Durante mucho tiempo, hablar de alfabetización significaba aprender a leer, escribir y realizar operaciones matemáticas básicas. Era una educación propia de una época en la que el libro, el cuaderno y la palabra del maestro constituían las fuentes de conocimiento.

Pero el mundo cambió. Hoy, nuestros niños y jóvenes tienen acceso, desde un teléfono celular, a más información de la que cualquier generación anterior pudo imaginar. Pueden aprender algo en segundos, pero también pueden recibir información falsa, confusa o de dudosa procedencia con la misma rapidez.

Por eso, el reto de la educación ya no consiste solamente en enseñar a leer un texto. Tenemos que enseñar a leer el mundo: comprender la información, analizarla, cuestionarla, relacionarla con nuestra realidad y utilizarla para encontrar soluciones.

En otras palabras, necesitamos avanzar hacia la multialfabetización.

En su artículo “Multiliteracies”: New Literacies, New Learning, publicado en 2009, los educadores Bill Cope y Mary Kalantzis proponen ampliar lo que entendemos por alfabetización. Ya no basta con dominar la palabra escrita. También necesitamos comprender imágenes, datos, medios digitales, formas de comunicación y los lenguajes que surgen de una sociedad cada vez más tecnológica.

Panamá no puede permanecer al margen de esta transformación.

Las evaluaciones internacionales, como PISA, nos invitan a mirar las competencias de nuestros estudiantes de 15 años en lectura, matemática y ciencias. Más allá de una cifra, deberían llevarnos a una pregunta: ¿estamos preparando realmente a nuestros jóvenes para el mundo que les tocará vivir?

La respuesta requiere algo más que incorporar computadoras, tabletas o pantallas a las aulas. La tecnología puede ser una herramienta, pero no transforma por sí sola la educación. Lo importante es qué hacemos con ella y cómo cambia nuestra manera de enseñar.

Necesitamos aulas donde el estudiante no sea solamente un receptor de información, sino alguien que pregunta, investiga, analiza, debate, crea y busca soluciones.

Esta transformación debería apoyarse en varios aspectos: un currículo flexible y actualizado; formación permanente para los docentes; liderazgo educativo responsable; y una mayor participación de las familias. Educar no es responsabilidad exclusiva de la escuela. La familia y la escuela deben trabajar juntas, colocando al estudiante en el centro.

La transformación educativa tampoco puede depender de un gobierno o de un período administrativo. Necesitamos continuidad, visión de país y acuerdos que permitan avanzar.

Nuestro desafío no es formar jóvenes que simplemente sepan responder preguntas. Es formar ciudadanos capaces de comprender su entorno, distinguir información confiable, utilizar la tecnología con responsabilidad, pensar críticamente y participar en la construcción de soluciones.

Panamá debe pasar de una educación centrada únicamente en aprender a leer a una educación que enseñe a leer la realidad, comprenderla, cuestionarla y transformarla.

Porque educar no consiste solamente en preparar a nuestros jóvenes para adaptarse al futuro. Consiste también en darles las herramientas para construirlo. ¡Viva Panamá!

El autor es doctor en Ciencias Empresariales, docente y escritor,