En España, diversas organizaciones crearon la Alianza Española Contra la Pobreza en 2005 para dotar de sentido al Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, que Naciones Unidas creó en 1993 para concienciar sobre pobreza y exclusión social, con el fin de acabar con ella.
Las movilizaciones que organizaron los primeros años reunían a centenares de miles de personas. Ocurría como con las movilizaciones del Foro Social Mundial a finales del siglo pasado y principios del milenio: se repetían imágenes de movilizaciones masivas que denunciaban el modelo de globalización económica y contra los poderes financieros que en realidad gobiernan el mundo.
Las organizaciones que forman parte de alianzas, coordinadoras de oenegés y diversas redes en España se vuelcan en la movilización, dedican horas en crear mensajes innovadores y que golpeen, en crear y publicar noticias en sus páginas web, y en difundirlas por medio de redes sociales.
Pero con más de mil organizaciones en la actualidad, da la sensación de que esta Semana contra la Pobreza se desdibuja. Cada año, los recorridos y las plazas donde se realizan las movilizaciones parecen más vacíos y silenciosos, aunque Twitter y Facebook se inunden con mensajes contundentes y llamadas a actuar. Lejos de provocar desánimo, la sociedad necesita sostener una nueva reacción coordinada que acabe con este sistema generador de miseria en lugar de revivirlo con aspirinas o ibuprofeno.
Quizá el cansancio de decenas de miles de personas tenga su origen en el desánimo que produce caer en la cuenta de que los aullidos en las redes y los gritos en las calles terminan por evaporarse. Exigir medidas a los representantes políticos en la actualidad de poco sirve cuando ellos mismos obedecen directrices de organizaciones supranacionales que a su vez obedecen mandatos de los llamados “mercados”.
Estos mercados tienen nombres de bancos, aseguradoras y multinacionales, de las personas que las manejan, con nombres y apellidos, y que pueden mover capitales de un lado a otro en cuestión de segundos.
Urgen nuevas formas de hacer política, de llenar el vacío que han dejado las personas que han salido elegidas por las urnas pero que luego “se han visto obligados” a incumplir sus programas porque su cumplimiento habría supuesto el ahogamiento de la economía. Ahí está el caso de Grecia, que durante semanas se erigió como un faro en la lucha para recuperar la esencia de la democracia.
La lucha contra el aumento de la brecha entre ricos y pobres, y la masificación de una clase que tiene sus necesidades básicas más amenazadas y menos que perder, solo puede tener carácter global porque sus causas y sus consecuencias están en todas partes.