Tenemos una ubicación geográfica envidiable. Tenemos un clima bendecido. Tenemos más lluvias que la mayoría de los países del mundo. Tenemos el Canal. Tenemos costas en dos océanos. Pero nuestro país no surge. No hay manera. ¿A qué se debe ese estancamiento?

Hablemos claro: si tenemos todo para ser un país donde no exista la pobreza extrema ni haya malos sistemas de salud pública, ¿cómo es posible que haya gente que pasa hambre? ¿Cómo es posible que no haya agua potable para todos?

Hay un ancla perversa que nos hunde en el tercermundismo. La plata llega, pero desaparece en el aire, sin dejar rastro de adónde se fue. La rendición de cuentas a los ciudadanos es opaca o nula.

Hay una abundancia de leyes, pero no se implementan o se contradicen, haciendo del ámbito de la justicia y la legalidad un parque de diversiones para cualquier avivato que, haciendo uso de las muchas áreas grises, puede salirse con la suya, incluso hasta hacer desaparecer el futuro de generaciones.

No hay manera de llevar ante la justicia a los delincuentes, a pesar de las confesiones y las sobradas pruebas en su contra, pues con un simple certificado de incapacidad se puede retrasar un juicio en el que el Estado perdió millones. Y los juicios se retrasan hasta que los delitos prescriben, y sanseacabó. Peor aún, siguen contratando obras millonarias con el Estado. No hay manera.

Si no existen reglas ni controles que permitan guiar con transparencia, ética y responsabilidad la toma de decisiones, la inestabilidad es la carta de presentación de un Estado. Y nadie quiere invertir en un lugar que no es de fiar. Y nos hemos convertido en un lugar poco fiable.

Un inversionista quiere venir a aprovechar las enormes ventajas que ofrece el país, pero al llegar sufre una colisión frontal con una maquinaria lenta, hedionda y, encima, mal encarada, como es la burocracia estatal. Es un engranaje oxidado y roñoso mediante el cual ejércitos de funcionarios sin preparación y sin vocación de servicio se encargan de espantar a un potencial inversionista con procedimientos redundantes y simplemente desfasados.

Funcionario: «Necesita firmar estos formularios para darle entrada a su solicitud».

Inversionista: «Ya le di toda esa información vía internet, en su página».

Funcionario: «Es que eso le llega a otro departamento. Aquí tiene que llenarlos a mano».

Inversionista (con notable frustración): «Está bien, aquí están. Por favor, recíbamelos».

Funcionario: «No se los puedo recibir porque la libreta de recepción se abre a las 9:30 a. m. y son las 8:45 a. m.…».

Y hasta ahí llegó eso. No hay manera.

La inversión que se perdió habría pagado gran parte de los salarios de esos funcionarios que luego se quejan de que no se les aumenta el sueldo o que exigen permanencia en puestos para los que claramente no están capacitados o que simplemente ejercen de pésima manera.

Podemos tener todas las ventajas del mundo para hacernos atractivos a la inversión extranjera, pero, mientras nosotros mismos seamos responsables de ahuyentar a quienes ven nuestro potencial, no hay manera de surgir.

No va a haber agua potable en el país mientras quienes están encargados de uno de los problemas técnicos de más vieja data no hayan cumplido siquiera un semestre de una carrera afín al campo que regentan. Su único mérito es la gran capacidad para pregonar a favor del gobierno de turno. No hay manera.

Hasta que las designaciones se basen en méritos y no en amiguismos, veremos reinados y mundos color de rosa en comerciales pagados con nuestros impuestos, antes que agua potable saliendo de nuestros grifos o carreteras y centros de salud en óptimo estado, estos últimos con un buen abastecimiento de insumos.

Mientras el Tribunal Electoral siga permitiendo que los mismos de siempre se perpetúen en sus curules, cada vez con más chanchullos, no hay manera de que esto que vivimos pueda llamarse democracia. Nuestro país está anclado al subdesarrollo y la pobreza porque esos enquistados en el sistema, con la complicidad del mencionado tribunal, son quienes señalan quién ocupa los puestos de decisión o quién decide y ejecuta lo que es necesario para todos.

La ausencia de reglas claras y la falta de transparencia aumentan la vulnerabilidad ante errores operativos, fraudes y, en general, ante la corrupción, que es lo único que parece crecer en el país.

Atestiguamos el desfile de exfuncionarios y sus ejércitos de defensores en casos de megadesfalco y todo tipo de traición al país. En unos años, ¿será que veremos a los actuales en el mismo son? Así como vamos, no hay manera.

El autor es ingeniero civil y escritor.