Nunca antes fuimos observados los venezolanos con tanto empeño y desde el extranjero como ahora. Y en buena hora, dado el desarrollo de la sociedad global de la información –nada hay oculto que no se descubra- nadie requiere desde afuera ser autorizado para observar, ni por Maduro ni por Cabello, menos por la Lucena.
Somos observados por muchos. Unos buscan respuestas al absurdo de una nación famosamente rica que termina en la miseria y es gobernada por una escoria que espera de la cárcel. Otros, expectantes, intentan saber si los venezolanos seremos capaces de vencer tanta adversidad.
Desde distintos rincones del planeta nos siguen y se tienen apreciaciones distintas acerca de la obra dramática que representaremos el venidero 6 de diciembre.
La buena noticia es que somos famosos y tomados en cuenta por algo serio o muy grave, ya no por como tener las mujeres más bellas del planeta o, en algún tiempo, por ser los primeros importadores mundiales de whiskey o por derrochadores de nuestra riqueza nacional.
Algunos nos observan con escándalo y otros se muestran escandalizados, pero para ocultar el cinismo o sus tácitas complicidades con la tragedia venezolana.
Damos lástima o somos la vergüenza de nuestros observadores al encontrarnos gobernados por un narco-Estado –hecho de corruptos y traficantes de drogas, jueces venales, aprovechadores, “empresarios” propios y ajenos que abonan a su favor la neutralidad de los dineros– que es parte activa de los movimientos criminales registrados por la prensa global.
Unos y otros, no obstante, piensan que agotada y dilapidada la riqueza petrolera líquida, bajo los signos de la escasez y el dolor de los estómagos, se sucederá un cambio todavía impredecible en la realidad de excesos y abusos dominante durante los últimos tres lustros en Venezuela. Nadie imagina que será inmediato y sin dolor.
Antes y no solo hoy se nos observaba, cabe aclararlo.
Medios y gobiernos extranjeros o sus clubes desde ayer nos miran con pasmo. Ven la sucesión de un milagro bajo el gobierno de Hugo Chávez Frías. Creen presenciar una combinación inédita de la tradición caudillista latinoamericana –la del gendarme necesario o el padre bueno y fuerte– que se hace dictadura, con la emergencia de un soldado felón que muda en demócrata y es socialmente sensible. Una suerte de menjurje o sincretismo entre bien y el mal, entre la violencia y las luces.
Otros nos ven, hasta hace poco, como una tierra de azar, y dominada por la voracidad y gula. Desde sus adentros ríen al creernos un pueblo de psicópatas y masoquistas, gozosos de que se nos use y se expolien nuestras riquezas por bucaneros de ocasión. Y desde sus afueras repudian la ingenuidad liberal de los pocos –contrarrevolucionarios, opositores, escuálidos, demócratas de vieja escuela– que se quejan de ello y su gravoso costo moral y democrático.
