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Por más inteligencia y menos politiquería

Por más inteligencia y menos politiquería
Asamblea Nacional, pleno legislativo. LP/Elysée Fernández

La falta de inteligencia política y la inteligencia politiquera no son lo mismo. Distinguirlas resulta útil para evaluar la calidad del liderazgo y la salud institucional de una democracia. La inteligencia política puede entenderse como una razón práctica aplicada al poder: permite comprender el entorno, anticipar escenarios, interpretar actores, gestionar conflictos y tomar decisiones que fortalezcan la legitimidad y la eficacia del Estado.

Esta idea se relaciona con la racionalidad estratégica y con la noción de legitimidad de Max Weber en Economía y sociedad, según la cual la autoridad depende no solo de la eficacia, sino también de la creencia social en su justificación. Cuando un actor carece de inteligencia política, suele decidir con torpeza, sin leer adecuadamente el contexto ni asumir una visión de Estado; esto puede generar inestabilidad, pérdida de autoridad y deterioro de la confianza pública.

La inteligencia politiquera, en cambio, es una destreza táctica y de corto plazo. Se apoya en maniobras, manipulación de percepciones, explotación emocional, clientelismo, polarización y espectáculo. Su lógica se acerca en parte a formas de acción más impulsivas o habituadas, aunque con frecuencia también es racional-instrumental orientada a resultados inmediatos. No exige necesariamente una comprensión profunda del sistema político ni una visión institucional; basta con astucia para sobrevivir en el ruido y competir por atención.

Un actor puede ser eficaz en la politiquería y, al mismo tiempo, carecer de inteligencia política: puede dominar redes sociales, provocar polémica y movilizar emociones, pero tener dificultades para gobernar, construir consensos o sostener políticas públicas viables. Desde la sociología política, esta diferencia puede interpretarse a partir del concepto de capital político de Pierre Bourdieu en Sobre el Estado. La inteligencia política favorece la acumulación y administración de prestigio, credibilidad, contactos, reconocimiento y autoridad simbólica. Ese capital se construye lentamente y se sostiene con prácticas coherentes dentro del campo institucional.

La inteligencia politiquera, por el contrario, funciona con frecuencia bajo la lógica del capital de visibilidad: viralidad, polémica, presencia constante en los medios de comunicación y confrontación. Es un capital más inestable que no siempre se convierte en capacidad de gobierno. La politiquería puede agrandar la percepción de poder, pero no necesariamente su sustancia.

En el plano institucional, la inteligencia política se vincula con la capacidad estatal, entendida por Francis Fukuyama en State-Building como la habilidad de articular políticas públicas, coordinar actores, gestionar burocracias y sostener decisiones en el tiempo. Quien posee inteligencia política entiende que gobernar exige ingeniería institucional y que la estabilidad depende de decisiones bien fundamentadas. La inteligencia politiquera, cuando predomina, tiende a debilitar la gobernabilidad: al privilegiar el conflicto, la polarización y el espectáculo, puede erosionar la capacidad estatal, fragmentar la burocracia, reducir la confianza pública y dificultar la implementación de políticas.

En la dimensión ética, la inteligencia política se acerca a la ética de la responsabilidad planteada por Weber en La política como profesión: el actor reconoce que sus decisiones afectan la vida de las personas y la estabilidad del sistema. Por eso requiere prudencia, contención y una comprensión madura del poder. La inteligencia politiquería responde con más frecuencia a una lógica centrada en sostener narrativas, fidelizar audiencias, controversias y generar impacto emocional, incluso si para ello manipula, polariza o empobrece el debate público. Se trata más de una ética del impacto inmediato que de la responsabilidad institucional.

Esta distinción es especialmente relevante en América Latina, donde la fragilidad institucional, la volatilidad partidaria y las prácticas clientelares han convertido a menudo la politiquería en un recurso habitual de supervivencia política. Autores como Guillermo O’Donnell, en Democracia, agencia y Estado, y Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en How Democracies Die, muestran que los sistemas en los que la legalidad convive con prácticas informales arraigadas son vulnerables a actores que privilegian la visibilidad y la polarización sobre la responsabilidad institucional. En ese contexto, la inteligencia política resulta indispensable para sostener la gobernabilidad y evitar que la politiquería degrade la calidad democrática.

En Panamá, esta diferencia adquiere particular relevancia por la coexistencia frecuente de instituciones formales relativamente estables con dinámicas informales de patronazgo, clientelismo y volatilidad partidaria. La dificultad para sostener políticas públicas más allá del ciclo electoral, la fragmentación partidaria y el peso de redes que premian la visibilidad y la movilización emocional por encima de la capacidad técnica ilustran esta tensión.

En este escenario, la inteligencia política; visión de Estado, prudencia estratégica y fortalecimiento institucional, resulta clave para impedir que la politiquería capture en exceso la agenda pública, deteriore la gobernabilidad y limite la capacidad estatal frente a desafíos como la desigualdad, la corrupción y la debilidad burocrática.

En pocas palabras, la falta de inteligencia política no equivale a inteligencia politiquería. La primera expresa una carencia estratégica; la segunda, una habilidad táctica de corto alcance. La inteligencia política tiende a construir legitimidad, capital político y capacidad estatal; la politiquería produce con más facilidad ruido, visibilidad y desgaste institucional. La inteligencia política piensa preferentemente en el Estado; la politiquería, en la audiencia. La inteligencia política se asocia a la prudencia; la politiquería, al impulso.

El autor es abogado, docente y doctor en Derecho.


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