SALUD

Sobre la prevención de la demencia

A menudo encuentro personas (médicos incluidos) que opinan que la demencia es una parte intrínseca de la edad y que nada se puede hacer para detenerla. Este no es un punto de vista descabellado. La edad es el mayor factor de riesgo para la enfermedad de Alzheimer, la demencia más común, y a medida que la población mundial envejece, el número de personas que vive con demencia crece. Tampoco existe fármaco que pueda prevenir o detener la progresión de la enfermedad. A la fecha no hay cura para el alzheimer, y los ensayos clínicos dirigidos a la búsqueda de nuevos tratamientos tienen una de las tasas de fracaso (99.6%) más altas en la industria farmacéutica.

La demencia no es una enfermedad específica. Es un término general que describe una gama de síntomas asociados con una disminución de la memoria y otras habilidades de pensamiento lo suficientemente graves como para alterar las funciones diarias. La enfermedad de Alzheimer representa entre 60% y 80% de los casos de demencia, la cual puede ser esporádica o familiar. La esporádica representa más del 95% de los casos de alzheimer y generalmente se presenta después de los 65 años, mientras la familiar es una enfermedad genética muy rara, causada por una mutación en uno de varios genes, que va a evolucionar en alzheimer entre los 40 o 50 años de edad.

En julio de este año la comisión de la revista The Lancet sobre prevención, intervención y cuidado de la demencia publicó un informe de los resultados de investigaciones científicas enfocadas en la prevención de la demencia. El informe indica que podemos hacer cambios positivos en estilos de vida para reducir el riesgo de desarrollar demencia. A raíz de estas investigaciones, conocemos que aunque la neuropatología subyacente no es curable, el curso de la enfermedad puede ser modificable prestando atención a diversos factores sociales y conductuales. La conclusión relevante es que una fracción importante de la demencia es evitable: 35% de los casos de demencia podrían ser prevenidos si nueve factores de riesgo modificables fueran totalmente eliminados – la hipertensión (2%), la obesidad (1%), el tabaquismo (5%), la depresión no atendida (4%), la inactividad física (3%), el aislamiento social (2%), la diabetes (1%), el no completar la educación secundaria (8%), y la pérdida de audición durante la mediana edad (9%). Esto se compara con la prevención de 7% de los casos si pudiéramos eliminar el principal factor de riesgo genético del alzheimer esporádico, la expresión del alelo e4 de la apolipoproteina E (ApoE4).

Algunas personas con cambios neuropatológicos de la enfermedad de Alzheimer no tienen demencia, lo que se denomina resiliencia. Este fenómeno ha llevado al concepto de reserva cognitiva, o la capacidad de tolerar más neuropatología sin problemas cognitivos. Un cerebro resiliente desarrolla demencia más lentamente relativo a otro sin este tipo de reserva. La teoría sugiere que a menor reserva cognitiva más temprano es el desarrollo de la demencia. Por ejemplo, la hipertensión no tratada en personas jóvenes incrementa un 60% el riesgo de desarrollar demencia en edades más tempranas, debido a que las consecuencias fisiológicas de la hipertensión reducen el efecto de la reserva cognitiva. Por el contrario, el efecto acumulativo de los factores que mejoran la reserva, incluyendo el ejercicio físico, la estimulación intelectual y actividades sociales se asocian a un riesgo menor de demencia, incluso entre individuos con predisposición genética a la demencia (portadores de ApoE4).

El que hoy conozcamos que más de un tercio de los casos de demencia son, en teoría, totalmente prevenibles es motivo de celebración. Indica que una mejoría en la reserva cerebral puede darse por reducción en factores de riesgo modificables, por ser formas efectivas de promover la resiliencia. Pero ¿cómo motivamos a las personas adultas a cambiar su comportamiento y adoptar opciones de estilo de vida más saludables? Mientras que algunos factores de riesgo como el tabaquismo han sido abordados por el Estado, otros como la obesidad y bajos niveles de educación son más difíciles de alterar y requieren de esfuerzos titánicos. La inversión en programas de investigación en salud y campañas de educación pública son pasos importantes en la sensibilización hacia cambios de comportamiento saludable para tributar – de verdad – en una futura reducción, tanto en la incidencia de demencia como de otras enfermedades crónicas.

La autora es investigadora, Centro de Neurociencias de Indicasat AIP


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