La profilaxis preexposición, conocida como PrEP, es uno de los avances más importantes de la prevención del VIH. Cuando se utiliza de manera correcta y con seguimiento médico, reduce de forma muy importante el riesgo de adquirir el virus por vía sexual. Sin embargo, hay una idea que debe quedar clara: la PrEP protege frente al VIH, pero no evita la sífilis, la gonorrea, las hepatitis virales ni otras infecciones de transmisión sexual.
Este mensaje cobra especial relevancia a partir de una investigación realizada con 172 usuarios de PrEP atendidos en la Clínica Amigable del Centro de Salud de El Chorrillo, una de las más grandes de todo el país, durante los años 2023 y 2024. El estudio comparó 86 personas con alguna infección de transmisión sexual y 86 sin estos diagnósticos, todos usuarios de PrEP, con el propósito de identificar factores asociados a la presencia de ITS. El estudio, que desarrollé en colaboración con la ingeniera Fermina Chamorro, docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá e investigadora del Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, comparó a 86 personas con alguna infección de transmisión sexual y a 86 sin estos diagnósticos, todas usuarias de PrEP, con el propósito de identificar factores asociados a la presencia de ITS.
La mayoría de los participantes eran hombres homosexuales o pertenecían al grupo de hombres que tienen sexo con hombres (81.9%). Este dato debe interpretarse dentro del contexto de atención: ellos constituyen históricamente una parte importante de los usuarios de las Clínicas Amigables y, por lo tanto, tienen una representación mayor en sus registros. También acuden mujeres y hombres heterosexuales (8.1%), bisexuales (6.9%) y mujeres transgénero (2.9%), aunque en menor proporción. Por eso, encontrar más diagnósticos entre hombres homosexuales no demuestra por sí solo que la orientación sexual sea la causa del riesgo. En parte, refleja quiénes utilizan con mayor frecuencia estos servicios y quiénes estuvieron más representados en la muestra.
Entre las infecciones registradas, la sífilis representó el 79.8%, seguida de la gonorrea, con 11.1%; el VIH, con 7.1%; y la hepatitis C, con 2%. Además, se documentaron coinfecciones, principalmente sífilis junto con VIH y sífilis junto con gonorrea. Estos datos no significan que la PrEP cause otras ITS. Lo que muestran es que las personas que acuden a estos programas pueden seguir expuestas a infecciones diferentes del VIH y necesitan una atención preventiva más amplia.
Merecen especial atención los siete diagnósticos de VIH registrados entre los usuarios estudiados. La PrEP reduce alrededor de un 99% el riesgo de adquirir VIH por vía sexual cuando se utiliza según la indicación, de modo que estos casos obligan a revisar qué ocurrió. Entre las explicaciones posibles están que alguna infección reciente no fuera detectada durante la evaluación previa al inicio o que la medicación no se utilizara con la regularidad necesaria para alcanzar su máxima protección. El estudio no permite determinar cuál explicación corresponde a cada caso, pero sí señala la necesidad de fortalecer el descarte de infección aguda antes de comenzar, la educación sobre adherencia, la responsabilidad del usuario en la toma correcta de la PrEP y las pruebas periódicas durante el seguimiento.
El uso inconsistente del condón fue uno de los hallazgos más claros: se asoció con una probabilidad cinco veces mayor de presentar una ITS. También se observó asociación con tener múltiples parejas sexuales, con una razón de oportunidades cercana a cuatro, y con estar soltero, con una razón aproximada de dos. Son asociaciones encontradas en esta población y no deben interpretarse como una condena moral ni como prueba de causalidad, aunque revelan conductas o comportamientos que evidencian una mayor exposición a eventos de riesgo, por lo que ofrecen una señal útil para orientar la educación, el tamizaje y el acompañamiento clínico.
Otras variables no mostraron asociación estadísticamente significativa en este estudio. Entre ellas estuvieron el nivel educativo, el consumo de sustancias y el trabajo sexual, los cuales no parecen tener una relación con la presencia de ITS en usuarios de PrEP. En el caso de las personas que ejercían trabajo sexual, hubo participantes tanto entre los casos como entre los controles, sin una diferencia que permitiera vincular esta actividad con la presencia de ITS en la muestra. En el caso puntual de la población femenina, todas las mujeres que se dedicaban al trabajo sexual fueron incluidas en el grupo de control, por lo que ninguna de ellas reportó alguna ITS en el período estudiado. Las mujeres que no se dedicaban al trabajo sexual fueron las que aportaron los casos al estudio, es decir, quienes presentaron algunas de las infecciones estudiadas.
Esto recuerda que no es correcto atribuir el riesgo a una ocupación, identidad u orientación sexual. Las prácticas concretas, el acceso a prevención, la frecuencia de las pruebas y las condiciones sociales que rodean a cada persona ofrecen una explicación más útil que las etiquetas.
También se encontró una asociación entre el sexo masculino y la presencia de ITS. No obstante, el número de mujeres en la muestra fue reducido, por lo ya expuesto sobre la elevada demanda de hombres en estas clínicas de prevención, y el intervalo de confianza fue muy amplio, por lo que este resultado requiere cautela.

El hallazgo que más debe llamar nuestra atención desde la equidad fue el de la población indígena. Apenas el 6% de las personas incluidas en la muestra pertenecía a poblaciones indígenas. De ellas, el 66% era guna, el 16% ngäbe-buglé y el 16% emberá. Del grupo de indígenas, todos fueron casos con ITS y ninguna persona apareció en el grupo de control. La prueba estadística mostró una relación significativa, pero el número de participantes fue pequeño y no permitió calcular con precisión la magnitud de la asociación. Es un resultado exploratorio, aunque suficientemente importante para formular una pregunta pública: ¿están llegando la información, las pruebas, el tratamiento y la PrEP a las comunidades indígenas de manera oportuna, continua y culturalmente pertinente?
Ampliar el acceso no consiste únicamente en disponer de medicamentos en una instalación. Implica reducir barreras geográficas y económicas, ofrecer información en formatos comprensibles y, cuando corresponda, en lenguas originarias; capacitar al personal para brindar una atención libre de discriminación; y trabajar con líderes y organizaciones comunitarias. Las personas indígenas y otros grupos vulnerables deben poder acceder a la PrEP y al seguimiento integral sin que la distancia, el estigma o la falta de información se conviertan en obstáculos.
La prevención es una responsabilidad compartida. Al Estado y al sistema de salud les corresponde garantizar disponibilidad de PrEP, orientación clara, confidencialidad, pruebas periódicas, tratamiento oportuno y servicios libres de discriminación. A cada usuario le corresponde tomar la medicación según la indicación profesional, asistir a sus controles, comunicar sus riesgos con honestidad y adoptar medidas para cuidar su salud y la de sus parejas.
Una preocupación frecuente es la falsa sensación de protección total. Algunas personas empiezan a usar PrEP y dejan de utilizar preservativos porque entienden que ya están protegidas frente a cualquier infección. Esa percepción es incorrecta. La PrEP protege específicamente contra el VIH; el condón continúa siendo una herramienta importante frente a la sífilis, la gonorrea y otras ITS. Usar bien la PrEP también supone realizar pruebas periódicas, recibir tratamiento cuando sea necesario y mantener una conversación abierta con el equipo de salud sobre las prácticas sexuales y las opciones de prevención.
Panamá, gracias a múltiples estrategias lideradas por el Minsa mediante el Programa Nacional de VIH, en conjunto con la colaboración internacional, ha avanzado al incorporar la PrEP a su respuesta frente al VIH. Aunque aún hay mucho por hacer, los avances han sido medibles en los últimos años y se cuenta con estrategias que antes eran impensables. El próximo paso debe orientarse a fortalecer el modelo que la acompaña: más educación, mayor tamizaje, seguimiento cercano y acceso equitativo. La respuesta adecuada a estos resultados no es generar miedo ni cuestionar la PrEP, cuya efectividad está comprobada. Es aprovechar cada consulta como una oportunidad de prevención integral y garantizar que nadie quede fuera por su origen, orientación sexual, identidad de género o lugar de residencia.
La salud sexual es una responsabilidad, ante todo, individual, y cada usuario de PrEP debe orientar su uso hacia medidas de protección y prácticas sexuales seguras.
El autor es médico del Programa de VIH de la Caja de Seguro Social. Máster en VIH/SIDA y Salud Pública.


