Como dice el título, ¿por qué esos animales en esa santa representación del Nacimiento del Niño Dios? ¿Por qué esos animales en los pesebres de todo el mundo? Para eso voy a ubicarme por un momento allí y ver cómo transcurría la vida corriente en una humilde familia en aquel lugar.
Amanece un día común y corriente en Nazaret de Galilea. En la casita de José y María, al despertar se preparaban un sencillo desayuno y después de lavarlo todo y barrer la casa, se disponía María a salir a buscar agua del pozo, seguramente en compañía de José, su esposo. Cuando iban de camino oyeron el ruido de cascos y la polvareda que levantaban; pensaron que nada bueno traería esta visita. Caballos con soldados, se trataba de soldados del emperador y temieron lo peor. ¿Deberían pagar más impuestos? ¡Ya pagaban tanto! Aparentemente, al desenrollar los pergaminos que traían y leerlos, los soldados le comunicaban al pueblo que debían cumplir con el censo ordenado por el emperador y cada cual debía acudir al lugar de origen de su familia. Hubo algarabía, protestas y hasta entusiasmo ante la posibilidad de encontrarse con familiares hasta ahora desconocidos.
Para José y María el problema era otro. Se encontraban esperando un bebé y el embarazo de María ya era muy avanzado. ¿Qué hacer? Había que obedecer.
Recogieron unas cuantas cosas para ellos y para el bebé, salieron con destino a Belén, ya que José era del linaje del rey David. Al inicio de la salida, seguramente, eran muchas las familias que juntas emprendían el viaje. Poco a poco José y María se fueron rezagando por lo avanzado de su embarazo. Cuando caía la noche buscaban agua, se cobijaban con el burrito que llevaba a María, reposaban un poco y seguían su camino, soñando con el descanso que encontrarían en el mesón.
Al llegar, se enteraron de que no había espacio para ellos. Fue muy grande la preocupación de José y el desencanto de su esposa. Angustiado y buscando por todas partes, José encontró una cueva que usaban los pastores para descansar con sus ovejas o los animales que pastoreaban. Allí se establecieron y en ese humilde lugar nació el Dios de dioses, en un pobre portal de Belén.
Aquí comienza el tema que trató la homilía del padre mexicano en la misa que escuché por televisión, porque me encontraba en casa con una gripe fuerte.
San José y la Virgen María no lo sabían, pero Dios había mandado al arcángel San Gabriel para que fuera de casa en casa en Belén, que anunciara a todos que fueran a la plaza porque venía ya el Mesías tan esperado desde el tiempo del gran profeta Isaías. Debían encontrar a su madre para ayudarle en el alumbramiento. Nadie se presentó; el Niño nació solo en compañía de sus padres y los ángeles que cantaban “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.
Desencantado, el arcángel Gabriel se dijo: ¡Ha nacido el Rey de Reyes y ninguna persona lo ha venido a recibir!
Esto desilusionó de gran manera al enviado de Dios. “Me ha entristecido mucho”, se dijo. “Voy a tratar de ver cómo me va con los animales”. Se encontró un león y le preguntó. ¿Tú qué harías para cuidar y acompañar al Rey de Reyes?”. El león, meneando la cola le contestó: “Yo soy el rey de la selva. ¡Nadie mejor que un rey para cuidar al Rey!”. “¿Y cómo lo cuidarías?”. Él respondió: “Si alguien se acerca mucho a Él, yo gruñiría hasta espantarlo y si se le tira encima lo mordería en el cuello hasta matarlo!”. El arcángel lo rechazó y le dijo que el Niño venía a traer paz y no violencia.
Al irse el león, vino una zorra y le dijo al arcángel: “Yo soy quien debe cuidar a ese Niño y a sus padres. Nunca le faltaría leche a esta criatura y si sienten hambre, me robaré una gallina y tendrían qué comer”. Horrorizado el arcángel le dijo a la zorra: “¿Una ladrona cuidando al Rey de Reyes? Imposible”. De esta manera se fue la zorra con su hermosa cola entre las patas.
Después de la zorra llegó un pavo real ofreciéndose a cuidar al Niño. El arcángel le preguntó: ¿Y cómo lo harías? Ella, pavoneando su bello plumaje le dijo que donde había un rey siempre había una de su especie adornando el lugar. El arcángel le dijo: “vete de aquí, ave engreída, pretenciosa y creída. Tú no sirves para acompañar al Rey de Reyes”. Y esta se fue.
De pronto el arcángel divisó a la sombra de un árbol a una mula y un buey. Se acercó y les preguntó qué hacían. Ellos contestaron: “cuidamos a nuestro amo”. “¿Y cómo lo cuidan?”. Ellos respondieron: “pues haciendo lo que nos pide. Si hay que llevarlo a algún sitio, él nos guía y nosotros lo llevamos; si debemos llevar una carga u otra cosa, lo hacemos. El rostro del arcángel San Gabriel resplandeció y les dijo: “¡Ustedes son los que yo buscaba!”. Los llevó al pesebre donde dormía el Niño Dios acompañado de María y José, y con ellos se quedaron porque estaban acostumbrados a obedecer.
Para cuidar y adorar al Niño Dios no se necesita la fiereza del león, las artimañas de una zorra ladrona ni la soberbia de un pavo real. Si deseamos estar cerca del Rey de Reyes debemos evitar todo lo dañino y malsano y ser siempre sumisos y obedientes a los deseos de Dios. Nunca pelear, desobedecer, mentir o hacer trampas en toda su vida. Así tendrán al Niño Dios contento, porque Él los observa cada momento de sus vidas, ríe con ustedes y llora con ustedes.
Que tengan una feliz y santa Navidad.
La autora es ciudadana