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Los intolerantes contraatacan

Karl Popper escribió lo que se conoce como la paradoja de la tolerancia. Esta básicamente explica que, cuando se quiere ser tolerante con los intolerantes y se les da espacio para imponer sus ideas y caprichos, dicha intolerancia termina socavando el principio mismo de la tolerancia.

Pero esto no quiere decir, como algunos lo llaman, una “violación al derecho de expresión”. La intolerancia se debate con racionalidad, con argumentos y principios morales. Esto es lo que está sufriendo Panamá en este momento: la paradoja de la tolerancia se hace presente en las protestas contra la ley de la Caja de Seguro Social.

Los manifestantes argumentan que no fueron escuchados, pese a que la realidad muestra que sí lo fueron, tanto en las giras que realizó la Asamblea Nacional como en los espacios habilitados para que expresaran sus puntos de vista y presentaran propuestas en los debates. Además, fueron parte de la mesa que elaboró el proyecto de reforma de la Caja de Seguro Social. Aun cuando el documento final fue muy distinto al que el Gobierno presentó inicialmente, prefieren mantener en su discurso que nunca fueron escuchados.

En consecuencia, exigen la derogación de la Ley 462, pero lo más contradictorio es que llaman a dialogar cuando afirman que no hay nada que dialogar. En el fondo, saben que si las personas tolerantes dan espacio para que promuevan su intolerancia, terminarán —como advirtió Popper— socavando la tolerancia e imponiendo sus caprichos.

Esto sería muy grave para el país, porque permitiría que una minoría intolerante imponga sus ideas al resto. Ya hemos visto cómo terminan esas historias. La verdad es que no representan al pueblo. El pueblo, como concepto abstracto, es muy heterogéneo, por lo que es imposible autodesignarse como su única voz, cuando en realidad muy pocas personas se sienten identificadas con ellos y sus ideas.

Lo más grave es ver cómo algunas personas, bajo un buenismo ingenuo, pretenden apoyar a estos grupos, pese a que el país ha estado parcialmente cerrado por casi un mes, con empresas quebradas, puestos de trabajo perdidos y más de 40 días sin clases. Estas personas solo caen en el juego de los intolerantes, motivadas por sentimientos e ideas románticas de una sociedad donde todas las ideas valen por igual.

Lamentablemente, terminan siendo instrumentos involuntarios al servicio de estos grupos, los cuales, como la historia ha demostrado, cuando llegan al poder o se les ceden espacios, terminan usando la fuerza para imponer ideas fracasadas.

Hoy el país demanda principios morales claros y, sobre todo, no ceder ante quienes, usando la mentira y la desinformación, buscan quebrar al país para luego presentarse como sus salvadores, como los más tolerantes e inclusivos. La historia nos ha demostrado, una y otra vez, lo contrario.

Ellos son enemigos de las sociedades abiertas, de la tolerancia, de la igualdad y, sobre todo, de la libertad individual. Una vez que consiguen lo que quieren, muestran su verdadero rostro totalitario.

El autor es miembro de la Fundación Libertad.


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