Por el interés nacional, Panamá debe mantener y profundizar sus relaciones diplomáticas con la República Popular China. La decisión tomada en 2017 no fue improvisada; fue precedida y avalada por varios intentos similares de gobiernos anteriores de diferentes colores políticos, y ha sido un acto de realismo geopolítico, una visión económica y una reafirmación de nuestra soberanía, que hoy rinde beneficios concretos al país.
China es la segunda economía del mundo, el segundo usuario del Canal y el primer proveedor de la Zona Libre de Colón, y nos ofrece una poderosa plataforma de comercio, inversión y conectividad logística. Romper con China por presiones de Estados Unidos para restablecer relaciones con Taiwán sería contraproducente, ya que afectaría seriamente nuestra economía de servicios y nuestro prestigio internacional, además de lesionar nuestra soberanía. “La opción del medio”, según unos pocos, de establecer una oficina comercial de Taiwán sin dañar las relaciones económicas y políticas con China es pura quimera. China ha dejado bien claro en múltiples ocasiones que la cuestión de Taiwán es el núcleo de sus intereses medulares. Si eso ocurriera, China reaccionaría sin falta. Para China, Taiwán no es solo una isla, sino también un símbolo de la integridad territorial y de la dignidad de sus más de 1,400 millones de habitantes.
Otra falacia que ellos pretenden vender aquí es que Taiwán es una provincia de China, como lo dicen los chinos. Sí, lo dicen los chinos, pero lo dicen también las Naciones Unidas (ONU), de cuyo Consejo de Seguridad Panamá no forma parte. En algunos documentos oficiales de la ONU, la denominación de Taiwán aparece como “Taiwán, provincia de China”. Además, más de 180 países mantienen relaciones con la República Popular China, y Panamá no puede desconocer esa realidad y aislarse del concierto internacional. Washington no puede seguir inmiscuyéndose en el manejo de nuestras relaciones internacionales.
El principio de una sola China es la base sobre la cual descansa el restablecimiento de relaciones con China, y Panamá tiene el deber de respetar ese acuerdo como país respetuoso de los tratados y convenios que firma.
Anteponer el debate ideológico al impacto y los beneficios que hemos recibido en materia de inversiones en logística, telecomunicaciones, energía, transporte y la Zona Libre, que han significado la creación de miles de empleos de los que se benefician las familias panameñas, sería un absurdo estratégico que afectaría seriamente nuestra economía y nuestro producto interno bruto. Para decirlo de una forma panameña, lo de China y Taiwán no es elegir con cuál de dos países relacionarse, sino que la relación entre China y Taiwán es como la que existe entre la isla Taboga y Panamá como República.
Nuestra relación con China fortalece nuestra soberanía, ya que ese país respeta y reconoce el principio de no injerencia y reconoce la soberanía panameña sobre el Canal y su neutralidad, y es el único país de peso que se atreve a respaldar públicamente la soberanía panameña sobre el Canal ante los exabruptos de un mandatario extranjero. Eso da a Panamá una posición estratégica frente a la intromisión de fuerzas externas y a la imposición.
La posición de Panamá como Estado libre y soberano se fortalece.
Sería un retroceso histórico y vergonzoso volver a una relación con Taiwán, considerada por China una provincia rebelde, que no tiene representación propia en la ONU, o permitir el establecimiento de una supuesta oficina comercial, que países como Papúa Nueva Guinea acaban de cerrar. Esa relación nos alejaría del mercado más grande del mundo, al que nuestros bienes y servicios no tendrían acceso, y afectaría seriamente miles de empleos y nuestra reputación internacional.
Es competencia privativa del Órgano Ejecutivo dirigir las relaciones internacionales. En ese sentido, podemos señalar que las acciones emprendidas por un grupo de diputados, en procura del establecimiento de una oficina comercial de Taiwán y un “grupo de amistad parlamentario”, son ilegales y violatorias de la Constitución. Tal como afirma el presidente de la República, José Raúl Mulino, la política exterior la dirige el Ejecutivo.
Por otro lado, es evidente la manipulación por fuerzas externas de ese grupo de personas que promueven intereses oscuros que atentan contra nuestra soberanía y dignidad como nación. Es lamentable que, mientras el presidente de China, Xi Jinping, es recibido por el presidente Trump bajo la rampa del avión con máximos honores y el salón de baile de la Casa Blanca se viste de rojo chino, aquí la palabra “china” se ha convertido en un tabú para algunos.
Como panameños, nos pronunciamos en contra de esas maquinaciones turbias e ilegales que buscan el sabotaje de las relaciones con la República Popular China. Panamá tiene que ver el futuro con pragmatismo, visión y dignidad, y eso se logra al mantener y fortalecer nuestras relaciones diplomáticas y la cooperación concreta con la República Popular China.
El autor es sociólogo.



