A la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, que tomó posesión el pasado 1 de enero de su segundo mandato, le crecen los problemas que arrastraba de su primera legislatura, mientras le brotan otros que amenazan con desestabilizar su reciente, pero ya de por sí zarandeado Gobierno. Desde un agujero de corrupción que parece no tener fondo, a una sonora derrota en el Congreso que preludia otras mayores, pasando por una sequía de proporciones casi bíblicas que no solo amenaza con racionar el agua en São Paulo, sino también con debilitar la ya renqueante economía del país.
Los escándalos que sacuden la mayor empresa pública del país y de América Latina, la petrolera Petrobras, no dejan de salir a la luz. Este martes, Julio Camargo, uno de los acusados de sobornar a altos cargos de Petrobras que, bajo arresto, se han animado a denunciar el sistema de corruptelas, aseguró que pagó 12 millones de reales (unos 4 millones de dólares) para obtener concesiones de obras. El continuado goteo de informaciones de este tipo más el perjuicio creciente para los valores de la empresa han llevado a Rousseff, según el diario Folha de S. Paulo, a pensar en destituir cuanto antes a la actual presidenta de la petrolera, Graça Foster, que lleva tres años en el cargo y que fue una apuesta personal de la actual presidenta. A última hora de la tarde del martes, la información de Folha de S. Paulo no había sido confirmada por el Gobierno, pero bastó que se publicase en su edición digital para que las acciones de la petrolera se disparasen hasta un 10%. A finales del año pasado, en un desayuno con periodistas en Brasilia, Rousseff defendió a Foster, de quien se considera amiga, y afirmó que no pretendía sustituirla. “La conozco. Y me consta su seriedad y su corrección”, aseguró. Pero dos meses en la actual vorágine de malas noticias que acosan al Gobierno de Rousseff es mucho tiempo. La sangría de Petrobras es ingente: en 2010 valía 380 mil 200 millones de reales (casi 140 mil millones de dólares). Cuatro años después, a consecuencia, en su mayor parte, de inversiones mal calculadas y de las revelaciones de la corrupción que la carcome, su valor es 2.3 veces menor: 112 mil millones de reales. Aún gana dinero, eso sí, aunque las ganancias del tercer trimestre de 2014 cayeron un 9.07% respecto al mismo período de 2013, según el informe de resultados publicado hace una semana, que no incluye los contratos sucios.
No es este el único dato económico adverso. El año se cerró con la economía en plena fase de parálisis, con el IPC coqueteando muy poco por encima del 0. El Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula que Brasil, uno de los países emergentes que hacía años asombraba al mundo con crecimientos por encima del 6%, solo superará un anémico 0.3%. La exportación de materias primas se ha atascado y la industria se encoge: de hecho, la producción industrial reculó el año pasado un 3.2%, el peor registro desde 2009.
Y todo será peor si no llueve. Y mucho. La mayor sequía desde hace 80 años amenaza con racionar el agua cinco días a la semana a los habitantes de la mayor ciudad del país, São Paulo (12 millones de habitantes), si las presas no se llenan antes del mes de abril. Muchos pobladores de barrios periféricos ven ya cómo el grifo languidece seco muchas horas al día, hay bares y restaurantes que ya contratan regularmente camiones cisterna y la demanda de bidones gigantes de plástico se ha disparado ante la amenaza, cada vez más cierta, de que toda esta megaurbe se quede seca. Las consecuencias no solo serán sociales. También económicas. La sequía encarece los precios de los alimentos, perjudica a la ya herida industria y, de rebote, afectará al suministro (y al precio) de la energía eléctrica. Todo esto repercutirá automáticamente en el talón de Aquiles de la economía brasileña, la inflación, que ya se encuentra en el límite tolerado por el Gobierno, un 6.5%. Los expertos aventuran, además, que si no empieza a llover, solo en la industria la sequía significará un retroceso de 0.6% del PIB.
Por si esto no fuera poco, Rousseff cosechó el domingo una derrota política en la Cámara de Diputados, donde fue elegido presidente Eduardo Cunha, un viejo adversario que aventura, para la presidenta, una difícil legislatura parlamentaria.