En Panamá tenemos una Biblioteca Nacional llena de libros, documentos, periódicos, revistas, fotografías, mapas y toda clase de conocimiento. La Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R. es prácticamente un gigantesco cerebro donde el país ha ido guardando su memoria.

El problema es que uno empieza a preguntarse:¿Y quién está leyendo todo eso?

Porque libros tenemos. Lo que estamos tratando de encontrar son lectores. “Panamá es un país lleno de gente que dice que algún día va a leerlos. Ese ‘algún día’ debe ser un primo lejano del ‘ahorita voy’, porque ninguno de los dos aparece”.

Según diferentes estudios realizados en distintos años, las cifras sobre lectura en Panamá han variado bastante. Algunas mediciones han encontrado porcentajes preocupantes de personas que no leen libros durante el año. Los panameños sí leemos, tal vez no lo suficiente, ya que las estadísticas nos muestran un poco por debajo de todos nuestros vecinos.

Así que, antes de decir que los panameños no leen, hay que tener cuidado.

Porque sí leemos.

¡Cómo no!

Pregúntele a cualquier panameño cuántos mensajes tiene sin leer en WhatsApp.

Ahí aparece inmediatamente un intelectual.

El panameño puede no haber abierto un libro en seis meses, pero tiene 147 mensajes pendientes, 32 grupos de WhatsApp y una capacidad extraordinaria para leer un mensaje de 17 párrafos que comienza diciendo:

“Urgente. Por favor, compartir”.

Y lo comparte.

No sabe quién lo escribió.

No sabe si es verdad.

No sabe de dónde salió.

Pero lo comparte.

Eso sí es confianza en la literatura.

Tenemos, además, el género literario más leído de Panamá: el “Buenos días”.

Ese género tiene varias especialidades.

Está el “Buenos días, bendiciones”, acompañado de una taza de café, tres rosas, dos palomas, un amanecer en las montañas y una frase de Paulo Coelho que probablemente Paulo Coelho jamás dijo.

Después está el “Buenos días de lunes”, que suele venir acompañado de una imagen donde alguien parece estar muriéndose de sueño.

Y el viernes aparece el “¡Por fin es viernes!”, como si hubiéramos sobrevivido a una guerra.

Pero hay algo todavía más impresionante: los audios.

El panameño puede recibir un audio de nueve minutos y escucharlo completo.

¡Nueve minutos!

Para leer un libro de 200 páginas no tiene tiempo.

Pero para escuchar a alguien explicar durante nueve minutos que “la cosa está dura”, sí.

Y si el audio dura doce minutos, peor.

Porque uno lo abre pensando:

“Bueno, vamos a ver qué dice”.

Y a los tres minutos descubre que el señor todavía no ha llegado al punto.

A los seis minutos ya habló de la situación económica, de su cuñado, de un vecino que conoce a alguien que trabaja en la alcaldía y de algo que pasó en 1998.

A los nueve minutos uno ya no sabe si está escuchando un mensaje de WhatsApp o una novela de Gabriel García Márquez.

Y todavía falta el final:

“Bueno, eso era todo. Bendiciones”.

¡Eso no era todo!

Eso era apenas el prólogo.

Y, mientras tanto, en la Biblioteca Nacional, miles de libros siguen esperando tranquilamente que alguien los abra.

Allí hay colecciones con miles de volúmenes. Hay documentos históricos. Hay publicaciones que cuentan nuestra historia. Hay libros antiguos que llevan décadas esperando una mirada.

Pero nosotros estamos ocupados leyendo:

“Pásame el dato”.

“¿Quién va?”.

“¿A qué hora?”.

“Ya voy”.

“Estoy llegando”.

Ese último merece una novela aparte.

Porque “ya voy” en Panamá puede significar desde cinco minutos hasta el próximo cambio de gobierno.

También tenemos al lector de titulares.

Ese es espectacular.

Lee el titular y ya tiene una opinión.

No necesita leer la noticia.

Mucho menos el artículo completo.

Ve: “Gobierno anuncia nueva medida…”.

Y ya sabe quién tiene la culpa.

Lee dos comentarios en Facebook y queda certificado como analista político, economista, abogado, médico y experto en tránsito.

Todo en una sola mañana.

Y entonces viene la pregunta:

¿Realmente estamos leyendo menos?

Quizás no.

Quizás estamos leyendo diferente.

Leemos mensajes, noticias, publicaciones, comentarios, instrucciones, titulares, memes y cadenas.

Lo que habría que preguntarse es qué estamos comprendiendo de todo eso.

Porque leer no es solamente pasar los ojos por encima de las palabras.

Leer es entender.

Y comprender un texto requiere algo que WhatsApp no siempre nos permite: paciencia.

La Biblioteca Nacional registró más de 1,3 millones de consultas entre 2022 y 2024. Más de 900.000 fueron virtuales.

Eso demuestra que los panameños sí estamos buscando información.

Quizás el libro ya no siempre está entre nuestras manos.

Ahora puede estar en una pantalla.

Y eso tampoco es malo.

Lo importante es que sigamos leyendo.

Pero leyendo algo más que:

“Urgente. Comparte esto con diez personas o tendrás siete años de mala suerte”.

Porque, si eso fuera cierto, medio Panamá estaría condenado.

Y aquí está la verdadera paradoja:

Tenemos una Biblioteca Nacional llena de libros esperando lectores, mientras nuestros celulares están llenos de lectores esperando el próximo mensaje.

Quizás algún día logremos que un panameño abra un libro con la misma rapidez con que abre WhatsApp.

Ese día sí podremos decir que el país está progresando.

Mientras tanto, los libros seguirán allí.

Calladitos.

Pacientes.

Esperándonos.

Y quién sabe, tal vez algún día alguno de nosotros entre a la Biblioteca Nacional, saque un libro, lo abra y diga:

“¡Ey! Esto está buenísimo… ¿Por qué nadie me había mandado esto por WhatsApp?”.

El autor es ingeniero retirado.