No tenía estudios universitarios, ni asesorías millonarias, ni frases de marketing. Tenía verdad. José Mujica, el expresidente de Uruguay que falleció ayer, fue guerrillero, pasó catorce años preso en condiciones inhumanas y emergió no con odio, sino con una lucidez ética que hoy nos falta como humanidad. Fue un hombre sin dobleces: decía lo que vivía y vivía lo que decía. No hubo disociación entre el ser y el hacer. Esa coherencia silenciosa fue su mayor fuerza.
La primera vez que lo escuché fue en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, en septiembre de 2013. Iba conduciendo y tuve que detener el auto. Me quedé quieta, como si una voz ancestral y nueva al mismo tiempo me atravesara. No hablaba como los políticos. Hablaba como un hombre sabio, como un campesino que supo mirar la historia con los pies en la tierra y el corazón despierto. Desde entonces, no dejé de seguirlo.
Aquel discurso fue, sin exagerar, uno de los más profundos que se hayan pronunciado en ese recinto. No fue técnico ni diplomático. Fue un grito claro y amoroso en medio de un mundo sordo. “La vida humana es un milagro”, dijo. Y esa frase resume todo lo que él fue. Mujica no hablaba de teorías, hablaba desde la experiencia de quien ha visto lo peor del ser humano —la tortura, el encierro, la soledad— y aun así creyó en la posibilidad de un mundo más justo, más humilde, más vivible.
“Soy del sur”, comenzó, recordando que venía de la esquina olvidada del continente, pero traía en su voz a los pueblos enteros que no tenían voz. Habló de los millones de pobres en las ciudades y en los campos, del colonialismo aún vigente, de las culturas indígenas aplastadas, de los bloqueos inútiles a Cuba, de la Amazonía herida, de los océanos contaminados. “Cargo con todo eso”, dijo. No como una denuncia desde afuera, sino como un acto de solidaridad radical. Él se sabía parte del todo, no portavoz distante.
Su crítica al sistema no fue ideológica, sino ética. Denunció el mito de la felicidad basada en el consumo. Denunció el derroche como forma de vida. Denunció la absurda paradoja de una civilización que necesita tres planetas para sostener su modelo económico, cuando apenas tenemos uno, y ya lo estamos agotando.
Pero su palabra no era catastrofista. Era una advertencia llena de ternura. “Hemos ocupado el templo con el dios mercado”, dijo, señalando cómo el sistema nos ha transformado en esclavos de la apariencia, en corredores agotados de una carrera sin sentido. La vida, para él, debía ser otra cosa: debía ser libertad interior, tiempo para el amor, para la contemplación, para el cuidado mutuo.
Nombró las guerras. Denunció que gastamos dos millones de dólares por minuto en armamento, mientras la humanidad sangra por hambre, por sed, por abandono. Su voz era serena, pero dolida. Sabía de lo que hablaba. Había estado en la oscuridad, y por eso su luz era auténtica.
Mujica fue uno de los pocos líderes que entendió la gravedad de la crisis civilizatoria, no como un problema técnico, sino como una pérdida espiritual. “Prometemos una vida de despilfarro”, dijo, “y en el fondo constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza, contra la humanidad como futuro.” Lo que él proponía era simple y revolucionario: sobriedad, justicia, compasión, sentido. Y, sobre todo, una nueva forma de pensar: una inteligencia colectiva capaz de anteponer la vida a la ganancia.
No fue un hombre perfecto. Él mismo lo decía. Pero fue un hombre íntegro. Su casa era una chacra humilde. Su compañera, una mujer de lucha. Su modo de gobernar, sobrio. Su voz, clara. No hablaba desde la ideología, sino desde la conciencia. No vivía para el poder, sino para la dignidad.
Y si alguien duda de su inteligencia, que escuche ese discurso entero. No hay una sola palabra de más. Es filosofía ética en estado puro. Es poesía política. Es una lección de humanidad para este tiempo herido por la codicia.
Hoy, mientras el mundo gira sin detenerse, quiero volver a detenerme como lo hice aquel día. Y volver a escucharlo. Porque su voz no fue solo la de un presidente. Fue la de un hombre que supo ver lo esencial. Que nos dijo, sin gritar, que el problema no es técnico, sino espiritual. Que el reto no es solo cambiar de políticas, sino de civilización.
José Mujica no predicó utopías imposibles. Propuso una vida más sobria, más justa, más libre. Y tuvo el coraje de vivir así. Hasta el final.
Que su voz no se apague. Que su ejemplo no sea olvidado. Porque mientras exista una sola persona que viva con la coherencia con que él vivió, habrá esperanza para la especie humana.
La autora es autora es psicóloga y docente.
