Di tantas vueltas para sentarme a escribir esto, que no me quedó otra más que agarrar al toro por los cachos y preguntarme: ¿por qué? ¿Por qué se me aceleraba el corazón y se me hacía un vacío en el estómago cada vez que me sentaba frente al teclado? Y entonces me quedó muy claro. En esta ocasión no podía tomar distancia del tema. Esta vez hablaba desde mi voz de madre. Una voz llena de angustia y dudas, tratando de encontrar la manera de ayudar a mi hijo a navegar esta nueva realidad inédita para los dos.
No pretendo redactar un tratado técnico ni creo tener todas las respuestas. Pero de lo que estoy segura es de que esta es una conversación que debemos tener con carácter de urgencia. Y no es solo una conversación de padres tratando de apoyar a sus hijos. Esto compete a las escuelas y a su personal docente y administrativo, a los profesionales de la salud física y mental y, por supuesto, al Estado. Esto es una emergencia de salud pública.
Es curioso como el mundo entero se ha volcado a buscar formas de encaminarnos hacia la bendita recuperación económica (lo que sea que eso signifique). Pero ¿y qué con la salud mental de los que en tono poético solemos llamar “el futuro”? Me atrevo a decir, sin temor a equivocarme, que si no actuamos ahora, de nada servirá tanto empeño en levantar nuestras finanzas, pues no habrá dinero en el mundo que logre resolver la severidad de la crisis de salud mental que se está cocinando frente a nuestras narices.
Desde antes de la pandemia se venía germinando un marcado aumento en los trastornos de ansiedad de niños y adolescentes. Los especialistas hablaban de porcentajes cercanos al 20% y se lo atribuían a causales como las altas expectativas y la presión por el éxito, esto magnificado por las redes sociales. Pero entonces, un día cualquiera, mientras dejábamos que la salud mental de nuestros pela’os se resolviera por ósmosis, llegó la Covid-19 sin anunciarse y nos agarró con los pantalones abajo.
De la noche a la mañana el mundo se volvió todavía más peligroso. Las personas empezaron a enfermar y en algunos casos a morir, las escuelas cerraron, la estabilidad financiera tambaleó y el aislamiento social arrancó. Como por arte de magia, la pandemia llegó trayendo consigo cambios radicales en nuestra forma de vida.
Necesitamos entender que nos estamos estrellando con una situación, literalmente, de vida o muerte. Si no, ¿qué piensan cuando el US Preventive Services Task Force recomienda evaluar los niveles de ansiedad en los niños y adolescentes de entre 8 y 18 años ya que las tasas de crisis de salud mental han aumentado significativamente durante la pandemia y con ellas las hospitalizaciones por crisis psiquiátricas y los suicidios? ¿O cuando The American Academy of Pediatrics habla de que 1 de cada 3 adolescentes sufre de ansiedad severa? ¿O cuando un reciente sondeo de la UNICEF cuenta que los adolescentes latinoamericanos reportan mayores porcentajes de ansiedad, poca motivación y pesimismo?
Específicamente en Panamá, según reporta el Centro de Estadísticas del Ministerio Público, el número de muertes por suicidio ha pasado de ser 1 cada 3 días a 1 cada 1.8 días en 2021. Y tristemente, el grupo de edad que más muertes por suicidios registra es el de los jóvenes, con una llamativa alza en niños. ¿Ya ven que no exagero cuando digo que es de vida o muerte?
Como respondió mi mamá cuando le conté el más reciente episodio de pánico que había dejado a mi hijo en el cuarto de urgencias: “Tenemos que hacer algo. ¿Qué podemos hacer?”. Y es que así es: tenemos que hacer algo. El bienestar de mi hijo, de nuestros hijos, está en juego.
Todos nuestros niños y adolescentes necesitarán tiempo y ayuda para volver a conectarse. No lo digo yo, lo dice el Journal of The American Academy of Child & Adolescent Psychiatry. Como padres tenemos que educarnos sobre el tema, tomar cartas en el asunto y hacer de la salud mental de nuestros hijos nuestra prioridad. Contenerlos y acompañarlos mientras sus heridas emocionales cicatrizan y ayudarlos a aumentar su resiliencia. Ser claros y honestos con nosotros y con ellos e involucrarlos en su proceso de sanación.
Y por aquí viene un pedacito crucial en esta ecuación, y al que le he estado dando vueltas en la cabeza. La escuela es una fundamental aliada en esta importante misión. Es de vital importancia que las escuelas entiendan que no es suficiente con el psicólogo escolar. Todo el personal, en especial el docente, debe estar capacitado con técnicas psicoeducativas y conductuales que le permita brindar un apoyo real para manejar esta ansiedad colectiva y garantizar el bienestar de nuestros hijos. Porque a sumar, restar, leer y escribir podrán aprender después, pero para tener éxito de verdad, las fracturas psicológicas se deben atender ya.
La autora es psicóloga y empresaria

