Pocas veces en la historia reciente de las elecciones de Estados Unidos (EU) la prensa había tenido un papel tan determinante como ahora. La prensa en su sentido tradicional. Porque esta campaña no habrá sido la de las televisiones, ni de los blogs, ni de las redes sociales, ni de los medios puramente online. No. La campaña para las elecciones presidenciales, que enfrenta a la demócrata Hillary Clinton y al republicano Donald Trump, es la campaña de los viejos periódicos. En la web y en el papel han sido estas instituciones las que han verificado la veracidad de las palabras de los candidatos y han realizado el servicio público de poner a disposición de los votantes la información necesaria para saber quiénes eran las personas que aspiraban a gobernarlas en los próximos años.
Las informaciones que han marcado el curso de la campaña las publicaron diarios como The Washington Post y The New York Times. Fue el Post el que reveló la grabación de 2005 en la que Trump pronunciaba unas palabras agresivas y ofensivas hacia las mujeres. La grabación fijó definitivamente su imagen como un candidato misógino y nada modélico, y desencadenó una serie de acusaciones de acoso sexual. Y fue el Times el que tras una filtración anónima y una investigación minuciosa estableció que el republicano estuvo más de una década sin pagar impuestos federales.
Las noticias publicadas en las últimas semanas contrastan con la cobertura mediática de Trump en la primera etapa de la campaña, la de las elecciones primarias, entre junio de 2015 y junio de 2016. Los medios de comunicación –sobre todo los canales, como CNN– fueron entonces el gran aliado del magnate y showman neoyorquino.
Jeff Zucker, presidente de CNN, dirigía la división de entretenimiento de la cadena NBC cuando Trump triunfó con su reality show El aprendiz en la década pasada. “Diez años después fue Zucker, ya al frente de la CNN, quien dio a Trump una cantidad impresionante de exposición gratuita durante las primarias presidenciales republicanas en la cadena por cable, retransmitiendo continuamente sus discursos y mítines, con frecuencia sin filtro ni verificación de datos crítica”, escribió Margaret Sullivan, columnista en The Washington Post. “Quizá no era bueno para América, pero es endemoniadamente bueno para la CBS”. La frase, atribuida a Leslie Moonves, presidente de CBS, resume la promiscuidad entre Trump y los canales de televisión, y el papel de estos en el ascenso del republicano.
Todo empezó a cambiar cuando quedó claro que Trump sería el nominado republicano. Las palabras sobreimpresas en pantalla corrigiendo las mentiras de Trump se convirtieron en habituales en CNN. A partir de agosto, se encadenaron los editoriales de prensa pidiendo el voto contra Trump. Lo significativo es que diarios que llevaban décadas, a veces más de un siglo, sin apoyar a un candidato demócrata –como The Dallas Morning News, de la conservadora Texas o The Arizona Republic– esta vez lo han hecho. Los que apoyan a Trump pueden contarse con los dedos de una mano. Una de las publicaciones “trumpianas” es The National Enquirer, una revista amarilla que descaradamente inventa noticias sensacionales. The Wall Street Journal, el diario conservador de calidad, propiedad de Rupert Murdoch, no se ha pronunciado, pero sí lo han hecho algunos de sus editorialistas, en contra de Trump.
No es la unanimidad casi absoluta de los editoriales la única novedad ni la principal, sino la opción de la prensa tradicional de aparcar algunas prácticas que habían regido su cobertura política. En esta campaña han dicho claramente que un candidato mentía cuando mentía, sin medias tintas. Antes habrían expuesto las dos visiones: la tan criticada falsa equivalencia, una equidistancia que da el mismo valor a la verdad que a la mentira (en su versión más caricaturesca: el candidato A dice que la tierra es redonda; por otro lado, el candidato B sostiene que es plana, y ya decidirá el lector quién tiene razón...). El titular de portada de The New York Times, del 16 de septiembre, sobre el bulo propagado por Trump sobre la nacionalidad real de Obama, marcó el fin de una época: “Donald Trump sostuvo la mentira del certificado de nacimiento durante años, y todavía no pide perdón”, decía el titular.
Trump se ha desviado tanto de las prácticas y costumbres de la política estadounidense –insultando a rivales o mintiendo impunemente– que ha forzado a la prensa a adaptarse. “No sabíamos cómo escribir un párrafo que dijese: ‘Simplemente esto es falso”, dijo el director del Times, Dean Baquet, en una entrevista con Nieman Lab. “Es una lucha. Creo que Trump ha acabado con esta lucha”. Las invectivas de Trump contra la prensa son uno de los estribillos de su campaña. “Los medios son tan deshonestos y tan corruptos”, dijo en el último debate con Clinton.
Cuando en el discurso de Newtown, Trump se refiere a los periodistas, sus seguidores se giran hacia el lugar donde están las cámaras de televisión y les abuchean. Una de las ironías de la campaña es que CNN, que contribuyó al fenómeno Trump ofreciendo horas gratuitas de pantalla a su mensaje populista y nacionalista, es ahora el enemigo. Y es así como en el mitin los abucheos se transforman en un cántico: “¡La CNN apesta!”.
