Hace unos días vi en Instagram un reel que no me saco de la cabeza: “Preguntarle a mi hijo qué quiere comer es un privilegio”, del programa “Cuna de barro vs. cuna de oro”.
Uno de los invitados preguntaba cómo le explicas la meritocracia a un nene de dos años que no ha comido, o a un niño de seis que va a la escuela sin útiles mientras sus compañeritos tienen de todo. Y dijo algo que me quedó sonando: no todo es cuestión de esfuerzo; también es cuestión de oportunidades.
Esa noche, cuando les pregunté a mis hijos qué querían cenar, la pregunta me pesó distinto. En mi casa dudamos entre pollo o carne, entre arroz o pasta. En muchas otras casas de Panamá la duda es si habrá cena.
Y esa duda es más común de lo que pensamos. El IX Informe de Calidad de Vida, presentado por la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá y los aliados del observatorio Panamá, encontró que el 47% de las familias comió menos de tres veces al día en el último mes porque no les alcanzó el dinero. Fuera del área metropolitana es el 53% y, en las comarcas indígenas, el 74%. Lo que un niño tiene en el plato depende del sueldo de sus papás, de si tienen trabajo y de dónde le tocó nacer.
Hace dos semanas escribí en este mismo espacio sobre el mérito, y lo sostengo: el esfuerzo importa, y mucho. Pero el mérito necesita un piso desde donde despegar. Nadie construye una carrera sobre un estómago vacío.
Como pediatra, sé que los primeros mil días, desde el embarazo hasta los dos años, son la etapa en la que el cerebro crece más rápido. Un niño con desnutrición crónica no se queda solamente más bajito. Le cuesta más aprender, se enferma más y de adulto probablemente gane menos. Y mucho de ese daño ya no se recupera. A algunos niños les quitamos la carrera antes de que aprendan a amarrarse los zapatos.
En la niñez indígena todo esto es todavía peor. Según un informe reciente de la Defensoría del Pueblo y Unicef el 70% de los niños y adolescentes indígenas vive en pobreza monetaria, el 39% de los menores de cinco años tiene desnutrición crónica y el 15% no va a la escuela. Esos niños tienen las mismas ganas de aprender que los nuestros. Lo que les falta son caminos para llegar a la escuela, comida en la mesa y oportunidades.
No tengo la fórmula para acabar con la pobreza, pero cada uno, desde donde está, puede hacer algo.
A los papás y mamás: hablemos con nuestros hijos de la desigualdad, sin culpa y sin miedo. En vez de repetirles “si te esfuerzas, lo logras”, podemos decirles algo más honesto: “esfuérzate y ayuda a que otros también tengan la oportunidad”. Y que lo practiquen: armar una bolsa de útiles para un compañero o donar la ropa que ya no usan.
A los maestros y a quienes trabajan con niños: ese alumno que siempre llega sin merienda o sin cuaderno a veces está pidiendo ayuda sin decirlo. Antes de regañarlo, preguntemos. Y si hay que ayudar, que sea con discreción, sin exponerlo.
A las empresas: apoyar comedores escolares, programas de nutrición o becas es una de las mejores inversiones posibles en este país.
Y a las autoridades: que la comida escolar llegue todos los días, que el control prenatal y la vigilancia del crecimiento lleguen a cada comarca y que los primeros mil días sean política de Estado con presupuesto, no solo discurso.
Yo seguiré preguntándoles a mis hijos qué quieren comer. Con el compromiso de trabajar, desde la consulta, desde esta columna y desde mi casa, para que algún día preguntarle a un niño qué quiere comer deje de ser un privilegio de unos pocos.
La autora es pediatra.

