Las comunidades de fe en Panamá —católica, episcopal, evangélica, hebrea y musulmana— han asumido, una vez más, un rol pedagógico que el poder político parece olvidar. Nuestra identidad nacional también es de ojos rasgados. Y para variar, también es originaria, criolla y afrodescendiente. El chinito de la esquina es, antes que nada, un hermano de patria.
La demolición del monumento en homenaje a la etnia china, en el extremo oeste del Puente de las Américas, representa una dolorosa pérdida de humanidad y un retroceso impulsado por una mentalidad colonial aún subyacente en nuestro país, aliada a la codicia eterna de malhechores y potencias. Basta recordar a Morgan y a la Inglaterra que lo glorificó tras el saqueo de 1671.
Esa mentalidad parece encarnarse hoy en la alcaldesa Peñalba y en quienes, desde la comodidad del silencio, la han dejado sola en su decisión. Llamar a esto maltrato a la mujer sería una torpeza; aquí lo que hay es una renuncia colectiva a la responsabilidad pública.
Sobresale, además, la esquizofrenia del poder. Celebramos nuestra condición de centro logístico global, alimentado por el comercio que fluye desde Hong Kong, pero en un acto de docencia invertida el Estado castiga la simbología de quienes materializan ese intercambio. No se trata de mercantilismo frío, sino de un complejo de tutela que prefiere la complacencia externa antes que el respeto a la dignidad interna. Al retirar los leones que custodiaban el memorial, la alcaldesa exacerbó la intolerancia: la traición a la panameñidad parece haberse convertido en trofeo de gestión.
A escasos cinco kilómetros del área demolida, el memorando de entendimiento autoriza el anclaje de buques de guerra estadounidenses en la base, apenas disfrazada, de Rodman. Ya en agosto de 2025, The Washington Post advertía que el monumento estaba en las “miras” de Washington.
La humanidad debe imponerse sobre la geopolítica. En los propios Estados Unidos viven más de diez millones de ciudadanos de origen chino, pilares de esa potencia. Si allá son ciudadanos plenos, ¿por qué aquí se les trata como una amenaza “maligna” que debe ser invisibilizada y vilipendiada bajo el sello Peñalba?
El proverbio africano lo resume mejor que cualquier tratado: cuando dos elefantes pelean, sufre el pasto. La misión de Panamá no es ser campo de batalla de gigantes, sino proteger su cohesión social y encaminar su crecimiento político, económico, social y cultural, desmontando desigualdades e injusticias.
La verdadera magia de Panamá está en su mesa ecuménica: ceviche, tamal, tulemasi, hamburguesa, hot dog, saus, guacho y sancocho comparten mantel con el dim sum y el pato pekinés. Esa multiculturalidad es nuestra soberanía más genuina.
Sostienen el país el panameño que vende verduras, quien repara celulares o quien sirve la comida con orgullo. Son los panameños de ojos rasgados que no miran hacia Shanghái, porque su corazón late en Penonomé, El Dorado, el parque Cervantes o La Chorrera.
Berta Alicia Chen, Fermín Chan, Guillermo Jhon Chava, Tony Jiang, Moisés Chong, Mayo Hassan, el inolvidable Chino Hassan, Eustorgio Chong, Gloria Young, Lucy Chau, Chen Barría, Arturo Wong, Ramón Mon, César Young Núñez, Patsy Lee o Min Chen no son “influencia extranjera maligna”. Son, sin excepción, parte viva de la esencia panameña.
El autor es periodista, filólogo y docente.

