Para todos los que no nos movemos en el campo de la política partidista, tenemos una mayor libertad para ver desde afuera los acontecimientos que se producen por quienes, de alguna manera, ostentan el poder público. La libertad es un valor relativo si la vemos desde las estructuras del Estado, pero si la entendemos como un derecho inalienable, teóricamente, nadie la puede conculcar. En su nombre, muchos de sus defensores han sido asesinados y confinados a prisión.
El temor a perderla o a correr la suerte de la persecución o el encarcelamiento paraliza a los débiles y a los cobardes. La historia, concebida como un campo de guerra entre las injusticias de los fuertes contra los débiles y explotados ha mostrado a lo largo del tiempo una feroz diatriba, en la cual se ha impuesto, la mayoría de las veces, el más fuerte, pero por suerte, no por mucho tiempo. Al final, el gen de la libertad muta para evidenciar la fuerza de la verdad y de la justicia. Jesús de Nazaret, Martin Luther King, Mahatmas Gandhi, Pedro Prestán, Bayano, Victoriano Lorenzo, Ascanio Arosemena, Urracá portaron ese gen. Su ejemplo brilla e ilumina el camino de aquellos que saben que sus días están contados, pero igualmente sabían que sus ideas y luchas perviven inmortales construyendo un mundo más justo y esperanzador.
Lo sucedido el 9 de enero de este año, de alguna manera extraña, pero real, nos ofrece a los panameños un momento inmejorable para tocar ese gen y perder el miedo a los impúdicos corruptos que mal gobiernan nuestro país. No importa si tengo el peor o el mejor concepto del genio de La Cáscara, eso es asunto aparte. Lo que vale es lo trascendente de esa coyuntura. Si la Declaración de los Derechos Humanos y Civiles, allá por los revolucionarios franceses, en 1789, ha sido reconocida universalmente, entonces tengo libertad para derribar el entretejido de la corrupción abierta de los que gobiernan. O soy libre o soy un esclavo. Si soy libre, defiendo esa condición, sin temor a las consecuencias; si no lo hago, soy un esclavo, no solo del modo de ser de los gobernantes, sino también de mi mismo, con lo cual me convierto en su cómplice.
Cuando callar ante los evidentes actos públicos de corrupción es ir en contra de mi libertad y dignidad porque le otorga a los malvados genocidas una patente de corsarios. Cuando me quedo en silencio, paralizado por el miedo, viendo cómo los gobernantes nos cooptan miserablemente el derecho de conocer la cara y nombre de los corruptos, venidos a multimillonarios merced al negociado con los dineros del pueblo, me hago partícipe de ese grupo selecto de bandidos, que saben bien que me quedaré sin decirles palabra alguna ni exigirles devolver lo que no les pertenece.
Pero nada es para siempre. Pese a todos los matraqueos y argucias del poder el pueblo brilló, como el sol del meridiano. Le impuso a la Asamblea su mandato soberano. Las dos candidatas a la Corte Suprema fueron rechazadas. Ese acto de inteligencia no es de los diputados, ese logro es del pueblo; el voto negativo mayoritario, aunque paradójicamente negó a las candidatas una nominación inmerecida, advierte de las intenciones politiqueras de los que pretenden engañarnos con el asomo de lucidez y de moralidad política. Astutos como la serpiente, significa cuida tu dignidad y defiende tu libertad, esa te hace libre.
El autor es psicólogo industrial y docente universitario.
