Dicen que hay un “santuario” de materiales de construcción en Capira, que se distribuye entre los que vayan a votar por el candidato correcto. Detrás de este asunto parece que figuran ciertos nombres de “honorables”, que son, junto a la mayoría de los políticos, los gurús del mayor de nuestros males y el menos amenazado: el clientelismo.
La necesidad y la sinvergüenzura gritan más alto que las razones y la ética. Nadie quiere oír. Estamos tan acostumbrados a la bolsa de comida, al jamón navideño y al “salve” que dan igual los gritos de advertencia: cualquier desierto será más receptivo a la llamada de atención que gran parte de la sociedad panameña.
El silencio y la técnica de la mirada para otro lado alimentan el clientelismo y lo sostiene. Han conseguido, los que gestionan nuestros impuestos (y parece que los que vienen también), que nos cansemos de levantar la voz contra el coimeo y la corrupción y estemos dispuestos a entrar por el camino ancho del robo institucional, que comienza con ese silencio del que ve y se calla. Este es el mal nuestro de cada día.
Y sí, entre las necesidades no atendidas de los ciudadanos, el clientelismo pesca. Ofrece soluciones inmediatas pero ineficaces a grandes asuntos como la salud, la vivienda o la seguridad. Nos dificultan el decir “no” manteniendo activas nuestras vulnerabilidades, pan para hoy y hambre para mañana. Quizás haya llegado el día de pasar hambre hoy para que mañana tengamos pan de verdad.
Lo de Capira es otro ejemplo de la corrupción que nos está destruyendo y que solo se combate con decisiones individuales de hacer lo correcto, apelando a la dignidad y al respeto, rechazando la mentira y el silencio cómplice. Ellos seguirán ofreciendo pan para hoy y mal para mañana. Tenemos que quitar la mano: que recojan del suelo sus prebendas. Si no lo hacemos, el hambre, en todas sus facetas sociales, durará cinco años más.
El autor es escritor.
