La ciudad de Panamá se está convirtiendo en un gigantesco estacionamiento. Miles de ciudadanos salen diariamente de sus hogares sin saber cuánto tiempo necesitarán para llegar a sus destinos. Un recorrido relativamente corto puede convertirse en una odisea de varias horas. La desesperación, el cansancio y la frustración se han convertido en compañeros habituales de quienes necesitan desplazarse por nuestra capital.

Estamos ante un problema que trasciende la circulación vehicular. Es un problema económico, social, institucional y de calidad de vida.

Cada hora perdida en un tranque representa productividad desperdiciada, combustible consumido, contaminación ambiental y, sobre todo, tiempo que le arrebatamos al ciudadano para compartir con su familia, descansar o realizar actividades personales.

Panamá aspira a consolidarse como una ciudad global. Tenemos un Canal interoceánico, uno de los centros de conectividad aérea más importantes de América Latina, un sistema financiero internacional, puertos de relevancia mundial y un Metro que constituye una extraordinaria conquista de modernización.

Sin embargo, existe una contradicción que debemos enfrentar: somos capaces de conectar continentes, pero encontramos enormes dificultades para movilizarnos dentro de nuestra propia capital.

¿De qué sirve conectar al mundo si nuestros ciudadanos no pueden circular por su propia ciudad?

Una experiencia desde el interior de la ATTT

Durante cinco años fui miembro de la Junta Directiva de la Autoridad del Tránsito y Transporte Terrestre (ATTT). Mi participación estuvo caracterizada por frecuentes discrepancias sobre la forma de administrar y regular el transporte.

Una de mis preocupaciones era la presencia de intereses vinculados al transporte dentro de los organismos responsables de regular esa misma actividad. Consideraba que esta situación podía generar conflictos de intereses y dificultar la adopción de decisiones orientadas exclusivamente al bienestar ciudadano.

Durante aquel período solicité una investigación sobre los pagos compensatorios relacionados con la salida de circulación de los antiguos autobuses conocidos como diablos rojos. El proceso se prolongó durante años y, según mi conocimiento, terminó retirándose sin que se completara de la manera que había solicitado.

También presenté alternativas para ordenar la circulación de los camiones de carga. Sin embargo, cuando las propuestas llegaron a la Asamblea Nacional, fueron modificadas.

Estas experiencias me permitieron comprender que el problema del tránsito no es solamente de carreteras, semáforos y vehículos. También es un problema de autoridad, regulación, coordinación institucional y capacidad para hacer cumplir las normas.

No se trata de enfrentar a los transportistas, cuya actividad es indispensable para la economía nacional. Se trata de establecer reglas claras, transparentes y equitativas que permitan conciliar sus legítimos intereses con los derechos de toda la población.

El interés público debe prevalecer sobre cualquier interés particular.

Lo que podemos aprender de otras ciudades

Panamá no es la primera ciudad que enfrenta una crisis de movilidad. Existen experiencias internacionales que merecen estudiarse.

Seúl, Corea del Sur, emprendió en 2004 una profunda reforma de su transporte público. Reorganizó las rutas de autobuses, introdujo carriles exclusivos, integró las tarifas con el Metro y fortaleció la capacidad del gobierno para planificar y supervisar el servicio. Su experiencia demuestra que es posible coordinar la participación privada con una autoridad pública efectiva.

Singapur desarrolló un sistema de gestión del tránsito basado en tecnología, información y regulación de la demanda vehicular. Su sistema de tarifas por congestión permite modificar los incentivos para circular por determinadas vías y horarios. Es una experiencia que demuestra la importancia de administrar la capacidad vial y no depender exclusivamente de nuevas construcciones.

Londres estableció mecanismos de cobro por congestión en determinadas zonas y horarios. Aunque esta medida requiere evaluar cuidadosamente sus efectos sociales y económicos antes de considerar su aplicación en Panamá, demuestra que las grandes ciudades pueden utilizar instrumentos de gestión para reducir la presión sobre sus vías.

La enseñanza común es que las ciudades no resuelven sus problemas de movilidad solamente construyendo más calles.

Necesitan planificación, disciplina, transporte colectivo eficiente, tecnología y autoridades capaces de ejecutar sus decisiones.

Diez medidas para comenzar a poner orden

Propongo que Panamá adopte un Plan de Emergencia de Movilidad Urbana de 100 días, acompañado de una reforma estructural de mayor alcance.

Las siguientes diez recomendaciones pueden constituir su punto de partida.

1. Crear un cuerpo especializado de agentes de circulación.

Identificar las intersecciones más conflictivas y colocar agentes debidamente capacitados durante las horas de mayor circulación.

Su responsabilidad principal sería impedir que los vehículos bloqueen los cruces, coordinar los movimientos y mantener despejadas las vías principales.

No es razonable que en los puntos más complicados de nuestra ciudad prevalezca la ley del conductor que logra introducir primero su automóvil.

2. Prohibir y sancionar efectivamente el bloqueo de intersecciones.

Un semáforo verde no debe autorizar a un conductor a ingresar a una intersección cuando no existe espacio suficiente para salir de ella.

Esta sencilla regla, aplicada rigurosamente, podría evitar que una congestión localizada termine paralizando varias avenidas.

Su cumplimiento requiere señalización visible, vigilancia y sanciones proporcionales.

3. Establecer un centro de control del tránsito en tiempo real.

Panamá necesita integrar cámaras, sensores, semáforos y sistemas inteligentes en una plataforma centralizada.

La inteligencia artificial puede ayudar a identificar congestionamientos, detectar incidentes y ajustar los tiempos semafóricos de acuerdo con las condiciones reales de circulación.

La tecnología debe estar al servicio del ciudadano.

4. Revisar los giros a la izquierda, retornos e intersecciones conflictivas.

Existen movimientos vehiculares que interrumpen la circulación de avenidas completas.

Es necesario realizar estudios técnicos para determinar dónde conviene restringir determinados giros, modificar retornos o establecer rutas alternativas.

Las soluciones deben evaluarse considerando la seguridad de conductores, peatones y ciclistas.

5. Establecer horarios escalonados de trabajo y educación.

Miles de automóviles se incorporan simultáneamente a las calles porque escuelas, oficinas públicas y empresas privadas comienzan y terminan sus actividades a horas semejantes.

Un programa coordinado de horarios escalonados, acompañado de modalidades de trabajo flexible cuando sea posible, permitiría distribuir parte de la demanda vehicular durante períodos más amplios.

6. Regular estrictamente los estacionamientos y las operaciones de carga y descarga.

No podemos permitir que automóviles estacionados indebidamente, camiones de reparto o vehículos comerciales inutilicen carriles de circulación.

Deben establecerse zonas autorizadas y horarios diferenciados para las operaciones de abastecimiento, especialmente en sectores comerciales de elevada congestión.

7. Fortalecer la integración entre el Metro, MiBus y las comunidades.

El Metro ha representado uno de los mayores avances de la movilidad panameña. Sin embargo, su eficacia puede multiplicarse mediante una mejor conexión con las rutas de autobuses y los barrios.

Necesitamos recorridos alimentadores eficientes, información confiable sobre frecuencias, facilidades para los transbordos y conexiones peatonales seguras.

El objetivo debe ser que utilizar el transporte público resulte una alternativa verdaderamente conveniente frente al automóvil particular.

8. Establecer corredores de circulación prioritaria.

Debemos estudiar la utilización de carriles reversibles, rutas alternativas, corredores para autobuses y mecanismos especiales para atender incidentes.

Estas medidas deben sustentarse en estudios de capacidad vial y seguridad, evitando trasladar los congestionamientos de una avenida a otra.

9. Reformar la gobernanza de la ATTT.

La autoridad responsable de regular el tránsito necesita independencia técnica, transparencia y mecanismos efectivos para prevenir conflictos de intereses.

Quienes participan en actividades reguladas deben tener canales legítimos para expresar sus posiciones, pero las decisiones públicas deben adoptarse con criterios técnicos y en beneficio de toda la ciudadanía.

Es indispensable fortalecer la profesionalización de la institución, la rendición de cuentas y la coordinación con las autoridades municipales.

10. Publicar indicadores semanales de congestión y resultados.

La ciudadanía tiene derecho a conocer si las medidas adoptadas están funcionando.

Propongo publicar periódicamente los tiempos promedio de recorrido en corredores seleccionados, la duración de los congestionamientos, las velocidades de circulación y los resultados de las intervenciones.

Lo que no se mide difícilmente puede administrarse.

Cien días para comenzar a recuperar la ciudad

El plan debe tener responsables, recursos, plazos e indicadores verificables.

Durante los primeros 30 días se identificarían los puntos críticos, se desplegarían agentes en las intersecciones prioritarias y se reforzaría el cumplimiento de las normas existentes.

Entre los días 31 y 60 comenzarían los ajustes semafóricos, las intervenciones sobre giros conflictivos y los programas piloto de horarios escalonados y distribución de mercancías.

Entre los días 61 y 100 se evaluarían los resultados, se ampliarían las medidas eficaces y se presentaría una hoja de ruta para las reformas estructurales que requieren inversiones y modificaciones legales.

Para coordinar estas acciones propongo una mesa técnica metropolitana integrada por la ATTT, los municipios correspondientes, el Metro, MiBus, especialistas en ingeniería de tránsito y representantes ciudadanos.

No necesitamos crear otra institución burocrática. Necesitamos coordinación efectiva entre las instituciones existentes.

El programa debe tener un responsable operativo claramente identificado y presentar sus resultados públicamente.

Cien días no bastarán para resolver todos los problemas de movilidad de una ciudad que ha crecido durante décadas. Pero sí pueden ser suficientes para demostrar que existe voluntad de comenzar a corregirlos.

Una ciudad global no puede vivir paralizada

El crecimiento económico y urbano genera nuevas necesidades de transporte. Por eso resulta indispensable contar con estadísticas confiables sobre el parque vehicular, los desplazamientos diarios y la capacidad real de nuestras vías.

También debemos reconocer que la solución de largo plazo requiere una planificación metropolitana que integre vivienda, empleo, educación, transporte público y desarrollo urbano.

No podemos continuar concentrando actividades y servicios en determinados sectores sin considerar cómo llegarán diariamente las personas que los utilizan.

La movilidad debe formar parte de nuestra visión nacional de desarrollo.

Panamá nació para conectar. Nuestra posición geográfica nos permitió convertirnos en un puente entre océanos y continentes. Esa misma capacidad de planificación y organización debe ponerse al servicio de quienes habitan nuestra capital.

No escribo estas reflexiones para buscar culpables ni para reabrir controversias del pasado. Las escribo porque conocí desde dentro las dificultades de administrar el tránsito y hoy observo, como cualquier ciudadano, las consecuencias de no haber superado muchos de aquellos problemas.

Necesitamos recuperar el principio de autoridad, fortalecer las instituciones y comprender que las calles son espacios públicos destinados a servir a todos.

No podemos aspirar a convertir a Panamá en una ciudad global mientras sus habitantes permanecen prisioneros de sus automóviles.

El tiempo de un ciudadano tiene valor. El tiempo de una familia tiene valor. El tiempo de una nación también tiene valor.

Y cuando miles de panameños permanecen inmovilizados durante horas, no solamente están detenidos sus automóviles.

Está detenido parte del desarrollo de Panamá.

Ha llegado la hora de devolverles las calles a los ciudadanos.

¡Al trabajo, sin más dilación!

El autor es exdirector de La Prensa.