A veces hablamos de un terremoto como si su gravedad dependiera de cuánto se sintió en la capital. Si aquí no hay daños generalizados, pareciera que el episodio fue menos importante. Pero que el terremoto se sintiera con menor intensidad y produjera una menor aceleración del suelo en Ciudad de Panamá no significa que sus efectos fueran menores para quienes vivían más cerca del epicentro. La distancia, la profundidad, la propagación de las ondas y las condiciones geológicas locales influyen en sus efectos. También importa la vulnerabilidad de las viviendas y la capacidad de respuesta de cada comunidad.

La capital es importante, pero no es todo el país. Cuando la conversación se concentra en cómo se sintió el movimiento en los edificios, las oficinas y las viviendas de la ciudad, corremos el riesgo de dejar en segundo plano a quienes enfrentan daños, incertidumbre y dificultades para recuperarse en el interior. La ausencia de consecuencias generalizadas en la capital no debe convertirse en la medida de las pérdidas que experimentaron otras comunidades.

Muchas de las viviendas afectadas, especialmente aquellas construidas informalmente y ampliadas poco a poco, representan años de esfuerzo familiar. No basta con decir que fueron “solo pérdidas materiales”. Para algunas familias, esa casa era el resultado de años de trabajo, ahorro y sacrificios; era su patrimonio, el lugar donde criaron a sus hijos y su refugio. Perderla significa mucho más que reparar paredes: significa enfrentar incertidumbre, inseguridad y la tristeza de no poder recuperar lo construido durante toda una vida.

Y hay una realidad que merece especial atención: las comunidades de difícil acceso. En algunos lugares, llegar a una vivienda rural puede requerir caminar durante horas, desplazarse a caballo o atravesar caminos que dificultan el tránsito de vehículos. ¿Cómo llegan los equipos técnicos, los materiales de construcción y la asistencia? ¿Cuánto puede tardar una familia en recibir ayuda? Son desafíos que deben formar parte de cualquier evaluación seria de la emergencia, aunque cada comunidad tenga condiciones distintas.

La distancia no es únicamente geográfica. Una familia que vive lejos de las carreteras principales puede afrontar obstáculos adicionales, no necesariamente porque su vivienda haya sufrido más daños, sino porque la atención y la recuperación pueden resultar más difíciles. La vulnerabilidad no depende solo de cuánto tiembla el suelo, sino también de las condiciones en que las personas viven y de los medios que tienen para responder.

Después del sismo, la prioridad debe ser identificar los daños, evaluar las estructuras afectadas y atender a las familias, especialmente a los adultos mayores y los niños que necesitan apoyo. Las réplicas pueden prolongarse durante semanas o meses y ocasionar daños adicionales, especialmente en edificaciones previamente debilitadas. La respuesta debe seguir criterios técnicos y las recomendaciones de las autoridades, sin olvidar a las comunidades de difícil acceso que requieren mayores esfuerzos logísticos para ser atendidas.

La experiencia también debe convertirse en una herramienta para planificar mejor. Necesitamos estudiar las condiciones geológicas del suelo, identificar amenazas, revisar los criterios de construcción sobre suelos inestables y fortalecer la preparación de las comunidades. Esto incluye mantener vías de acceso, prever alternativas para llegar a poblaciones aisladas y organizar mecanismos de asistencia que funcionen incluso donde no pueden entrar vehículos, además de garantizar que las personas tengan posibilidades reales de reconstruir sus vidas con seguridad y dignidad. La planificación territorial debe incorporar estas realidades, no limitarse a los sectores urbanos donde la intervención resulta más sencilla.

Podemos agradecer que se hayan salvado vidas y, al mismo tiempo, acompañar a quienes perdieron su vivienda, sus pertenencias o la tranquilidad de sentirse seguros en su propio hogar. Una cosa no invalida la otra.

El terremoto no debe medirse únicamente desde donde se sintió menos, sino también desde donde recuperarse puede ser más difícil. La prevención comienza cuando vemos a todo el país, especialmente a quienes están más lejos de los servicios y de la atención pública.

El autor es arquitecto y estudiante de maestría en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible.