan limitadas reformas sociales y económicas, pero en absoluto la transformación revolucionaria de la explotación imperialista.

En conclusión, vivimos tiempos de barbarie imperialista de los ultramontanos de derecha (nazifascistas): Trump, Vance, Rubio y Hegseth.

En este contexto, “el imperialismo es el capitalismo en esa etapa de desarrollo en la que se establece el dominio de los monopolios y del capital financiero; en la que la exportación de capital ha adquirido una importancia marcada; en la que ha comenzado la división del mundo entre los consorcios internacionales; en la que se ha completado la división de todos los territorios del globo entre las mayores potencias capitalistas”. A ello se suma también el dominio del mundo por medio de la “superinteligencia”.

Es de suma importancia para los pueblos que luchan contra el sometimiento y las servidumbres imperialistas distinguir entre el reformismo y el “progresismo” pequeñoburgués de clases oscilantes (pequeña burguesía y capas medias) y la firme lucha revolucionaria del pueblo trabajador por cambiar el sistema explotador y excluyente del “capitalismo salvaje” e imperialista.

El autor es abogado y analista político.