LITERATURA

A la memoria de Rosa María Britton

Una anécdota. Cuando murió el poeta Carlos Wong, en agosto de 2015, Rosa María Britton llamó alarmada a mi amiga María Elena Rosas, que para entonces trabajaba en la Cámara del Libro, para decirle que Carlos Fong había muerto. Desde luego que la doctora se confundió con los apellidos chinos.

María Elena, afligida y petrificada, se atrevió a timbrar mi celular y cuando le contesté casi llora de la emoción. Imagino que enseguida llamó a la doctora para tranquilizarla y decirle que era un error fónico entre los Fong-Wong. Todos terminamos suspirando de alivio y con sonrisas; con excepción de mi paisano Carlos Wong.

Aquella vez me dio mucha gracia aquel mal entendido y tal vez pensé, como ahora, que la muerte tarde o temprano, sin orden alfabético, viene por nosotros, por los amigos, los familiares, inclemente con su lista fúnebre y su barca sin retorno. Esta semana me tocó recibir la triste noticia, esta vez, desafortunadamente sin ningún error, del fallecimiento de Rosa María Britton.

No quiero ocupar las pocas palabras en este espacio para hablar de sus libros; los estudios literarios se encargarán de hacer justicia. Bastará con saber que su obra llenó un nicho privilegiado en el corpus de nuestra literatura y cultura. Prefiero resaltar algo que siempre admiré de ella y que debería, me parece, formar parte del carácter de un intelectual honesto.

Coraje, sinceridad y valor. Eran cualidades que Rosa María siempre tuvo como bandera. La doctora Britton confrontó con su juicio los lineamientos ortodoxos de los poderes institucionales. Sin pelos en la lengua le llamó la atención a políticos, religiosos y autoridades cuando le daban el pódium para expresarse.

Su naturalidad era atrevida y aunque nos parecía soberbia o arrogante algunas veces, era sincera usando la palabra que al final era su lanza que como un Quijote hería siempre o daba en el blanco como una flecha. Apeló por una educación sexual sin dogmas y sin tabúes, por un país con cultura y educación y cuidó a muchas mujeres con sus consejos profesionales. No creía en Dios, pero estoy seguro de que el Señor sí creyó en ella.

El autor es escritor 

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