Danilo Sousa Moreira

Me mataron el 2 de enero de 1955

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Me mataron el 2 de enero de 1955

Hasta hoy 2 de enero 1955, me llamaba Danilo Sousa Moreira. Tenía 33 años cuando llegué muerto al Santo Tomás con tres balazos. El hado y el impulso de curiosidad me embarcaron en una trágica jugarreta. Los disparos provenientes del hipódromo me despertaron curiosidad al igual que ver la cantidad de gente correr en dirección contraria. Además, mi querido amigo, el guardaespaldas José M. Peralta, estaba en el centro de aquel huracán.

Aún no había patrullas. Los perpetradores obviamente sabían que el cambio de guardia motorizada dejaba una ventana de 20 minutos de cero orden público. A solo cinco metros del clubhouse presencié el asesinato del presidente Remón y de Peralta.

Inicialmente pensé que por el melé fui herido in situ de una bala de las muchas que silbaban. Sin embargo, arribo al quirófano muerto con tres balazos cortesía de la patrulla #24 que me transportaba. Entonces es que capto que me costó la vida el reconocer a los asesinos.

Toño Anguizola, amigo de Remón, fue seriamente herido. Afortunadamente para él, de intensivos pasó a sala recuperación donde recibía y conversaba con sus visitas. Sin embargo e inexplicablemente, muere en aquella sala poco después. Ambos, Remón y Toño (y medio Panamá), sabían que se cocinaba un golpe de Estado.

Contrario al resto de Centro América, en contadas ocasiones el homicidio premeditado ha sido parte de nuestro escenario político. Esto es Panamá, pecamos de mil vainas, pero conspiración y asesinar nunca han pululado en nuestro ethos ni pathos nacionales.

Fui testigo del mayor imbroglio iberoamericano del siglo XX antes de Odebrecht Corp el siglo siguiente. Por ende, me privaron prematuramente de departir con mis merecidos años, continuar departiendo con mis dos hijos, mis siete hermanos y mis padres. Astutamente intentaron acomodarme como cómplice del asesinato sin saber que mi madre les vendría encima con hechos y cero embustes.

Mi madre, Pastora Moreira de Sousa, persistió mostrando lo contrario a todo nivel del pentagrama gubernamental. Ella logró que de cómplice pasase a víctima. Las marionetas dentro del nuevo gobierno intentaron callar mis progenitores con una ridícula pensioncita, ya que yo fui nadador medallista internacional durante mi adolescencia.

Mi muerte permanece en la oscuridad. Existen varias hipótesis, pero a todos los Ministerios Públicos panameños a la fecha les importa un bledo en resolver todos los homicidios consecuentes con aquella conspiración de 1955.

Es más, los investigadores internacionales contratados a hacer su labor fueron continuamente torpedeados por las mismas autoridades. Varios fueron escoltados a Tocumen cuando encontraban pistas.

¿Cuál era el afán de matar a Remón cuando muchos ya sabían que padecía de cirrosis del hígado y sus meses o años eran contados? ¿A quiénes les convenía un Remón muerto en 1955? Me ofenderían a mí, Danilo Sousa, repitiendo el mito de que fue el crimen organizado norteamericano.

Remón pisó muchos callos del patriciado local. Entre algunas de las imposiciones destinadas a ellos estaba que todos los ciudadanos por igual están obligados a pagar impuestos. Eso de que estaban por encima de la ley fiscal se había acabado.

Otros beneficiados de su muerte eran los narcotraficantes locales.

A solicitud de Eisenhower, el presidente Remón apuntaló incisivamente contra el tráfico ilícito de narcóticos hacia Estados Unidos turbando de ira a sus cabecillas panameños y desgastando sus abultados bolsillos. Quizás por eso, ni la viuda ni su hermano Toto mostraron alguna vocación en investigar profundamente su muerte. Años más tarde, Toto es nombrado diplomático en México, puerta de entrada para los inmigrantes (y estupefacientes) hacia su vecino norteño.

La triste realidad es que hoy, al igual que en 1955, el Ministerio Público es inoperante y con un compás dañado. La Asamblea Nacional continúa siendo un antro y muestra visos de una embotelladora de derroches.

Aquí continuamos cuatro almas deambulando en el limbo desde aquel enero de 1955 y no avizoramos que oficialmente se inmuten en averiguar quiénes fueron nuestros asesinos.

En lo que a mí concierne, me acortaron la vida a mis 34 años por estar en el Juan Franco en el momento menos oportuno. Me privaron de ver a mi hija Gloria (4) y a mi hijo Danilo (3) crecer, departir y ayudarlos en sus difíciles años formativos. El acompañarlos en su primera comunión, quinceaños y bodas. Todo solo porque algunas oscuras mentes se consideraban por encima de la ley y tenían que adelantar las manecillas del reloj de la vida a los cuatro que asesinaron.

En resumen, todos los antagonistas, protagonistas, testigos y heridos ya deben estar muertos o en el umbral del río Styx. Diría lo mismo de sus capellanes y rabinos. Espero que el periodismo investigativo independiente, como este ensayo de hoy, continúe emergiendo y le desgarre el barnizado velo a los perpetradores de estos cuatro asesinatos.

Existe un alud de incógnitas por aclarar y gran parte de respuestas desde aquella noche que nos dejan en el limbo. Ruego que las autoridades de hoy se percaten que hasta los muertos tenemos derecho a la justicia.

Me consta que las almas pueden ser inquietas y queremos saber qué perseguían nuestros asesinos; caiga quien caiga.

Nunca encontré la acuciosa diligencia para establecer la verdad de mi asesinato. Amanecerá y veremos si alguien se inmuta en resolver el gran misterio sobre lo que ocurrió esa noche de 1955. Los cuatro asesinados esa noche fuimos traicionados por servidores públicos de los tres órganos que juraron proteger y servirnos. Ni millones ni limosnas, queremos justicia.

El autor es ingeniero en sistemas

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