En la deriva violenta de México se presuponía al menos una regla: no se mataba ni a niños ni a curas. Este código que apelaba al último rastro de humanidad que pudieran tener los asesinos, muchos de ellos devotos de la Santa Muerte, también ha dejado de ser sagrado.
El sacerdote Gregorio López, un cura de 39 años que daba clases en el seminario de una ciudad mexicana tomada por el narcotráfico, murió esta semana de un disparo en la cabeza.
Goyito, como le conocían en la parroquia, es el tercer cura asesinado en lo que va de año en Tierra Caliente, una zona conflictiva controlada por el cartel de Los Caballeros Templarios.
Los obispos mexicanos, a través de un comunicado de la Conferencia del Episcopado Mexicano, mostraron su repulsa por el crimen: “Haciéndonos eco del sentir de muchos mexicanos, repetimos: ¡Basta ya! No queremos más sangre, no queremos más muertes, no queremos más desaparecidos”.
En la prensa local de Ciudad Altamirano, donde fue secuestrado el sacerdote, no se leen palabras como sicario, narcotráfico y, ni mucho menos, los nombres de los mafiosos involucrados.
El asesinato del párroco no ha merecido ni una línea en la principal publicación, a riesgo de que los periodistas corran la misma suerte que el religioso. Predicar la fe o la libertad de expresión en un sitio como este equivale a una sentencia de muerte.
Otro cura combativo, como el padre Goyo, un religioso que ha apoyado públicamente a las autodefensas que se levantaron contra el narco en Michoacán, dijo a la agencia Quadratín que su tocayo había expresado en sus homilías su preocupación por el secuestro de los 43 estudiantes de Ayotzinapa.
La estampa del padre Goyo en día de misa es muy conocida: subido a un altar enfundado en un chaleco antibalas.
“Exigimos a las autoridades el esclarecimiento de este y de los demás crímenes que han provocado dolor en tantos hogares de nuestra patria, y que se castigue a los culpables conforme a derecho”, agregan los obispos en el comunicado.
En los dos años que lleva el priísta Enrique Peña Nieto al frente del país, según un informe del Centro Católico Multimedial que cita Excélsior, han sido asesinados ocho sacerdotes y dos están desaparecidos. Tres más fueron rescatados de manos de sus secuestradores.