Panamá necesita más médicos especialistas. Sin embargo, mientras el país enfrenta esta necesidad, existe una realidad que merece ser revisada: muchos estudiantes que terminan sus seis años de estudios de medicina quedan posteriormente en un limbo, sin poder ejercer la medicina y sin poder continuar inmediatamente su formación especializada, debido a los requisitos, nombramientos y procesos administrativos que deben completar.

Un médico puede terminar formalmente sus estudios universitarios, recibir su título y, aun así, no estar en condiciones de ejercer. Después de seis años de estudios de medicina, debe pasar por una serie de requisitos que incluyen el examen de conocimientos, el internado, el servicio social y, posteriormente, el proceso de obtención de la idoneidad ante el Consejo Técnico de Salud. En la práctica, todo este proceso puede extenderse aproximadamente nueve años.

Y esto es apenas el comienzo.

Una vez obtenida la idoneidad, el médico que desea convertirse en especialista debe competir por una plaza de residencia. Dependiendo de la especialidad y de la subespecialidad, este entrenamiento puede tomar entre cinco y siete años adicionales. En algunos casos, como el mío, el período de formación después de la universidad llegó a aproximadamente diez años.

Esto significa que un médico puede comenzar a ejercer plenamente su profesión especializada entre los 30 y los 35 años de edad, después de haber dedicado prácticamente toda su juventud a su formación.

La pregunta que debemos hacernos es sencilla:

¿Podemos formar a nuestros médicos de una manera más eficiente, sin sacrificar la calidad de la educación, la seguridad del paciente ni la excelencia profesional?

Considero que sí.

La medicina siempre se ha aprendido junto al paciente

La enseñanza de la medicina comenzó en tiempos antiguos de una manera esencialmente artesanal. Los conocimientos sobre enfermedades y remedios se transmitían de generación en generación, principalmente de forma oral y mediante la práctica.

En las sociedades antiguas, el sanador podía ser sacerdote, mago o curandero, y los rituales religiosos se mezclaban con los cuidados físicos.

En el siglo V a. C., Hipócrates, considerado una de las figuras fundamentales de la medicina occidental, contribuyó a transformar este conocimiento en una disciplina basada en la observación del paciente y en la búsqueda de explicaciones naturales para la enfermedad.

Los discípulos aprendían al lado de sus maestros, observando directamente a los pacientes, interrogándolos y analizando los resultados de la práctica médica.

Durante la Edad Media, tanto la tradición monástica europea como el desarrollo de la medicina en el mundo islámico contribuyeron a preservar y ampliar el conocimiento médico. En el mundo islámico, además, los hospitales se convirtieron en importantes centros de atención y enseñanza.

En el siglo XI surgió en Italia la Escuela de Salerno, uno de los primeros centros europeos dedicados a una enseñanza médica organizada y relativamente independiente de las estructuras religiosas.

Posteriormente, entre los siglos XVII y XIX, se consolidó progresivamente la medicina científica moderna, incorporando de manera sistemática conocimientos de anatomía, fisiología, patología y técnicas de disección.

Finalmente, durante el siglo XX, las grandes reformas de la educación médica dieron paso al sistema moderno de residencias médicas, en el cual el médico se forma trabajando bajo supervisión progresiva, con evaluación y responsabilidades crecientes.

Es decir, la medicina moderna no separó la enseñanza de la práctica. Por el contrario, integró ambas.

¿Cómo llegamos al modelo actual en Panamá?

La educación médica formal en Panamá tiene una historia relativamente reciente.

En 1951 se inauguró la Escuela de Medicina en Panamá, bajo el impulso del doctor Octavio Méndez Pereira. La primera graduación de médicos se produjo en febrero de 1955.

El objetivo era fundamental: formar médicos panameños capaces de atender las necesidades y la realidad sanitaria del país.

Dentro de este modelo, el médico debía realizar un período de internado y, posteriormente, un período de servicio social, con el propósito de llevar atención médica directamente a las comunidades que más la necesitaban.

El principio era comprensible y necesario: formar médicos y, al mismo tiempo, llevar sus servicios a la población.

El problema surge cuando un sistema creado para responder a las necesidades de otra época no se adapta a las necesidades de la medicina contemporánea.

La realidad actual: nueve años antes de poder ejercer

Es muy importante formar médicos con calidad para poder prestar un excelente servicio a la comunidad.

El problema está en cómo está estructurado el camino para llegar a ejercer.

Después de seis años de estudios de medicina, el estudiante debe aprobar la evaluación de conocimientos correspondiente y esperar el proceso de asignación para realizar su internado.

Una vez terminado el internado, debe esperar nuevamente para ser asignado al segundo año de servicio social.

Y después de completar estos requisitos, debe esperar el proceso correspondiente ante el Consejo Técnico de Salud para obtener su idoneidad.

En otras palabras, el médico puede encontrarse con períodos de espera entre una etapa y otra, aun cuando ya haya completado su formación universitaria.

Son médicos graduados, pero todavía no pueden ejercer.

Este es precisamente el punto que debemos revisar.

No se trata simplemente de acortar una carrera. Se trata de preguntarnos si podemos integrar mejor la formación universitaria, el entrenamiento hospitalario, el internado y la residencia, evitando duplicaciones y períodos en los que un médico formado permanece sin poder practicar.

¿Estamos formando médicos para el siglo XXI con un modelo del pasado?

La pregunta merece una discusión nacional.

Panamá necesita médicos. Y necesita, particularmente, más médicos especialistas.

Al mismo tiempo, tenemos jóvenes que han invertido seis años en estudiar medicina y que, después de graduarse, pueden quedar durante períodos prolongados esperando poder continuar su formación o incorporarse plenamente al ejercicio profesional.

Mientras esto ocurre, el país continúa necesitando especialistas.

Hay una contradicción que debemos resolver.

La solución no debe ser disminuir los estándares.

La solución debe ser modernizar el modelo de formación.

Una posible reforma

Una alternativa sería establecer un sistema más integrado, tomando como referencia modelos de formación médica utilizados en países donde la educación universitaria y la formación clínica están estrechamente articuladas.

La propuesta podría contemplar varios cambios:

  1. Establecer una selección más rigurosa para ingresar a la carrera de medicina

Si queremos formar médicos en menor tiempo, debemos ser todavía más exigentes con quienes ingresan a la carrera.

Un proceso de selección riguroso permitiría identificar desde el inicio a los estudiantes con las capacidades académicas y humanas necesarias para la profesión médica.

  1. Revisar la duración de la formación universitaria

Podría estudiarse la posibilidad de reducir la formación universitaria a cuatro años, siempre que esto vaya acompañado de una verdadera transformación curricular y de estándares académicos rigurosos.

Esto no significaría eliminar contenidos esenciales, sino reorganizar la enseñanza.

  1. Integrar la formación hospitalaria desde los últimos años de la carrera

Los últimos años de la carrera podrían incorporar una formación clínica más intensa, rotativa y supervisada en hospitales.

El estudiante tendría así una transición mucho más directa entre la universidad y la práctica médica.

  1. Integrar el internado al primer año de residencia

Para aquellos médicos que concursen y obtengan una plaza de residencia por sus méritos, podría estudiarse la posibilidad de integrar el internado al primer año de la residencia o especialidad.

De esta manera, el médico comenzaría inmediatamente un proceso de formación especializada, bajo supervisión y evaluación progresiva.

  1. Mantener el servicio social para quienes no entren a una residencia

Los médicos que no obtengan una plaza de residencia —o que no deseen realizar una especialidad inmediatamente— podrían realizar el año de servicio social comunitario obligatorio.

Esto permitiría mantener uno de los objetivos fundamentales del sistema: llevar médicos a las comunidades que los necesitan.

Más especialistas para Panamá

El objetivo final no debe ser simplemente reducir años.

El objetivo debe ser formar mejor y formar más médicos especialistas.

Panamá necesita un sistema que permita aprovechar la inversión que hace el país en la educación de sus médicos y, al mismo tiempo, aprovechar el talento y los años de formación de nuestros jóvenes profesionales.

La permanencia de médicos graduados en un limbo entre la universidad, el internado, el servicio social, la idoneidad y las residencias no beneficia ni al médico ni al sistema de salud ni al paciente.

Además, podría revisarse la asignación de los recursos que actualmente se destinan a mantener estructuras prolongadas de formación e internado para permitir, eventualmente, una mayor inversión en programas de residencias, formación de especialistas y capacitación médica avanzada.

No podemos resolver los problemas del sistema de salud haciendo exactamente lo mismo que hemos hecho durante décadas.

Para ver cambios, hay que hacer cambios.

Panamá necesita revisar su modelo de formación médica con seriedad, evidencia y participación de las universidades, el Ministerio de Salud, la Caja de Seguro Social, el Consejo Técnico de Salud, los hospitales, las sociedades médicas y, sobre todo, los propios médicos en formación.

No se trata de formar médicos más rápido a cualquier costo.

Se trata de preguntarnos si podemos formarlos de manera diferente, mejor integrada y más eficiente, manteniendo la calidad y la seguridad del paciente.

Si queremos una mayor cantidad de médicos especialistas para atender las exigencias de la República de Panamá, debemos comenzar por revisar el camino que hoy tiene que recorrer un médico para llegar hasta allí.

Hay que hacer cambios.

El autor es cirujano plástico y reconstructivo.