El pasado domingo 27 de septiembre, Canal 13 tuvo el acierto de transmitir Hijo de tigre y mula, el documental de Annie Canavaggio sobre las negociaciones de los Tratados Torrijos-Carter. Al terminar, me quedé pensando en una pregunta sencilla: ¿cómo sería hoy Panamá si aquellos negociadores no hubiesen tenido éxito?

Omar Torrijos entendió algo fundamental: Panamá, sola, no podía ganarle una discusión a la nación más poderosa del mundo. Por eso convirtió el reclamo del Canal en una causa internacional. En 1973 logró que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sesionara en Panamá y buscó el apoyo de presidentes de toda América Latina y de otras naciones. Poco a poco, la causa panameña dejó de ser un asunto entre dos gobiernos y se volvió un tema de justicia que el mundo entero observaba.

Pero el apoyo internacional abre puertas; no escribe tratados. Para eso hacía falta un equipo, y Torrijos supo escogerlo bien: Rómulo Escobar Bethancourt al mando de la negociación y Arístides Royo con su inteligencia, personalidad y capacidad negociadora. A su lado trabajaron hombres clave como Omar Jaén Suárez, Marcel Salamín, Adolfo Ahumada, Nicolás Ardito Barletta y Flavio Velásquez, y otros que hicieron una labor muchas veces poco conocida. En Washington, el embajador Gabriel Lewis Galindo fue una pieza fundamental. Tocó puertas, sentó a la misma mesa a quienes debían conocerse y ayudó a construir la confianza entre Torrijos y el presidente Jimmy Carter.

Del otro lado estaban Ellsworth Bunker y Sol Linowitz, negociadores de gran experiencia. Convencerlos era solo la mitad del reto; la otra mitad era darles argumentos para convencer a su propio Senado. Los tratados se firmaron el 7 de septiembre de 1977 y el Senado estadounidense los aprobó en 1978 con apenas un voto más de lo necesario. Así de cerca estuvimos de otro desenlace.

Antes de los tratados, Panamá recibía cerca de dos millones de dólares al año por el Canal. Hoy la historia es otra: solo en el año fiscal 2025, el Canal entregó al Tesoro Nacional 2,965 millones de dólares, y desde 1999 sus aportes superan los 29,000 millones. Buena parte de ese dinero se ha invertido en obras públicas. Sin él, el Estado tendría que cobrar más impuestos o endeudarse más.

A eso se suma la tierra. Quienes trabajamos en el desarrollo urbano lo vemos a diario: Albrook, Clayton, Amador, Panamá Pacífico y la Ciudad del Saber son hoy lugares donde miles de familias viven y trabajan. Sin los tratados, seguirían siendo una zona ajena que dividía al país en dos.

Por eso no dudo en llamarlos lo que son: unos verdaderos héroes nacionales. Libraron su batalla en mesas de negociación, durante años, con la patria entera sobre los hombros. Y ganaron. Sin embargo, sus nombres son poco conocidos por las nuevas generaciones. Merecen más que un artículo como este, un párrafo en un libro o una película que se ve una vez. Merecen algo permanente.

Ya tenemos ejemplos. Vasco Núñez de Balboa tiene su estatua frente a la bahía. La Plaza de Francia recuerda a quienes soñaron primero con el Canal. Belisario Porras tiene su plaza y su monumento. Los estudiantes del 9 de enero de 1964 tienen el Monumento a los Mártires. Ellos pusieron el valor y el sacrificio; los negociadores convirtieron ese sacrificio en un acuerdo. Son capítulos de una misma historia.

También cabe la comparación con los próceres de 1903. Ellos nos dieron la República; los negociadores de 1977 le devolvieron a esa República su activo más valioso, sin disparar un tiro. Si aquellos son los próceres de la independencia, estos son los próceres de la soberanía y merecen un lugar a su lado en nuestra memoria.

Por eso propongo un Monumento a los Negociadores del Canal: estatuas de sus principales protagonistas en un lugar simbólico de las áreas revertidas, como Amador, Balboa o el borde de la bahía, con placas que recojan los nombres de todo el equipo y cuenten en palabras sencillas lo que lograron.

Un monumento no es un adorno. Es una lección que se da todos los días y que le recuerda al estudiante, al turista y a quien pasa camino al trabajo que el Canal no nos fue regalado, que se ganó con inteligencia y perseverancia. Los libros se cierran y las películas terminan, pero una estatua de bronce permanece para llevar siempre ese mensaje. Adicionalmente, merecen una sala permanente en el Museo del Canal y, posiblemente, calles que lleven sus nombres.

La fecha ideal está cerca: el 7 de septiembre de 2027 se cumplen 50 años de la firma. Varios de sus protagonistas aún pueden acompañarnos para verlo. Sería la mejor manera de decir que Panamá reconoce a sus héroes y no los olvida.

El autor es promotor de proyectos.