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NO A LA REELECCIóN

Los políticos en los gargüeros del soberano

Llega la hora del encuentro con los vendedores de ilusiones. La contienda electoral muy pronta tomará vuelo. Los partidos políticos se preparan para disputarse el beneficio de la confianza de los votantes. Las primarias ya han determinado quiénes son los candidatos a la presidencia de la República para el próximo quinquenio.

El soberano, una vez más, tendrá que decidir por uno de ellos. La pregunta que nos hacemos es cuál de ellos está dispuesto a jugar limpio y a honrar la confianza que se le depositará. No es fácil la decisión a tomar. Los antes escogidos, en los períodos anteriores y, específicamente en los dos últimos, han hecho trizas la confianza que se le depositó en las urnas.

Da igual entonces tirar monedas al aire, una para cada candidato, haciendo varias tiradas hasta que una caiga mostrando cara o cruz. Este modo de decidir quizás acierte con el candidato que, por artes de la suerte, venga a constituirse en el presidente probo, honesto y emocionalmente inteligente que desde hace 114 años está esperando el pueblo panameño. Pero esta forma de decidir estaría demostrando el vacío de certidumbre y de esperanza que se ha formado en la conciencia de los panameños.

La desilusión es mala compañera en tan crucial momento. Esta lleva a divagar sobre el curso que debe tomar la intención y decisión del votante. Desde este fondo de desencanto y de desesperanza emergen los gritos del soberano, que desde su gargüero aconseja dar raya a los políticos tradicionales, cuyos apellidos son sinónimos de ladrones, estafadores y demás adornos populares, tratan de meterlo en sus güeros recovecos, ya andados y minados por prácticas mal venidas y que como promesas de prostitutas inconformes, terminan por no acceder a la consumación de su obligada manera de llevar el pan a sus hijos.

El vacío de confianza es óptimo y universal. ¡No a la reelección¡ es el repetido grito que emana de miles y miles de gargüeros, que se tornan roncos de tanto clamor. Pero hay algo inexplicable en el soberano. Llegado el decisivo momento, se acomoda a la treta del político que, cual serpiente en el jardín del edén, o como prostituta interesada, promete el mejor acto de placer y termina por ceder el voto, haciendo a un lado su virginal conciencia, lo mejor y lo más sagrado de sí, y lo único que le quedará en el interminable ciclo de los sacos de cemento y de bolsas con jamón empacadas en El Chorrillo y en los penthouses de Costa del Este. Al día siguiente de la elección, el soberano triste ve asomarse a su eterna mala compañera, la desilusión, para la cual no quedará ningún gargüero que sea capaz de clamar a los sordos oídos de las prostitutas inconformes y guabinosas, que una vez más lograron su vil propósito.

El autor es psicólogo industrial y docente universitario


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