Panamá tiene el área, tiene las grúas, tiene los atraques, tiene la posición geográfica que nadie puede replicar. Lo que nos falta no es infraestructura, sino voluntad y agilidad para decidir, o sea, ¡acción!
Y por agilidad y acción no me refiero solo a rapidez. Me refiero a algo más concreto: sentar a expertos técnicos, panameños e internacionales de ser necesario, en una sola mesa, con un mandato claro, y no levantarlos hasta tener una solución lista. Esto implica sacar a la política de esa ecuación, no de la decisión final, sino del proceso técnico que la construye.
No es mi intención, ni puedo criticar a ningún gobierno específico, presente, pasado o futuro. Busco algo más simple: generar conciencia de que esto se puede hacer, de que tenemos que hacerlo y de que ya existen caminos probados. No necesitamos inventar el agua caliente. Solo necesitamos visión y voluntad de pasar a la acción.
Hace unos días, investigando, encontré el Panama Canal Reconnaissance Study de 1999, del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos, encargado por la propia Comisión del Canal de la época, y lo leí. En ese estudio se evaluaron casi veinte alternativas para garantizar el agua del Canal durante 50 años y se hizo una clasificación con base en su productividad. Río Indio ya aparecía ahí. Pasaron más de dos décadas desde ese estudio, y una desde la ampliación, hasta que el proyecto fue declarado prioritario. Todavía nos faltan varios años más para verlo terminado y operativo.
No lo traigo como reproche, sino desde mi propia experiencia en tres continentes, donde he visto cómo países con menos historia en infraestructura que Panamá reducen a una fracción el tiempo que toma adoptar ese mismo tipo de decisión, cuando existe la determinación para hacerlo. No es que a Panamá le falte capacidad técnica: la tenemos, y de sobra. Es que aún no hemos adoptado, como país, la madurez y la urgencia con las que otros ya ejecutan lo que es prioritario. Ese mismo espacio de mejora existe en nuestros puertos.
Singapur mueve aproximadamente 40 millones de contenedores al año. Panamá, con sus cinco terminales combinadas, mueve cerca de un cuarto de eso. Con la infraestructura física que ya tenemos hoy, decenas de grúas pórtico y varios kilómetros de muelle, si operáramos con la misma eficiencia y base que Singapur, podríamos estar moviendo casi el doble de contenedores de lo que movemos hoy. Pero entonces, ¿qué nos falta?
Singapur tampoco nació coordinado. Empezó a mediados del siglo XIX con operadores privados compitiendo entre sí, sin ningún ente que mirara el sistema completo, exactamente como Panamá hoy. Ese modelo colapsó porque el sector privado no pudo financiar las mejoras exigidas, y el gobierno colonial tuvo que expropiarlo. Le tomó varias décadas consolidar una autoridad única, y otro tramo similar separar al regulador (MPA) del operador comercial (PSA). Pero, una vez decidida esa separación, no le tomó una generación: le tomó menos de dos años.
Panamá tiene hoy su propia versión de ese problema de origen. Nuestra Autoridad Marítima, según describió hace poco un práctico del propio Canal, “no lidera el futuro, apaga incendios”. Este año, cientos de buques panameños fueron detenidos por deficiencias, decenas de naves abandonaron nuestro registro y, hace poco, la AMP intentó restringir el acceso público a la información sobre las concesiones portuarias, hasta que el propio presidente ordenó revertirlo.
No se trata de privatizar más: ya tenemos operadores privados eficientes. Se trata de crear, con ley propia y autonomía real, una Autoridad de Puertos —o una versión verdaderamente integrada con la Autoridad Marítima— con el mismo blindaje institucional que ya conocemos y que ya funciona en Panamá: el de la propia ACP, por ejemplo.
Ese blindaje solo funciona si es autonomía con control, no autonomía a secas: instituciones sólidamente auditadas, con reportes públicos, rendición de cuentas robusta y verdaderos profesionales del sector en el cual operan.
El Canal y los puertos no son dos negocios distintos que compartan el mismo país por casualidad. Operan, en su mayoría, dentro del mismo ecosistema geográfico: la cuenca del Canal y sus entradas al Pacífico y al Caribe. Es ambicioso, pero nada descabellado, pensar en algún grado de integración genuina entre ambos.
Lo que ha pasado recientemente con las concesiones portuarias y con fallos judiciales que han cuestionado la estructura de los contratos no debería leerse solo como un problema. Puede convertirse en el momento en que Panamá aprenda la lección, salga fortalecida, revise su marco legal y construya algo más sólido, con la estabilidad necesaria para atraer la inversión que busca.
Para lograrlo, hace falta tratar estos proyectos como acciones que forman parte de un plan de nación, no de un gobierno específico. Cartagena, Kingston y Caucedo han comprometido, en conjunto, miles de millones de dólares en modernizar sus puertos, no porque tengan gobiernos más eficientes que el nuestro, sino porque decidieron que esto no se discute en cada cambio de mando.
Sé que hay muchas prioridades urgentes y no pretendo simplificar lo complejo que es gobernar. Pero esto es un mango que está bajito: la infraestructura ya existe y el modelo ya fue probado por otros durante décadas. Lo único que falta es la decisión de hacerlo.
Soy un apasionado por Panamá, por su posición geográfica, por el Canal, por su potencial real y, sobre todo, por su gente. Por eso investigo, desde mi área de conocimiento, con la esperanza de aportar y ayudar a abrir los ojos frente a esos puntos ciegos que no se ven desde adentro, pero sí desde afuera. Es la mirada de un panameño enamorado de su país, que lo observa con objetividad desde la distancia.
Panamá no necesita copiar el tamaño de Singapur de la noche a la mañana. Necesita copiar su decisión más importante: sentar a los mejores técnicos del mundo en una mesa, dejarlos trabajar sin interferencia política, construir instituciones autónomas pero profesionalmente fiscalizadas y tratar el ecosistema marítimo completo —Canal y puertos— como lo que realmente es: ¡el activo más estratégico que tiene el país y que le pertenece a todos los panameños!
El autor es ingeniero civil y Managing director para el Medio Oriente de Roll Group.

