PROGRAMACIÓN TELEVISIVA

No podemos quedarnos callados: Arlene Lachman

No podemos quedarnos callados: Arlene Lachman No podemos quedarnos callados: Arlene Lachman
No podemos quedarnos callados: Arlene Lachman

La libertad de expresión o cualquier libertad no puede ser ejercida porque sí, ni a pesar de… no podemos, como sociedad, quedarnos callados ni permitir que las acciones en nombre de esa libertad perjudiquen a las mayorías. Nos opondremos siempre a ideas nefastas para la sociedad en general, como las de fascismo y racismo, nos opondremos a la desigualdad despiadada y a la opresión del hombre por el hombre.

Queremos que el progreso realmente acaricie sus lares, que le llegue a las mayorías y no se quede en un ínfimo porcentaje de la población. Para lograrlo, las riquezas del país tienen que repartirse de una forma más equitativa y con urgencia, si no seguiremos empujando la carreta de la desigualdad, que cada día se hace más extrema, en detrimento del pueblo que es cada vez más pobre. Los que estamos arriba y con mejor educación tenemos una obligación histórica ante nuestro pueblo.

Entre las cosas más urgentes que podemos hacer, es darle mayor importancia a la educación y a la cultura, elementos de formación integral en que también hay desigualdad extrema.

Las mayorías no tienen acceso a una educación digna, ni siquiera cerca de lo mala o regular. Están a la merced de gobiernos que históricamente prefieren una sociedad embrutecida que sea más fácil de gobernar y manipular. Prueba de ello, la falta de voluntad política de los gobiernos para asignarle un presupuesto decente a la educación y a la cultura para el mantenimiento de infraestructuras y tecnología tanto de escuelas y programas con contenidos educativos, y el desprecio manifiesto hacia nuestros museos, teatros y patrimonio histórico.

Como sociedad tenemos la capacidad de unirnos para la protesta y exigir cambios no solo a los gobiernos, sino a los grupos de poder, incluidos los partidos políticos. Sin embargo, el más importante grupo de poder, aún más que los partidos políticos y los poderes del Estado, a mi manera de ver, son los medios de comunicación.

No puedo seguir callando mi asqueo cada vez que enciendo los canales de las principales televisoras locales. La programación diaria nos invade como si nada… nos tiene tan penetrados e idiotizados con programas repletos de escenas de violencia, de abusos, sexo, drogas, tumbes, pandillas, de antihéroes, homosexualidad distorsionada e irrespetuosa (tengo maravillosas amistades que son homosexuales que jamás se portan como en la televisión) transexualidad con personajes horrorosos, hombres que se visten de mujer y hablan horrible y que aplaudimos, como si fuera gracia, la ordinariez diaria en un bombardeo a la psique de todos.

Algunas reporteras o presentadoras se maquillan como si fueran actrices de una obra de teatro, y se peinan y visten como si fueran a un coctel o a un bar a levantar; hombres y mujeres que gritan en vez de hablar, y comerciales tan pobres de contenido. Lo siento mucho, pero no me puedo callar. El lenguaje que utilizan los periodistas es una especie de dialecto con acento propio, inventado y exclusivo, que mi hermano Rubén bautizó como “periodiquez”; que está mal compuesto de oraciones, frases y palabras ridículas; que arrastra y alarga las letras y que se manifiesta con barbarismos y cursilerías, como “lo que es el puente”, en vez de solo decir el puente; “el vital líquido”, en vez de agua; los “extracontinentales”, en vez de decir inmigrantes africanos; “la droga que se conoce como cocaína”, en vez de simplemente decir cocaína; “el ilícito”, en vez de decir el delito; “la esférica” en vez de pelota, y un largo etcétera que causa pena ajena y a la vez risa, por ese afán de utilizar palabras dizque refinadas para darle altura al lenguaje destrozado.

¿Qué se puede esperar del resultado de todo esto? Pues solo hay que observar la situación sociocultural del país: más pobreza, pandillerismo, inseguridad, “juega vivo”, corrupción de los de arriba y los de abajo, descortesía generalizada, hombres que orinan en público, dizque de espaldas, el desorden, “juega vivo” en el manejo, el “no voy” de los taxistas, la violencia e intolerancia en la calle, la chabacanería y vulgaridad por doquier, y el no saber ni hablar el idioma, la reelección de diputados que son obra y semejanza de todo lo anterior, y la triste y real posibilidad de que esto se vaya poniendo peor.

Protestamos por la sola idea de que existan planes para una educación dirigida a algo tan importante como conocer sobre la sexualidad y educar para evitar embarazos precoces, abandono de bebés en basureros, y contagios de enfermedades de transmisión sexual, pero sí permitimos –vaya contradicción tan aberrante– que los medios de comunicación nos dominen, y ¿no hacemos nada al respecto? ¿Cómo es posible que nos digan que “eso es lo que el pueblo quiere ver y escuchar” y aceptemos semejante argumento?

Si a todo lo anterior sumamos la proliferación de las casas de empeño y casinos o maquinitas tragamonedas en cada pueblito del interior, donde se explota la miseria humana, el cuadro es patético. Unos preocupados por cómo llevar comida a la casa –el alto costo es una locura– otros que apelan a su suerte –la más baja de las esperanzas– por lo que deciden gastarse el poco dinero que ganan en la chinguia y lotería.

En mi humilde opinión, y que no le impongo a nadie, quedarnos callados ante esto es muchísimo más grave que la discusión absurda e intolerante sobre darle educación sexual a los niños, con la excusa de que dicha educación es para enseñarles, precisamente, la porquería que se les transmite como normal en la televisión todos los días.

Hay una gran distorsión de los valores morales y cívicos que me espanta. Existe la doble moral. Hay una desigualdad social que me impide ser totalmente feliz. Y los partidos políticos están en “Bosnia”, como decimos en Panamá cuando andamos perdidos, sin ofender a dicho país, solo preocupados por el botín que pueden llevarse y repartirse cada cinco años.

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