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Para sanar el mercado local hay que valorar el trabajo ajeno

Para sanar el mercado local hay que valorar el trabajo ajeno
El debilitamiento del consumo interno. Archivo

Pregúntele a un comerciante cómo va la economía y le dirá que mal, que nadie compra. Cada empresa que paga lo menos posible hace algo razonable para reducir sus costos, pero entre todas terminan formando al cliente que ya no vuelve: salarios bajos, demanda interna débil, poca inversión y baja productividad se alimentan entre sí. De ese círculo no se sale sin volver a valorar el trabajo ajeno.

La paradoja aparece cuando se miran las dos cosas a la vez: las cuentas nacionales dicen que el producto interno bruto sigue creciendo, y la caja registradora dice que el cliente entra menos y compra menos. Ambas son ciertas. En estos años, la porción del producto que va a los salarios cayó de cerca del 30% a menos del 27%, mientras el desempleo pasaba del 7% a más del 10%. El cliente que falta es, casi siempre, el mismo trabajador cuyo sueldo no subió o cuyo empleo nunca se formalizó.

No subió por una razón que pocas veces se nombra. En buena parte del mercado laboral panameño, la productividad no se ha traducido proporcionalmente en mejores remuneraciones; librado a sí mismo, el mercado ha tendido a devaluar el trabajo ajeno, como si pagar lo menos posible fuera una virtud gerencial y no un problema de todos. La señal más clara está en la cima: la prima que paga un posgrado se ha comprimido hasta casi rozar el salario de base —y ni hablar de técnicos y licenciados, cuya ventaja siempre fue más delgada—, en parte por desdén y en parte porque el mercado no absorbe ese conocimiento: un saber que no se demanda se desactualiza o emigra, y lo que no llega a producir tampoco se paga.

Conviene ver adónde lleva ese hábito, porque termina golpeando a quien lo practica. Cada empresa que paga poco reduce su costo; pero el conjunto de trabajadores mal pagados es el conjunto de clientes que no pueden comprar, y cuando todas recortan a la vez, el consumo flaquea, la inversión no llega y el negocio no gana la productividad que le permitiría pagar mejor: el círculo se cierra sobre sí mismo. Cada decisión es razonable por separado y ruinosa en conjunto. El empresario dirá, con razón, que no puede pagar más de lo que produce; y es cierto. Por eso, la tesis no es decretar salarios, sino crear las condiciones para que cada trabajador produzca más valor y se le pueda pagar mejor sin perder viabilidad: mover a la vez productividad y remuneración, no una sola.

El problema, además, no termina en la planilla. Al proveedor pequeño y al contratista se les regatea el precio hasta el hueso y se les paga a noventa o ciento veinte días, como si su trabajo valiera menos por no ser empleados; pero ese proveedor exprimido es otra empresa que tampoco podrá pagar, invertir ni comprar. El circuito es siempre el mismo —empresa, trabajador, proveedor, consumidor y de vuelta a la empresa—, y cada eslabón, por cuidar su margen, aprieta al siguiente; pero, como todos son a la vez clientes unos de otros, el apretón vuelve y el mercado entero se encoge.

Todo esto persiste por una razón que no es de carácter, sino de coordinación: no es un problema de malas personas, sino de un mal equilibrio, en el que cada una hace lo racional y el conjunto termina peor. Quien suba los salarios por sí solo carga con el costo, mientras sus competidores capturan gratis una parte de esos clientes con más plata; nadie quiere moverse primero. Por eso el hábito no cambia solo, y tampoco por decreto, porque se puede obligar a repartir, pero no a valorar. México lo probó: reparte por ley el 10% de las utilidades desde hace décadas, sigue entre los países más desiguales de la región, y la elusión mediante empresas tercerizadas fue tan extendida que en 2021 tuvo que reformar la ley para cerrarla. Frente a la obligación de compartir, muchas empresas no respondieron “es justo”; respondieron “¿cómo lo esquivo?”. Y si lo que falla es el equilibrio, la salida no puede depender de que una empresa decida sacrificarse sola por el bien del conjunto.

¿Cómo se sale, entonces? No con un sermón ni con una redistribución impuesta por ley que se terminará esquivando, sino cambiando el cálculo que sostiene la conducta. Y como el problema tiene varios eslabones, ninguna herramienta basta por sí sola. Una participación de los trabajadores en las utilidades, que sea general para que nadie quede en desventaja por dar el primer paso, ataca justamente el problema de coordinación. La formación que desemboca en un ascenso y un aumento salarial reales, y la inversión en sectores capaces de absorber ese talento, atacan la productividad y evitan que se capacite gente solo para exportarla. Y una mínima transparencia en los portales de empleo —que le muestre al postulante cuánto cuesta vivir en su área y en qué rango salarial paga el mercado ese puesto, con esos requisitos, o puestos similares— le devuelve al trabajador sin sindicato una parte del poder que perdió. Ninguna cambia la actitud por sí sola; juntas cambian las cuentas que hacen que pagar poco parezca un buen negocio.

Conviene, además, invertir el orden en que suele contarse esta historia. Panamá tiene motores de clase mundial —el Canal, la logística, los servicios financieros— y sabe generar productividad; lo que falla es transmitirla al trabajador, a la empresa local, al consumidor. El reto con esos motores no es castigarlos ni repartir sus rentas por decreto, sino tenderles puentes con el tejido doméstico: proveedores que les vendan, trabajadores que absorban su conocimiento, consumidores que crezcan a su lado. El capital no se queda solo por los incentivos fiscales, sino, sobre todo, donde ve una población que consume y progresa.

Hay, al final, un cambio de mirada que le conviene sobre todo al empresario: el trabajador o el proveedor que tiene enfrente no es solo una línea de costo en el flujo de caja. Es, a la vez, su cliente, el usuario de su servicio, el contribuyente que ayuda a pagar las calles y los servicios públicos de los que su negocio también vive, y la mitad del mercado que dice faltarle. Pagarle mejor no es caridad ni concesión: es construir el mercado del que depende el propio negocio. Y esta vez el crecimiento tendrá que venir de adentro, porque no parece razonable contar con otra ola de capitales que rescate la economía desde afuera; sanar el mercado local, empezando por el laboral, no compite con el crecimiento: es su condición más descuidada. Al final, incluso el capital necesita quedarse donde hay quien le compre.

El autor es arquitecto y urbanista.


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