Nos sacuden el pecho con el crecimiento nacional, mientras, en la raya silenciosa de los empaques de Azuero y Coclé, termina pudriéndose en la zanja una parte sustancial de la cosecha de melón destinada a la exportación.
Esta vasta región de cuatro provincias apenas suma una tajada de menos del diez por ciento del producto interno bruto del país, a pesar de concentrar casi la quinta parte de la población nacional: unos 749,000 habitantes, según el Censo de 2023. La tierra que alimenta mesas de Estados Unidos y Europa con estándares milimétricos no consigue evitar que su propia gente coseche pérdidas. Invertimos agua, sudor y créditos bancarios para cultivar desecho.
El terremoto del 9 de octubre desnudó que nuestra Región Central cabalga sobre un modelo económico con las bridas rotas. Al abandono presupuestario se suma una herida histórica: la crisis crónica de agua potable en Azuero por la contaminación agroquímica de sus ríos. Este suelo es la cuna de la saloma, la música típica, los trovadores repentistas y la pollera, y conserva tradiciones ancestrales junto a costas privilegiadas, donde rompen algunas de las mejores olas del surf mundial, en Playa Venao, Santa Catalina o Cambutal. Sin embargo, sus comunidades siguen atrapadas entre la sed, la economía de subsistencia y el asfalto roto.
Para salir de este atolladero, se necesita un plan modelo de reconstrucción microeconómica y social que atienda de raíz los daños. La región desborda en oportunidades para el turismo sostenible y la dinamización local, pero exige medir el renacimiento con coordenadas claras.
Primero, debemos transformar el rechazo agrícola y potenciar la microeconomía. Descartamos cosechas enteras por caprichos estéticos del mercado extranjero. La solución exige programas de microcrédito e incentivos directos para pequeños productores, artesanos y emprendedores, junto a plantas modulares de procesamiento y centros de acopio solares para rescatar el valor de la tierra antes de que se vuelva abono para el desdén.
Segundo, debemos impulsar un turismo sostenible y digital. Tenemos jóvenes surfeando olas extraordinarias bajo la mirada de pantallas globales, pero la oferta rural sigue desarticulada. Exigimos trazabilidad verde, senderismo responsable y plataformas digitales que conecten las posadas de playa y montaña con la banca internacional para reducir la pobreza.
Tercero, hay que exigir equidad macroeconómica. Resulta insostenible que un territorio estratégico aporte riqueza agroexportadora mientras sobrevive marginado. El éxito no se mide por el tonelaje que sale por los puertos de la capital, sino por la solidez de un corredor que conecte el Pacífico con el Caribe, resguarde nuestras cuencas e inyecte capital fresco a la microeconomía familiar.
Cuarto, es preciso construir espacios públicos culturales. Un territorio paridor de poetas, trovadores y artesanos confina su memoria a paredes húmedas, mientras se despilfarran millones en rotondas grises vacías de pensamiento. El bienestar real se mide en la distancia a pie que recorre un ciudadano para encontrarse con un libro, un taller de oratoria, una décima cantada o una plaza pública que sirva tanto de refugio en la emergencia como de nido para el arte.
Soltemos la jáquima vieja de la dependencia, limpiemos nuestras aguas, rompamos la trampa del rezago presupuestario y enfilemos el rumbo hacia un plan de reconstrucción modelo en el que el esfuerzo de nuestra gente no termine convertido en estadística muerta.
El autor es filólogo y periodista.


