El asesinato en Ámsterdam, del que se acaba de cumplir el décimo aniversario, del cineasta Theo van Gogh por un holandés de origen marroquí, supuso una conmoción para un país cuya tradición de respeto a las creencias ajenas le convirtió en un oasis de tolerancia en los tiempos de las guerras de religión. El atentado del miércoles es un espantoso recordatorio de que se trata de un problema muy lejos de estar cerrado. Sobre el ataque contra Van Gogh, que había dirigido un cortometraje crítico con el islam escrito por la activista Ayaan Hirsi Alí, publicó el periodista Ian Buruma un ensayo, Asesinato en Ámsterdam, cuyo epígrafe está más vigente que nunca: “Los límites de la tolerancia”. El libro reconstruía el atentado y planteaba un debate que iba más allá de los límites de la libertad de expresión: ¿Las críticas contra el islam hacen el juego a la ultraderecha? ¿Criticando al islam se falta al respeto a los millones de inmigrantes musulmanes en Europa? ¿Son compatibles las críticas con la sociedad multicultural?
El gran tema en Francia estos días era la nueva novela de Michel Houellebecq, Sumisión, que describe cómo el país se convierte en un Estado islámico. De hecho, Charlie Hebdo dedicaba su última portada al escritor. La novela de Houellebecq ha desatado la misma polémica que hace 10 años provocó la película de Van Vogh. El periodista Edwy Plenel, fundador del diario digital Mediapart y que acaba de publicar Pour les musulmans, criticó el protagonismo del libro: “Se trata de un escritor del que conocemos su islamofobia, el miedo, el odio al islam y a los musulmanes”. El ensayista Eric Zemmour generó un debate similar con su último libro, El suicidio francés, acusado de ser antiislámico y antiinmigración. “Hay barrios franceses en los que casi no hay más que musulmanes. Nos encontramos como en Arabia Saudí en el siglo séptimo”, sostiene Zemmour en la prensa tras la cancelación esta semana de la presentación del libro en Bruselas.
El asesinato de Theo van Gogh fue condenado unánimemente como lo ha sido el ataque a Charlie Hebdo pero el hecho es que, en 2006, le fue revocado el pasaporte a Ayaan Hirshi Alí y tuvo que irse de Holanda. “Occidente se salvó porque fue capaz de separar la fe y la razón”, explicaba en una entrevista con Russel Shorto, autor de Ámsterdam. Una historia de la ciudad más liberal del mundo. En esta ciudad, el judío sefardí Baruch Spinoza publicó en el siglo XVII el primer tratado contra la religión, en el que defendía que los Gobiernos debían basarse en la razón y mantenía que los textos sagrados eran obra de hombres, no de dioses, tesis que le costaron la persecución y el exilio. Charlie Hebdo ha seguido a fondo el credo spinozista y ha pagado un precio trágico. En 2007, el dibujante Joann Sfar describió la redacción del semanario como “la sucursal de una comisaría” por la cantidad de agentes que protegían a sus dibujantes. Uno de ellos, Pierre Dragon, se prestó a contar el día a día policial al dibujante Frederik Peeters y de allí surgió un el cómic, RG, cuyo primer volumen se titulaba Ryad-sur-Seine. La única condición que puso Dragon es que no se pudiese identificar a los protagonistas. “Si es poesía, tenemos derecho”, dijo el policía. Es una frase que hoy cobra un nuevo sentido.