Y entonces me tropecé con Salomón. Una y otra vez me había sentado frente a la computadora, pero el cursor parpadeaba sin producir ninguna letra. Las elecciones habían pasado y no encontraba nada que inspirara un artículo digno de escribir.
Solo se me ocurría el chiste tonto de “cómo era el mundo” la última vez que ganó el partido vencedor de las elecciones, pero nada más. Seguía en blanco, no había material político. Y fue ahí donde se me cruzó Salomón.
Cuenta la Biblia que al rey Salomón se le presentaron dos mujeres alegando cada una ser la madre del mismo bebé. Evidentemente una mentía, así que – para descubrir cuál – Salomón ordenó que se cortara al bebé en dos y se le entregara una parte a cada una. Su plan dio resultado, la impostora estuvo a favor, pues así el bebé no sería de ninguna, pero la verdadera madre prefirió desistir de esa pelea antes que verlo morir.
Desde entonces la técnica de dividir para resolver un problema se ha practicado innumerables veces. En el deporte, la guerra, la industria y, por supuesto, la política. En esta última, la fórmula es tan sencilla como poderosa; divide a la sociedad entre tu contrario y tú y, así, esa sociedad se mantendrá entretenida y no seguirá a ninguno de los dos.
Esa fórmula se ha ensayado muchas veces en Panamá, pero nunca dio tantos resultados como en los últimos 10 años. En este tiempo hemos vivido en una especie de partido de tenis. Todos moviendo la cabeza de lado a lado, embelesados viendo el enfrentamiento de dos supuestos enemigos.
Reportajes, tuits, libros, caricaturas, canciones y más. Todos producidos en torno a la rivalidad de los dos últimos presidentes. Y todos, por supuesto, utilizados por ambos como excusa para mantenernos ahí, en el perenne juego de tenis donde uno dice ser mejor que el otro, y viceversa.
Las contradicciones saltan a la vista con tan solo presentarlos. En una esquina, el dueño del supermercado de nombre numérico que canta a voz de cuello ser “el rey” pese a que así se llama el mayor competidor de su tienda. Y en la otra, el que se muestra como el seguidor más fiel del catolicismo pese a ser dueño de la licorera más grande del país.
De contradicciones también sufren sus defensores. Los del señor del supermercado tachan al señor de la licorera de lento e ineficiente, pero aseguran que manipuló al Departamento de Estado y al sistema judicial de Estados Unidos. Los que siguen al de la licorera dicen que el del supermercado lideró el gobierno más corrupto de la historia, pero ellos formaron parte de él.
Y en esa puja y repuja se fueron los días sin que la educación, la salud, la justicia, y otros temas más relevantes hayan ocupado el centro del debate nacional. No digo que en estos años todo ha sido malo, ni que los medios debieron ignorar la rivalidad en cuestión, pero es decepcionante que en una década nos hayan forzado a ver casi todo suceso a través de esa dicotomía.
¿Habrán terminado las elecciones con el protagonismo de esa enemistad? ¿Nos concentraremos ahora en las prioridades del país? El tiempo dirá, mientras tanto, yo sigo pensando en Salomón, en esa mujer que desistió de pelear por el bien de su bebé y en que, tristemente, en Panamá no sucedió igual, pues, nunca apareció la mamá del bebé.
El autor es abogado