EL MALCONTENTO

Los dos países: Paco Gómez Nadal

Desde hace años creo que Panamá sufre de bipolaridad. Quizá es un regalo de El Loco, que nos convenció de que somos más si perdemos los estribos, pero creo sinceramente que la dolencia viene desde mucho antes.

Hay días de bajón. Cuando conocemos, por ejemplo, que en el aún nuevo Hospital Luis Chicho Fábrega, de Veraguas, no funcionan los ascensores o cuando nos relatan las dificultades que sigue pasando la Caja de Seguro Social (CSS), el asidero imprescindible para decenas de miles de panameños. Noticias que atraviesan el alma y muestran un país con graves problemas para garantizar los derechos básicos de los ciudadanos: la atención básica en salud, el fluir del agua potable, la educación de calidad, el derecho a una cultura rica y diversa…

Hay días en que una parte de Panamá se siente parte de un país paradisíaco y lleno de posibilidades. Imagino yo que esa debió ser la sensación de Michelle González, asistente ejecutiva de la Presidencia, cuando se subió a un avión con destino a Busan (Corea del Sur) y en el bolsillo (o en la tarjeta) cargaba los 5 mil 400 dólares que le correspondían de viáticos. “Vaya y disfrute como una panameña del común… y no olvide rezar todas las noches para dar gracias a Dios por haber sido bendecida con esta nacionalidad”, le diría su jefe, Juan Carlos Varela, al despedirla en el Palacio de Las Garzas. No es que el gobierno de Varela sea especialmente derrochador, es que todos los que pasan por el poder en Panamá cuidan a los suyos para que los huecos queden tapados y les garantizan que el saqueo, en menor o mayor escala, sea legal. Nadie puede dudar que es legal el gasto en viáticos y tiquetes aéreos de la Presidencia, lo que es inmoral es la Ley 69 de 2015 que asigna, por ejemplo, 400 dólares al día al funcionario que viaje a una reunión a Costa Rica.

Panamá es bipolar porque no deja de inaugurar centros comerciales con elegantes nombres en inglés y de ampliar su parque vehicular, mientras la presidenta de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero, la escritora Rosa María Britton, denuncia fuera de sus fronteras que “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un panameño ingrese a una biblioteca”. Tan real como la vida misma.

Panamá (o mejor maticemos: la Panamá de esta élite angurrienta y desconectada de la realidad) es bipolar porque dará más presupuesto al todopoderoso Roberto Roy para que acelere las obras de la línea 2 del Metro, pero no porque se quiera acortar el sufrimiento de las gentes de San Miguelito, Mañanitas o la 24 de Diciembre que todos los días pierden un pedazo de su vida para llegar al trabajo, sino para que Dios nos bendiga por el buen trabajo hecho para que sus fieles vengan a la Jornada Mundial de la Juventud en 2019. El papa Francisco debería revisar lo que ocurre con este megaevento, cada vez más parecido al dispendio de un Mundial de Fútbol que a una jornada de reflexión y fe.

La bipolaridad, ya lo sabrá usted, no es un problema. No lo es siempre que se acepte, el paciente se medique y mantenga una vida equilibrada. El problema es cuando se confunde ese estado maníaco-depresivo con la normalidad, cuando el paciente se deja caer en el profundo hueco de la depresión solo a la espera de que llegue el descontrolado momento de euforia.

Atribuyo esta dolencia del país a unas élites que nunca supieron de dónde eran. Acostumbradas a estudiar en Estados Unidos o Europa, amantes de los viajes al extranjero antes que de los paseos locales, acostumbradas a hablar un idioma que no es el suyo y a frecuentar cuanto restaurante nuevo de acento extraño se inaugure en la capital… Y a un pueblo sin canales de participación adecuados porque los partidos políticos en el país no han sido sino estructuras de regulación de esa participación, anclada en el clientelismo y en la mentira colonial. Y a unos medios de comunicación que cuentan los sucesos pero tienen muchos problemas a la hora de ver los procesos en los que están enmarcados. Y a una academia que hace tiempo se convirtió en la cenicienta. Comparto la tristeza y desesperanza cultural de Britton.

No es Panamá el único país del mundo con esta dolencia extrema, pero a mí me duele esta nación y, por eso, a pesar de lo que diga el pasaporte o los críticos xenófobos de cada martes, seguiré intentando agitar el tranquilo patio trasero del indolente paraíso de los piratas.


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