Al observar el comportamiento de Donald Trump en la campaña electoral de Estados Unidos, no podemos dejar de pensar en la conducta que siguió Hugo Chávez en sus campañas electorales en Venezuela.
Hugo Chávez era bipolar. Una persona bipolar tiene episodios maníacos de euforia. En estas fases muestra una autoestima exagerada, habla sin parar, exaltado, vehemente y se deja llevar por sensaciones de grandeza. Amenaza, es hostil y ofensivo con los demás. El individuo pasa de la euforia a la depresión o exterioriza una gran irritabilidad. Quien presente estos síntomas posiblemente sufra de Trastorno Afectivo Bipolar, según el Manual Diagnóstico de enfermedades mentales.
Este manual también clasifica los trastornos de personalidad que se manifiestan por síntomas como los trastornos de la personalidad histriónica, consistentes en emocionalidad excesiva y búsqueda de atención o el trastorno de personalidad antisocial, caracterizado por los insultos a quienes desprecia.
Hugo Chávez insultaba a quienes no estaban con él. Apodaba a sus adversarios políticos como traidores, antipatrióticos, enemigos del pueblo, escuálidos. Hoy a Donald Trump lo vemos hacer lo mismo cuando antepone la etiqueta de “torcida” (crooked en inglés) a su oponente Hillary Clinton y, de alguna manera, igualmente discrimina a sectores sociales o políticos estadounidenses.
El problema es que esta conducta –que genera odio social contra personas, razas o hacia ciertas minorías sociales– se fundamenta en clasificar a la gente. La idea es crear enemigos ficticios que pasan a convertirse en reales para quienes creen en quien lo dice. Se culpa a alguien por pertenecer al grupo “mal visto” o “denunciado” y se promueve la mentalidad de “nosotros” contra “ellos”. Es una astuta manipulación de la conducta humana por parte de líderes autocráticos para imponer su poder y doctrinas. Los pueblos que llegan a creer en estos falsos líderes y se suman al odio social se suicidan como sociedad.
En democracia algunos pueblos también se han suicidado. Hitler llegó al poder por elecciones y practicó este comportamiento: aplicó el odio como motor de su “revolución” nacional socialista (nazi) empleando la lucha racial contra las “razas inferiores”, como definió a los judíos, gitanos y a otros pueblos, presentándolos como los ladrones comerciantes, como la oligarquía que había robado al pueblo germano o como seres imperfectos o subhumanos. En el fondo, fue una mezcla de racismo y lucha de clases. Su categorización significó la muerte de millones de seres humanos en el holocausto.
Otro tirano, Fidel Castro, dividió a los cubanos entre “gusanos” y “revolucionarios”, por lo que miles fueron fusilados o presos por ser “gusanos”.
Lamentablemente, este discurso es escuchado por las sociedades. Hoy vemos en la campaña electoral de Estados Unidos cómo la conducta de Trump se asemeja a la de hombres como Chávez y, aunque la opinión pública estadounidense advierte a la sociedad de creer en las propuestas simples, irrealizables y disparatadas del ahora candidato republicano, un cuarenta y tanto por ciento de la población está dispuesta a votarlo.
Alguien comentó que no había que preocuparse porque los estadounidenses eran gente preparada y nunca llevarían a la extensa familia Trump a la Casa Blanca, pero Hitler se hizo del poder democráticamente en Alemania, la sociedad más culta para la época de Europa. Y Hitler después de destruir buena parte del mundo antes de quitarse la vida, destruyó a toda Alemania.
En Venezuela, los ciudadanos votaron repetidamente por Hugo Chávez, hasta su muerte… Sí, definitivamente, los pueblos a veces se suicidan.